domingo, 14 de junio de 2015

DIM-CALI: CRÓNICA CON FINAL LLOROSO

DIM-CALI
Este domingo el cielo pintaba grises, pero el alma de tantos estaba coloreada de rojo. Rojo intenso. Rojo pasión. Rojo herencia. Roja ilusión. Un hombre de setenta y algo, enfundado en su camiseta y  con pañoleta del Medallo, iba en el cruce de  Mon y Velarde con Bolivia, leyendo la prensa local que traía a primera plana las noticias que hablaban de una posible estrella para nuestro equipo. Y había tantas banderas ondeando en las ventanillas de los taxis.

Y había calles que, de tantas banderas en sus balcones y terrazas  parecían senderos roji-azules, que hacían olvidar ese cielo de plomo más encima.  Yo iba con “la Flaca” por El Salvador, La Milagrosa, La Toma, y sentía que en este costado centro-oriental de la ciudad parecen evocar tiempos en que el Medallo era el alma de sus habitantes.

Luego, en la ciclo vía se veían camisetas rojas. Ancianos, jóvenes y niños mientras trotaban o patinaban llevaban en el alma el pensamiento por su equipo.

Sobre el filo de la mañana el cielo comenzó a pintarse de un azul cobalto. Mejoraban los pronósticos. Los augures. En las redes sociales no paraban de surgir mensajes sobre una noche que sería diferente a tantas. Catalina Hoyos aventuró  una “tarde azul y roja”, y Ricardo Cruz, periodista tan rojo y tan poeta a veces, profetizó una  “Espléndida noche azul, adornada por una luna roja”.
Este era el preámbulo de una historia que yo creía con final feliz.

####

Había dicho que no; que más tarde. Que a las cuatro.
Leí. Pero bastaba sacar la mirada por la ventana para ver banderas en los edificios y sacar el oído para escuchar a los chicos que bajaban ya desde Manrique o de Santa Cruz o más arriba, cantando por las calles céntricas para que la ansiedad creciera, y cambié de parecer y me enfundé la Roja y salí para el estadio.
Hoy ganan, me dijo el taxista y creo que se mereció una propina.

Sobre la calle Centenaria ya había tanto rojo; y pólvora y vino y cerveza y aguardiente y pollo y carne asada…y policías Carabineros en enjaezados caballos. Y El ESMAD. ¿Qué hace el Esmad en una fiesta deportiva? me pregunté. Y siempre me sigo preguntando a qué llevar una fuerza de choque a un estadio. Inteligencia militar, dirá alguno. Comentario en fuera de lugar que dejaré para otro texto.
Comencé a tomar café para calmar la angustia.  A veces aparecía un alma generosa y envenenaba el cafecito con algo de ron, Dios te de el cielo querida Chave; y mientras ese reloj parecía quieto y los revendedores no se aquietaba y ofrecían y tecomprolaquesobre, comencé a escuchar comentarios y pronósticos. Y nadie le bajaba de un 2-0.

-Quedamos 3-1 –me dijo la señora de cuarenta en la fila de la cafetería.
-Ese Cali es duro…
-Bueno, 2-1. Mirá que hace ocho días…
Afuera seguían los estruendos y los caballitos se amoscaban con el ruido. Y había canticos: Dale Ro…Dale Ro…

Con Andrés, sicólogo, tan rojo, coincidimos que el partido es duro pero que el hincha jamás  lo aceptará.
“De estar seguro que perdemos, nadie vendría”, me retó. Y  allá él.

En la calle una como marea subía.  Y se entiende. Pero cómo explicar esa comezón, esa angustia que tenía adentro. Creo que en un estado de reposo, mis manos nunca habían sudado tanto como esta tarde. Y entonces, como esa llamada esperada en mi móvil nunca apareció, caminé hacia el estadio.  Y después de una fila, entre empujones –siempre la Logística del Medellín es la peor, sea para este partido de final o para el primero frente a Autónoma- y de orines de caballo de los carabineros que intentan controlar; y después de ver que a un periodista escoses con su cara pintada de rojo y azul, le vendieron una Boleta chiviada –y él no entendía en su inglés what is “chiviada”-, ingresé. El reloj marcaba las 5.48, y ya el estadio iba en un 80%.

Minutos después comenzó una extraña fiesta en la pista atlética: unos saltimbanquis con ritmos reguetoneros y la gente al parecer como que no quedó tan plena. Como si aún quisiera quisiéramos añorábamos escuchar en vez de eso  a Alfredo o a Romero…o quizá mejor a la Murga con un buen sonido. Los hinchas del Medallo que somos tan románticos.

A las 6.17 salieron los jugadores del Cali a entrenar. Y comenzaron los coros celestiales. Lo menos que les gritaron fue Hijueputas.
“Si sos del Cali, la puta que te parió”, “Si sos del Cali….
Juan Camilo Jaramillo, comunicador mientras se desconectó de sus audífonos, donde le contaban lo que también veía, pero qué importa, me pronosticó un 2- 0.
-Goles de Pérez y de Monsalvo.

El animador comenzó a alentar a la gente para bajar los ánimos cuando la tribuna Sur la emprendió contra un grupo de hinchas del Cali. Y luego vinieron las recomendaciones por los parlantes oficiales. Y nunca se me habían hecho tan largas y tediosas y aburridas y hartas insoportables  esas peticiones de buen comportamiento. Vinimos a ver al Medallo. Había ansiedad, la boca salubre. Y los nervios.
El equipo nuestro salío. De nuevo la fiesta la hizo la tribuna. De nuevo la sensación de que es demasiado grande para el equipo, para su dirigencia, quizá para la ciudad misma. Y comenzó el partido y siguió y terminó. Y uno puede resumir ese primer tiempo –donde el Cali nos marcó el primero- en una ansiedad inicial que se trasformó en angustia  y ésta en  impotencia misma que devino en frustración.

El entretiempo fue de tanto silencio que más parecía un camposanto en un día feriado. Justo cuando se acabó ese primer tiempo donde una señora detrás de mi rezó los cuarenta y tantos minutos con su cabeza entre las manos, que nunca antes había somatizado mi angustia futbolera. Un dolor de cabeza me acompañaría el resto de noche. 

El gol que nos marcó el Señor Roa, no estaba en los pronósticos ni del más  pesimista. Un hombre a mi lado se aferró a una esperanza:

-Sabe, los primeros tiempos nuestros nunca han sido buenos, recordá con Junior y con Tolima.

Salió el equipo nuevamente y la tribuna fue recuperando su voz…el Medallo pareció salir más animado. Renovamos poco a poco las esperanzas. Y vino el penalti y hubo tantos abrazos de brazos desconocidos y besos con otros desconocidos. El estadio se hizo un abrazo colectivo. Vino el cobro con más ganas que técnica y ….

Vinieron luego larguísimos minutos. Eso en cuanto a la angustia, porque el gol no venía y ese reloj implacable seguía su ritmo. Y Monsalvo tan perdido. Hechalar como escondido por la punta izquierda.  Y los volantes de creación que nada creaban…y Wladmir…bueno, Wladimir….
Solo Pérez parecía entender que 44 mil almas acá y cientos de miles más allá merecíamos una victoria. Bueno, atrás Herner haciendo lo propio…pero en estas carencias de goles, a quién podría importarle si se defendíamos bien…

Leonel movió su banco y el partido entró en una dinámica más explosiva. Hernández parecía el Hernández de los mejores tiempos del Barza. Y desde sus pies se filtró un pase que terminó acariciando la red del arco del Cali. Los hinchas celebramos como si fuera la final de la Copa Libertadores. De nuevo abrazos con brazos desconocidos y besos. La euforia colectiva.
Y vino el Si se puede..

El equipo tomó el control del balón. Toques cortos, de ensueño. Se soñaba. Un   segundo. Y  un tercero…

Por qué no. Los estadios son templos donde caben tantas esperanzas.

Pero al minuto 35 del segundo tiempo de nuevo el Cali se hizo al balón.
Y el tiempo insobornable

 Y el Sí se puede…

Y los jugadores nuestros en la cancha eran débiles canoas en alta mar en una noche de tormentas eléctricas. Andaban sin balón y sin rumbo.

Casi al filo del partido, cuando ya las ilusiones se marchitaban, retomaron el balón y hubo un par de llegadas. Por los altavoces nos tiraron un salvavidas: cuatro minutos de adición. ¿Serán otra vez los cuatro minutos de Dios?

Y hubo un par de jugadas…hueras. Como casi todo este partido, para el olvido.

Y vino lo inimaginable. Esto no es Holliwood, señores. Nuestros héroes no lo fueron hoy tanto. El juez decretó el fatídico final. Y el Pecoso y toda la banca brincó y se entró al gramado, saltando, manoteando.

Más allá de las pantallas no sé cuántos. Pero en torno a mi todos nos frotábamos la cabeza, como escarbando una razón a tanto sufrimiento. ¿Por qué nosotros? ¿Qué pasó? ¿Por qué de nuevo?   Y nos mirábamos a los ojos, a ver si el del frente sabía algo. Algunos lanzaban hijupuetazos para los del Cali, o para Wladimir…para el que los recogiera. Los jugadores del Cali seguían saltando su merecido triunfo mientras los patrocinadores corrían a organizar la fiesta. En nuestra casa. En nuestra sala. Chicos que no fueron invitados terminaron bailando el vals con nuestra linda quinceañera.

Poco a poco fuimos saliendo del estadio. El escenario se desteñía paulatinamente. La noche se hizo negra. El piso se sentía más duro. Los pasos más pesados.

¿Y qué pasó? Preguntó en un español muy inglés una rubia acompañante del periodista escocés, con el escudo del DIM pintado en su piel blanca.
-¿Y con esta fiesta tan bonita? –echó más sal a la herida.

Dos niños detrás de ellos, lloraban desconsolados. Imagen imborrable. Será su bautizo de sangre en esta religión llamada Medallo. Esas lágrimas –pensé-sellarán un compromiso inquebrantable. Solo se llora lo que se quiere. Y desde esta noche se que lo querrán más.

Salimos a la calle. Seguían las cabezas bajas. Los pasos prontos. ¿Qué pasa?  Había más lágrimas. Y lágrimas. Como si no bastara con nuestro sufrimiento, nos causaban más lágrimas.  En el aire un gas hacía arder los ojos. Y quemaba las fosas nasales. Qué irresponsabilidad –pensé- mientras veía que niños y ancianos corrían desconcertados. En algún lado sonaban, tronaban petardos. O algo. La impotencia o la rabia de algunos hinchas  mutaba en agresividad. Y la agresividad  se respondió con violencia y cuando esta se devolvió  se tornó en represión…. Luego vendrán discursos de  parte y parte culpando a la contraparte.

Un par de cuadras más al sur, en las discotecas, que tenían tantos globos de colores rojos y azules en las fachadas, ya se mezclaban las voces de Alfredo Gutiérrez y de Gabriel Romero y ese canto al amor por el equipo y también al conformismo:
“No necesito que estés arriba….”
¡Esta gente que no aprende! Recién recibimos una humillación y minutos luego estamos poniendo la otra mejilla: “No necesito que estés arriba….”
Definitivamente no somos más. Somos distintos.

Un par de aguardientes  en una barra calmó un poco la angustia. Bajó un taco que atragantaba molesto en la garganta. La gente en la calle armaba fiesta. Siempre habrá un motivo.
Mientras me servían el tercero, juro por el Corazón de Jesús que sirve de portada al libro  Rey de Corazones, que pensé en ese viejo hermoso que vi en la madrugada en el centro, leyendo ese periódico que le vendía esperanzas de una mejor noche.

Y no sé qué tan temprano se levante mañana a buscar la prensa de nuevo. Pero seguro lo hará. Espero que al menos se levante tan vital.


También nosotros nos levantaremos de esta. 

viernes, 5 de junio de 2015

SER DEL DIM

Ser del DIM

Ocurrió un mediodía frio de finales de noviembre o principios de diciembre de 1991. Había viajado una semana atrás con un tío al norte del Valle del Cauca. Iba con la ilusión de granjearme unos pesos en esas vacaciones,  trabajando en una finca cafetera, pero todo quedó en eso: en ilusión. Al cabo de diez días, regresaba yo desde Cartago, con el rabo entre las patas. El asunto podría pasar a olvido y para este caso podría estar en fuera de lugar recordarlo, de no ser porque en cuestión de segundos me hizo caer en cuenta de algo significativo en mi vida.

De regreso a Medellín, cerca al municipio de Anserma Nuevo un hombre mayor, con el que compartía silla comenzó a hablarme. No tenía mal aspecto y un viaje que se prolongaba seis horas aún, era mejor sacarle provecho conversando. Al principio, debimos hacerlo acerca de la rapidez con que tragaba asfalto ese viejo bus de Flota Magdalena. O pudo ser sobre el clima frio que por esos días pintaba de grises las montañas y las nubes que alcanzaban a verse desde el cristal del autobús. Ya más adelante, como toda conversación que se respete, “entre hombres”, hablamos de fútbol, y de un campeonato que comenzaba a agonizar y a marcar la senda del éxito de alguno de los 16 equipos:

-Y usted, ¿de qué equipo es? –me preguntó.

-Soy del Medallo.

-Pero, ¿cómo así que del Medellín?-. El hombre se acercó bastante a mí y me reparó: Vos no tenés la cara cortada ni sos negro. Entonces…

Yo no entendía mucho a qué se refería. No tuve nada que agregar, simplemente dije que era el que me gustaba desde hacía años.

El hombre mucho mayor que yo, sonrió complacido de hacerme sentir ridículo. Eso debió pensar. De estar en contravía de las preferencias de la mayoría que aún saboreaba delicias recientes cuando lograron su máximo trofeo y estaban ad portas de un nuevo campeonato.

No voy aquí a hacer un tratado de sociología porque no lo hice entonces, no tendría por qué ni la capacidad de hacerlo. Pero con el tiempo he ido entendiendo el asunto:

Ese día tuve conciencia plena de que era del Medellín. Porque antes yo decía que me gustaba el Medellín, debido a que me remitía a un lugar, una ciudad que me atraía y donde a cada estancia me divertía. Pero desde finales del 91, digo “soy” así no tenga mucha claridad acerca de su significado. Y sin embargo, mientras el bus seguía raudo por las carreteras de Risaralda, sentí que pertenecía a algo. Pude decir, soy de Antioquia. O soy de Colombia. Eso es obvio o ya ni tanto. Y sin embargo, contesté aquella tarde y en muchas veces lo digo: soy del Medellín. Digo como lo dicen muchos. Y como muchos, tampoco seguramente he sabido qué significa.

Qué importa, no todo tiene por qué explicarse. Hace mucho que la crisis de la razón hizo metástasis. Ser del Medellín es uno de los asuntos en los cuales no pueden mezclarse razonamientos ni lógicas porque entonces perdería su encanto. La magia “del Medellín” es exactamente eso: que muy pocos nos preguntamos, simplemente lo vivimos. Lo hemos vivido. A nuestro modo, en nuestro espacio.

Ser del Medellín incluso es una bonita forma de aferrarme a un pasado ya bien pasado. Bucólico quizá, anodino tal vez. El Medellín ha sido una interesante disculpa para ir reconstruyendo un pretérito trivial; pero el dinosaurio siempre ha estado ahí. Pensar en los inicios de mi afición por el Rojo de la Montaña, me ha conducido a hacerme preguntas; a buscar algunos respuestas, porque el Medellín me ha acompañado en momentos importantes. Pienso en el Medellín de esos mis primeros años e indefectiblemente tengo que recordar el paradisiaco y tranquilo ambiente campesino; la figura de mis abuelos; mis primeras “recochas” donde formaba con los de camiseta roja; los viajes a la ciudad de Medellín. Supe del Medellín gracias a la radio, ya lo he dicho, a través de unos chirridos metálicos en el vetusto radio de mi abuelo o en el de un vecino, Benigno, (tan benigno que me enteró en su radio de la existencia del Medellín) con el cual mi abuelo se iba a conversar en las tardes de domingo y yo trataba de distinguir nombres: Malásquez, Olarticoechea…sonaban extraños en ese entorno rural donde se piensa en vacas y en cosechas, pero me fui acostumbrando a ellos. Me endulzaban el oído. Fueron  tornándose parte de mi vida en esos años maravillosos en que empecé también a descubrir la magia de este deporte.

Desde 1986 comencé a aficionarme por la lectura de la prensa, como una forma de gastar un tiempo libre después de la salida de las clases y las noticias que primero buscaba eran las que hablaban de las alineaciones del Medellín. En esas páginas debí enterarme de la salida de Leonel y de Perea y de Gildardo: en la prensa y algunos años después las voces de los del Nacional me lo enrostraban tratando de humillarme por la partida hacia el patio del frente. No son del todo buenos mis recuerdos de esos años. Uno buscando noticias de contrataciones y lo que encontraba era la salida de baluartes del equipo. Porque te quiero te apórrio fue una frase que escuché mucho y que parecía ajustársele bien a los directivos del Medallo de entonces (y de ahora) para con sus hinchas.
En esos años llegó la televisión a mi vida: y a partir de ahí, siempre lo que más me ha gustado es esperar a la sección de Deportes al final del telenoticiero para ver los goles y las jugadas: para ir a notariar lo que de oídas ya se, o he querido oír: que el Medallo, ganó o como mínimo no perdió. Y entonces esa espera se hace eterna ansiando por ver los goles y las jugadas de antología con que ganamos. Muchas veces esos goles o esas jugadas no fueron tan majestuosas como dijo el locutor o el amigo, pero en la tevé se confirma; no queda duda del nuevo triunfo Poderoso. O de, al menos, de unas jugadas ensoñadoras. Así las ve uno. O las quiere ver, como diría Saramago en su Ensayo sobre la Ceguera.
Valga decir que la historia del Medellín, no la disfrutamos tanto por los triunfos memorables: los del frente son los dueños de los campeonatos, nosotros de los momentos. En el Medellín nos alegramos por un cabezazo, una gambeta, un taco. Ser del Medellín también es irse a acostumbrando a la humildad. No habiendo mucho para celebrar tratamos de pasar inadvertidos, no propiciamos muchas preguntas ni conversas para no quedar en ridículo. En silencio hinchamos por nuestro equipo, mucho tiempo después vamos descubriendo que este o aquel es seguidor del Rojo. Porque ser del DIM también ha sido tener la capacidad de esconder un secreto. Casi siempre cuando se recuerdan, se avivan algunos momentos.

Y hubo un momento que se me hará imborrable: recién comenzaba yo a extasiarme con la magia de la televisión y fue en blanco y negro como pude disfrutar de uno de esos goles que quedó grabado en la historia del Poderoso: el tanto que le marcó el Rambo Sosa, al mejor arquero de entonces y de casi siempre, en Colombia: Julio César Falcioni. De taco, el “Rambo” le convirtió al América y se consagró el mejor gol de 1986. Inolvidable fotografía. Era un consuelo, como lo era también saberlo goleador del torneo, en una época en que los ricos Epulones del América o Millos dejaban caer tan poco de la mesa-Tabla de posiciones.

Ese gol me hubo de animar para seguir torciendo por muchos años más.
A finales de 1989, en mi Medellín, el esposo de una tía me hizo uno de los regalos más maravillosos. Un pequeño radio portátil, del tamaño de media libra de café. Y era de carey café y negro. Ya no tendría que disputarme el aparato con las interminables misas que buscaba sintonizar la abuela ni con las noticias o las largas transmisiones musicales de mi abuelo.

Tan pronto recibí emocionado ese radiecito “con pilas, para que lo ensaye de una vez”, me fui a buscar la emisora donde sabía que habría noticias del Rojo. El regreso a mi pueblo es de los momentos más entrañables de mi vida: todo el camino con la emisora sintonizada; con la antena de aluminio extendida, no fuera y cuando saliera del Valle de Aburra, la señal se me perdiera y por consiguiente las noticias de mi Rojo.

Para mi fortuna, la finca de mis abuelos quedaba en la cresta de una colina y la señal entraba tan nítida como si estuviera al frente de la iglesia de la Consolata donde años después pude visitar la emisora. Ese aparato se volvió parte de mi vida: lo llevaba a todas partes: en la labor que estuviera siempre tenía que estar conmigo y por supuesto las emisoras que buscaba era donde estuvieran trasmitiendo noticias sobre fútbol y donde el Medellín era el tema preferido. Cuando empezaban a hablar de los del frente, yo cambiaba el dial.

Ser del Medellín en esos años era, como dijo Héctor Abad, acostumbrarse a la derrota. A finales de esos años ochenta y principios de los noventa fue toda una tragedia: la balanza de los clásicos hasta entonces bastante equilibrada se desbordó hacia los del frente que además de que nos ganaban nos goleaban inmisericordes y para más colmo se alzaron –otros dirán que compraron, a mí no me consta pero como periodista dejo constancia de la duda-, con el trofeo más preciado al que pueda aspirar equipo alguno en esta parte del mundo. A más de la derrota, ser del Medellín era acostumbrarse a la humillación pública o privada. Ya lo he dicho que el DANE nos debe una encuesta sobre deserción escolar: muchos niños hinchas del Rojo dejaban de ir a clase los lunes para no soportar las burlas de los compañeritos del frente.

Porque hay que decirlo también: en esos primeros años noventas no había conversación con los sobradores del frente donde no se estuviera recordando esa hazaña. ¿Por qué no nos cambiamos como muchos que se tornaron desde entonces en sandías? Esa es una pregunta que ya no sería para un texto de fútbol sino de teorías darwinianas: el Medellín comenzó a templarnos el carácter, a demostrar seguramente que estábamos construidos de un material distinto. Un material a prueba de dudas: ser del Medellín era demostrar que no iríamos por la vida como veletas tirando para donde mejor estuvieran los vientos: ser del Medellín, es como dice el gran Gonzalo Medina que sí sabe de estos asuntos: es un estado de ánimo. Una postura frente a la vida.

En los noventas la espera se hizo larga: nos contentó el equipo con esa brillante actuación del equipo del “Flaco” Rodríguez que a punto de entusiasmo logró un record en las canchas de 17 fechas invicto y en las gradas una marca de asistencia, que bordeaba 30 mil almas en el Atanasio Girardot, a cada fecha. Vendría luego el subcampeonato del 93 (los optimistas dirán que fuimos campeones por cinco minutos) la ilusión en Copa Libertadores y un buen desempeño en la Liga del 94 que terminó con un gol de espinilla de “Juan Pablo Arepa”, y desde esa tarde de domingo, comenzó una espera que se hizo eterna. El Medellín de finales de siglo fue un equipo descolorido –no es figurado: en la etapa del Presidente Castillo se le bajó intensidad al rojo de la camiseta- que veía cómo el rival del frente acumulaba y acumulaba títulos. El Medellín a los hinchas nos afinó más el carácter. Siguió demostrándonos que lo nuestro es la paciencia. La resistencia. Nos demostraba,  como en el comercial aquel que las cosas buenas de la vida gastan su tiempo. Como si no lo supiéramos. Y nosotros ya acumulábamos muchos años sabiéndolo. Yo ya sumaba (¿restaba?)16 años de espera. Otros más esperados o desesperados acumulaban 43. Creo que el Medellín sería un ejemplo prístino de lo que es la relatividad del tiempo. El Medellín tiene sus propios tiempos. Y sus hinchas tenemos que irnos acostumbrando. Acostumbrando a los destiempos.

Y la Historia del equipo hay que dividirla en varios lapsos: uno, cuando apareció y le dio status a sus fundadores y los hizo sentir que pertenecer o pertenecerles los diferenciaba. El equipo le dio identidad a esta ciudad. Se hizo popular y exitoso. La estela de sus éxitos se prolongaría hasta finales de los años cincuenta. Vendría luego un larguísimo entretiempo, casi tan largo como el anterior. La espera por volver a un segundo, lleno de éxitos, de jugadas de ensueño, de títulos, hubo de prolongarse casi los mismos años que sus primeros, que sus tiempos poderosos. La espera concluyó cuando se marchitó el siglo XX y despuntó el XXI.

En 2001 comenzamos a acariciarle las barbas al título y la espera por ese segundo tiempo que será el mismo del siglo culminó en 2002.   

Hay quienes hablan del Medellín del nuevo siglo. Una forma de echar tabla rasa a un pasado que no fue tan glorioso. El exitismo que tanto gusta en estas sociedades nos inunda. Otros, la mayoría, seguimos entonando las canciones de Alfredo Gutiérrez y de Gabriel Romero que hablan de que en algún momento tendremos éxito y seremos verdaderamente poderosos, triunfadores. Es la identidad del equipo: sufrimiento y esperanza es nuestra patente. Y no nos molesta. Queremos seguir sintiéndonos distintos de los del frente, siempre sobradores. Siempre enrostrando sus atributos.

En los principios de este siglo, de la mano de nuevos héroes: Molinas, “Choros” y “Chorontas”, Calles, Ganizas, Pelusas, González, Morenos y Pereas, el Medallo comenzó a dejar los complejos y a acostumbrarnos a títulos y a partidos memorables. Acostumbrados a quimeras aplazadas, los tres títulos quizá a muchos nos cogieron desprevenidos, pero nos han demostrado que somos capaces de administrar los éxitos: no enrostrárselos a los otros. Ya miramos sin tantos complejos a los del frente pero sabemos –lo hemos sabido a golpes de costumbre- que el camino aún es largo y sinuoso. Que hay mucho por lograr y que en el fútbol no se vive del pasado –pero tampoco sepultarlo como desean algunos-; y también sabemos que los amores –los futboleros y los otros-hay que renovarlos a diario.

Ser del Medellín en definitiva ¡es un honor que cuesta!


lunes, 25 de mayo de 2015

ALFONSO MARÍN HOYOS: "YO NACÍ PARA HACER MANDADOS"

ALFONSO MARÍN HOYOS:
"YO NACÍ PARA HACER MANDADOS"

Un domingo, a eso de las nueve de la noche, llegó Alfonso Marín a su casa en la Vereda Cantor, distante de San Vicente unos doce kilómetros. Encendió  una vela de cebo y se dirigió a la cama. Luego  de descansar un poco y cuando iba a acostarse, entró a la casa una señora para pedir ayuda porque su vecina estaba muy enferma; la acompañó a verla y se dio cuenta de su gravedad; entonces  alguien observó  la necesidad de llamar a un sacerdote.  Al ver que nadie se ofrecía para ir hasta el pueblo, pues la noche era muy oscura y el camino era muy malo, Alfonso decidió ir si le facilitaban un caballo.  Juan de Jesús Franco, cuidador de buenas bestias lo ofreció a regañadientes, se marchó  por el sacerdote y  regresó con él unas cinco horas después. Este hecho permanece intacto en la mente de Alfonso Marín Hoyos, un líder sanvicentino que a sus 74 años, no sabe si todo lo que dice que hizo por su gente, lo hizo, o, si le faltó algo por decir, pero en lo que no hay lugar a equívocos es en que él trabajó mucho  por su pueblo.

Nacido en la vereda Cantor el 25 de abril de 1926, ocupando el puesto quince entre dieciocho   hijos de Abraham Marín y María Jesús Hoyos, este muchacho prontamente  se dio cuenta de  que lo suyo era servir. A los siete años entró a estudiar en la escuela de Montegrande con la profesora Ana Aranzazu, para lo cual tenía que caminar más de una hora. Desde esa época, Alfonso Marín comenzó a mostrar su liderazgo, pues como el local de la escuela estaba tan descuidado, convidó a  unos compañeritos   a traer  cagajón y barro amarillo para arreglar las paredes. Las empañetaron   y luego las  blanquearon.

A pesar de que la profesora le dijo a su padre, que él era muy inteligente, estudió solamente hasta el grado cuarto, porque él no tenía con que conseguirle más estudio, se dedicó a trabajar con su familia, y cuando creyó tener la edad suficiente se casó.  Pensó  en irse de su casa, pero su padre, ya bastante senecto, le pidió que no lo dejara solo.  Alfonso  le argumentó que sería muy difícil, ya casado, vivir con ellos, sin embargo, accedió no sin antes discutirlo con Celina Montoya,  su joven esposa.

A los pocos años, compró una finca  en el sector de La Fonda, cerca del pueblo, por si alguno de sus futuros hijos quería estudiar, no tuviera que recorrer tan grandes distancias como le tocó a él.   La  negoció entonces por cinco mil pesos con doña Luisa Franco, viuda de Rogelio Ceballos, y se vino a vivir a este lugar.  Dada su proximidad con el municipio Alfonso Marín venía frecuentemente a misa y a rezar los rosarios; desde entonces se involucró con las actividades de la parroquia y de la comunidad. Recuerda  la fundación de Mutuo Auxilio, en el cual la gente se vinculaba con diez centavos mensuales para ayudar  con la consecución de una vivienda a personas de escasos recursos.  También  participó de la Legión de María que en aquella época se dedicaba a visitar enfermos, rezar en algunas casas y a muchas obras de interés social.

Cuando  invitaron  a  los jóvenes del municipio a inscribirse para fundar una cooperativa en San Vicente, Alfonso participó en la primera reunión y a partir de ésta se vinculó de lleno con el sacerdote Arcesio  Hoyos para sacarla  adelante.  Colaboró en la realización de los estudios de  conveniencia  y lo acompañó  a las veredas a motivar a los campesinos. Este cura se marchó y  decayeron mucho los ánimos entre los primeros socios, pero Alfonso  Marín los motivó para que no se retiraran.  Luego con la llegada del padre Saúl Betancur se le dio nuevo impulso a la idea y  la cooperativa San José Obrero salió adelante .

 Político

Al ver el liderazgo de este joven campesino,  Arturo Hoyos, político del municipio,  lo invitaba a las reuniones, y en unas de ellas, en compañía de Pedro Pablo Zuluaga le insinuó que aspirara al Concejo.  Alfonso Marín aceptó,  fue elegido Concejal Municipal, y desde allí comenzó a hablar y a promover obras para el municipio como la pavimentación de las calles que hasta  entonces  eran empedradas.  "Usted piensa en cosas  imposibles de hacer, me dijeron,  yo les contesté:  no hay cosas imposibles sino hombres incapaces; eso de incapaces les molestó mucho", cuenta don Alfonso.

El municipio en ese tiempo era manejado por Arturo Hoyos, conservador, y su hermano Julio, a  nombre del liberalismo.  "Ellos manipulaban políticamente el pueblo, iban donde el gobernador a arreglar cosas; yo como tenía  ideas de avanzada,  por ejemplo  calles y  vías de penetración para las  veredas,  comencé a aburrirme.  Al ver esta situación, don Pedro Pablo me propuso trabajar independiente y  que él me apoyaba. Elaboramos  una lista al Concejo, los dos, y ganamos.  Don Arturo se fue al Directorio en Medellín, me acusó de indisciplinado, de montar disidencia; cuando vinieron  unos jefes yo les dije tener propuestas  y que él, don Arturo, no las tenía, que manejaba el pueblo con el dedo, ellos dijeron que yo sabría cómo medírmele, y se fueron", sostiene.

Desde entonces se inició una rivalidad con su primo, Arturo Hoyos.  "Por ahí, está un campesinito que quiere tomarse el pueblo con mentiras y bobadas",  decían, y hasta el cura Torres se puso al lado de Arturo,  al punto de no recibirme limosna" cuenta  un poco risueño, don Alfonso.

No hizo mucho caso a los comentarios y continuó con sus ideas.  Participó en el Comité pro - restauración del templo, en la fundación del Liceo, fue Gerente de la Sociedad Transportadora, de la Cooperativa San José Obrero, entre muchas otras. Sin embargo, hay una en la que se destacó  y que está  presente en la mente de muchos sanvicentinos:  la apertura de la Caja Agraria en el municipio cuando era el Presidente de la Acción Comunal de la zona urbana. "Para  lograrlo - sostiene hoy -,  sin el apoyo del alcalde  ni de ningún líder político viajó a Bogotá  con su amigo Pedro Pablo Zuluaga,  el cura Fernando Restrepo,  y en esta ciudad se reunió con  los paisanos Antonio de J.  Idárraga y Esmerardo Marín; se entrevistaron con el Expresidente Mariano Ospina Pérez y con el Presidente  Misael Pastrana, quienes los  apoyaron en su iniciativa de tener una sucursal de la Caja Agraria para San Vicente.  Y  la hubo.

Cuando en San Vicente se habla del Hospital, a la mente llega el nombre de Héctor Zuluaga Tobón como su gran gestor; no obstante, este médico señala:  "el apoyo de Alfonso fue definitivo".   Don Alfonso recuerda que aquel viaje a Bogotá, el Presidente Pastrana, a través de su Secretario Rafael Naranjo Villegas, les brindó la posibilidad de reunirse con algunos de sus ministros.   Hablaron  con el responsable de la cartera de  salud  y le manifestaron la necesidad de ayudas para el  municipio. El refrendó que tenían que quitarle la denominación de hospital a esa "casucha" que prestaba los servicios, y que cuando esto se diera, contaran con su respaldo. Estos  fueron los primeros pasos para la construcción del  hospital.

De verdad que Alfonso Marín  fue un líder y participó en la creación de muchas instituciones. No obstante,  cuando se le pregunta por cuáles tiene más cariño, afirma:  "Primero, la Sociedad San Vicente de Paul, creada para ayudar a las personas más pobres; la otra, la Cooperativa, pues tuvo un verdadero sentido social en sus inicios".

La política siempre genera enemistades.  A pesar de que Arturo Hoyos era su primo, y quien más lo apoyó en el inicio de su trasegar cívico, en su actividad pública no pudieron ponerse de acuerdo, pues las ideas del señor Hoyos eran vistas por don Alfonso como retardatarias. Y de esto hay un testimonio imborrable  en su memoria:  "Yo traje al Concejo al doctor Horacio Montoya Gil, para darle renombre a la institución, cuando lo elegimos Presidente, Arturo golpeó la mesa y dijo:  esta traición no la perdonará el pueblo".  Y  lo ajusta hoy seguro, como trancando una puerta: "Es que soy campesino pero de avanzada".

Sin embargo, en Alfonso Marín se ha reconocido a una persona noble.  Por ello, cuando murió un hijo de Arturo Hoyos, su enemigo político, lo acompañó en su dolor y cuando alguien le reprochó dijo:  "Don Arturo es mi pariente, y ahora lo acompañamos porque  es la comunidad íntegra  la que siente su dolor".  Hoy, unos veinte años después reafirma que la política es una cosa y la amistad es otra.   También, cuando don Arturo estuvo en su lecho de enfermo fue a visitarlo, hablaron y se dieron la mano. A los trece días murió, y don Alfonso lo acompañó a su última morada.

"Siete reuniones"

A don Alfonso lo llamaban para todas las reuniones y actos que se celebraban  en el municipio, y afuera de éste.  Por esta razón hubo quien le dijera que le prestaba más atención a todo que a su familia;  era consciente, y les decía a sus hijos que estudiaran que ese era el único futuro.  "Afortunadamente tuve una esposa que se dedicó a mis hijos las veinticuatro  horas y yo cumplía con que no les faltara nada; esmerarme por la comunidad  parecía estar primero", dice hoy.

El presente

Don Alfonso hoy tiene 74 años, es el padre de doce hijos, de los cuales tres fallecieron, abuelo en veintiocho veces  y tiene tres bisnietos.  Vive en el Barrio Alfonso López de Medellín desde hace diez años que vendió su finca en San Vicente, y de lo cual se arrepiente.  No obstante, permanece en función de su pueblo y de su gente por la que tanto luchó.  No es raro, por tanto, encontrarlo en las reuniones y actividades de la Colonia en Medellín, de la cual hace parte de la junta.  Menos extraño será verlo acompañando en su pueblo el dolor o la partida de un amigo, o dando palmadas de felicitaciones a cualquier paisano, que se haya destacado por cualquier acción.

"Yo hice"

Hoy, como ayer, su figura es muy delgada; además, su cabello comienza a escasear y su pulso no es tan firme.  En su memoria hay enmarañadas muchas conquistas para su pueblo, que aunque dice no pretendió por éstas obtener reconocimiento, encuentra especial fascinación en contarlo y recontarlo.  Por eso, cuando escuchan hablar a este hombre que fue Concejal de San Vicente de 1958 a 1990, cuando no les pagaban -resalta él- y Diputado en representación de la comunidad sanvicentina, muchas personas afirman que es muy petulante. 

Es que su relato de fundaciones parece inacabable.  Pero una frase que hoy admite,  sí que es valedera:  "sinceramente las obras grandes de este pueblo, como el Centro de Bienestar del  Anciano, la Cooperativa, el Liceo, el Hospital, las Escuelas Rurales y las vías, yo puse mi granito de arena".

Y aunque hizo mucho pero mucho más,  dicho así, muy de acuerdo don Alfonso.

Noviembre de 2000


miércoles, 25 de diciembre de 2013

Ay Diomedes

 Ay Diomedes

Pocos personajes tan generadores de odios y amores, al tiempo,  como Diomedes Díaz. De él podrían mencionarse en el mismo renglón los más elevados calificativos  a la vez que los más  bajos improperios. Diomedes era el ying y el yang al tiempo. Héroe y villano. Cara y cruz, amo y esclavo. Luz y sombra.  En estos días tras conocerse la noticia de su muerte destilan frases y frases para recordar sus canciones, sus composiciones sus aportes a la música, mientras que al frente o a renglón seguido se habla de sus excesos  y de sus escándalos.
A Diomedes uno comenzó a escucharlo sin saber que era él. Por la radio se filtraba su voz gruesa  pero fina al tiempo, y mucho después uno pudo saber de quien se trataba. Invitado habitual de emisoras, de programas de televisión, de recitales, de páginas de prensa, poco a poco me fui acostumbrando a su voz que prendía cualquier fiesta por apagada que estuviera. Alegría cantada este Diomedes. Y eran historias cotidianas, tan cercanas las que escuchaba cuando el locutor o el disc jockey en la discoteca programaba sus canciones.
No era mi ídolo ni mucho menos, pero me agradaba escucharlo. En los años noventas en Medellín se escuchaba mucho vallenato   y Diomedes sonaba diferente a esas “canciones lloronas” de cantantes nuevos que promocionaban en emisoras. Pese  a mi ignorancia sobre  este ritmo caribeño, a Diomedes  se le escuchaba tan auténtico, y quizá disfrutaba que a diferencia de cantos de despecho con el cuño de “vallenato”, este contaba y cantaba historias.
A principios del 94 comencé a tener al lado a un encarnizado defensor del Diomedes. Se trataba de Antony Olarte, un monteriano fogoso que nos repetía y nos restregaba –él tan regionalista- que no sabía de otro colombiano que hubiera vendido 8 millones de copias. Esa era la cifra creo recordar. Y me parecía un número bien considerable.  Con Antony, Diomedes  era tema obligado tanto como su extraña  devoción por el club Los Millonarios, tema para otra cuartilla.  Y tengo que mencionarlo porque pienso en Diomedes y siempre el costeño aquel aparece en mi memoria: la música siempre será el terreno donde están ancladas las más bellas nostalgias. O será la música la que las fabrica, vaya uno a saber.

A mediados de ese 94, gracias a la invitación de otro compañero de la Universidad, Gabriel Isaza, terminé trabajando en la logística de un concierto de aquel juglar durante un fin de semana.  De ese trabajo me quedaron además de unos jugosos denarios que me hicieron una dicha las vacaciones de mitad de año, muchos conocimientos sobre lo que es la vida de los ídolos: en camerinos, detrás de la tarima, alcanzan a conocerse los ídolos. Se les notan las costuras a esos mitos fabricados. No voy a revelar acá el secreto del agua tibia pero nunca vi tantos excesos como esa noche de viernes en el coliseo Ivan de Bedout de Medellín y en el de Rionegro, Antioquia. A Diomedes le pasaban una botella de ron blanco y  pañuelo para enjugarse el sudor y la voz desde entonces se ponía más gangosa y una que otra palabra se tragaba. Algo llevaba ese pañuelo que solo una persona era la encargada de pasarle.  Esa  par de noches vi el  fervor popular  por Diomedes y comencé a entender a Antony  quien juro que  hubiera trabajado gratis. También desde  entonces le di crédito a todo lo que decían sobre sus excesos con la droga y el alcohol. De  ese concierto aún conservo una escarapela que me acredita como parte de la organización y el recuerdo del día en que observé que  el ídolo que se erguía de bronce,  tenía tantito pies de barro.

Cuando estoy en una discoteca –prefiero los bares, aclaro- Diomedes siempre me saca de un apuro. En medio de la aburrición, pues los aires modernos no son tan de mi agrado, suelo pedirle a un amable dj o mesero me pongan un “temita de Diomedes”. 
-¿Cuál?
Cualquiera, digo. Claro que uno de los que más me gusta es “El Muchacho”. Ese lo cantaba con mis amigos sanvicentinos y hacerlo a viva voz también parece que  fortaleciera la amistad. Esa canción  es más que melodía. Creo debería llamarse mejor El Testamento. Es  todo un coro a los hijos.  Un legado a “su Rafael Santos”, pero también para todos los que buscamos un camino. Me gusta mucho aquella porque siento que el ídolo popular no era solo excesos, era un hombre que de todas formas era un padre que le dolían sus hijos. O al menos aquel.  “Si te inspira  ser  zapatero, solo quiero que seas el mejor….”
Otra de las que indefectiblemente tengo que recordar es  “Por qué razón”.
Lo dije atrás: la música no es objetiva. Más que letras carga momentos, uno escucha el tema y se transporta  a ese espacio, esa persona que está al lado o que está adentro. Recordar a Diomedes es hacerlo del primer amor verdadero –uno tormentoso, profundo efímero sin embargo- cómo no recordar a esa mujer que le encantaba Diomedes y se autodedicaba “la Reina”. Así, sin demasiados ambages era ella y quizá por eso, tan bella tan reina se la dedicaba. Y no le sentaba mal, sea dicho.

Estos asuntos llegan a la mente cuando este país acostumbrado a dividirse  desde los tiempos del Florero y más atrás, de nuevo tiene un tema  para hacerlo. Hoy, todos nos creemos con la autoridad para juzgarlo. Ayer fueron el Procurador Ordoñez y el Alcalde Petro. Hoy, el plato está servido: no dejaremos enfriarlo, pues tenemos ahora la posibilidad de las redes sociales –que a veces son tan antisociales-de creernos opinadores profesionales y enviamos mensajes a diestra y siniestra sin tener demasiados miramientos, solo animados por el sentimiento de último momento. O por la noticia que aún no reposa.
Pululan las canciones del Cacique de la Junta en las redes sociales. Pululan las entrevistas, los testimonios en los medios de comunicación. Pululan los mensajes cargados de admiración o de odio. Tan enfermizos ambos. Tan cargados de emociones.
La mayoría recrimina sus excesos, sus líos judiciales, la cerviz que le doblaba a lo que estuviera por fuera del orden. Las venias a los poderosos no importando sus pasado, su presente. El amor que le tuvo a “la plata” como lo demostró en una canción. Para sus detractores  no tiene perdón ahora ni lo tendrá en la otra vida. Es digno de olvidarse o quizá su féretro debe ser clausurado como lo fuera el de Ben Laden. Para ellos el talento de Diomedes no existe, o pasa a un segundo plano.
Esa lapidación a la usanza de los  tiempos bíblicos creo es algo injustificada. Diomedes era humano, de extracción popular y quizá ello llevó a no tener el carácter para no involucrarse con las drogas, el alcohol y no dejarse hundir en ellos. Ahora bien, no siéndolo, tampoco es el primero y me temo que no será el último. Los grandes genios de las artes casi siempre han sido personas con una tendencia a los vicios. Valga recordar un par de casos: Michael  Jackson, Elvis Presley; en nuestra faunándula  local sobran ejemplos: Joe Arroyo, por citar alguno.
Sus mentes sensibles, quizá más revolucionadas que las de un humano del común, encuentran en drogas y el licor una salida a esa mente turbulenta, a ese ritmo frenético que los van envolviendo quienes se acercan en sus tiempos de bonanza a ofrecerles paraísos terrenales a cambio de las monedas o la fama que ellos irradian.

Otra pata de este cojo, es el ataque de muchos intelectuales sorprendidos ante el desborde de la opinión pública que sale a valorar -sobrevalorar según ellos- la música de Diomedes. Les dan el trato de incultos, e incluso aludiendo  una melodía de Bach,  a algún opinador profesional  le pareció  casi una blasfemia la comparación. Nuestros intelectuales más acostumbrados a mirar para Europa o para el Norte para poder hablar de “lo culto” o para sentirse cultos ignoran o se hacen los oídos sordos ante el talento del juglar caribeño.  Creo no obstante que con la muerte de Diomedes se va uno de los cuatro o cinco grandes referentes de nuestras músicas que para colmo no ha salido precisamente de los clubes “cultos” y de elite de este país. Diomedes, de tener un salón de la fama póstumo está  o estará – o por menos yo lo ubicaría- al lado de Lucho Bermúdez, de José Barros,  de José A. Morales, del gran Joe Arroyo, de Jairo Varela. Con la muerte de Diomedes nuestra música y nuestra cultura colombiana tan heterogénea, tan vasta, está de luto. Es más, mensajes leídos de personajes como Oscar de León, de Ana Gabriel, de Willie Colón que lamentan la muerte del Cacique –un referente de Colombia como dijo alguno- me hacen pensar que es en general  la cultura latinoamericana la que está de luto.

Ya se nos fue Diomedes, el de los excesos. Que la Justicia divina lo juzgue y que su  “Virgen del Carmen” lo proteja. Pero queda el otro Diomedes, hito del Vallenato: queda en su música, la misma que es patrimonio popular de este país y que se eternizará entre nosotros. La misma que quizá juzgaremos dentro de 50 o 100 años. Finalmente, fue lo que más quiso.   


jueves, 4 de abril de 2013

ME MATARON MAMÁ ME MATARON


ME MATARON MAMÁ, ME MATARON

“Me mataron mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.

El reloj marca las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la avenida.

En el centro de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.

Se nota muy pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice, pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.

Mientras va empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina por la habitación
.
Juan Camilo es uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.

Este chico hace parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta la fecha, según el Observatorio de minas de la Vicepresidencia de la República.

De las 610 registradas desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer puesto en nuestro país.

Y de los 506 niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.

Juan Camilo “cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda, sin fijarse por dónde lo hacía.

Ahora, se encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del accidente.

En este momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso. Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros, es de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.

Viste camiseta blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su salida pues recién le han dado de alta.

Una mujer joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante. Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.

“Mi niño disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí, como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.

Realmente Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.

Según cuenta, el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño. “Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.

Doña Magali quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía nada”.
Pero prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que mi hijo estaba muerto”.

Muerto. La palabra la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche, llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo tuvo enfrente.

-Lo vi vuelto nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.

Movida y a la vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.

“Les dieron el papayaso”

Argelia es un municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.

Ser una región selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar con más facilidad.

La mayoría de los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”, admite el funcionario municipal.

El dominio del frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente. Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.

“Por la casa no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron los otros”, ayuda a entender doña Magali.

Prueba de que no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes terminaron involucrados.

“Convenía”, suspira resignada doña Magali.

Y vuelve sobre la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:

“Yo pensaba en mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.

Cuando Magali habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las 7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda. “Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no responderían por lo que ocurriera”.

Las armas puestas sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el conflicto.

Como normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.

Al regresar, entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.

Magali, poco a poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo, como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la interrumpe:

-Ah, pues, al abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus ojitos.

-¿Cómo explotó?

- Yo vi cuando a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa, alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los deditos.

-Cuando escuchó el disparo, ¿qué vio?

-Una lucecita. Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…

-¡Usted no vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.

Magali está muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.

Ella recuerda que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni a mirarlo, ni a tocarlo.

Villa Florida ¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba algunos quejidos.

Con las primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.

Doña Magali viajó con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.

Ahora, empieza a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña Magali.

Las esquirlas siguen afectando

Muchas veces los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:

“Me preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo tranquilizaba”.

A pesar de que los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el dolor con tal de que él no lo notara.

También su abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo nervioso, nostálgico y triste”, cuenta  Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha estado pendiente de él estos cinco días.


Por eso los dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.

Las lágrimas le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión: las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra razón para hacerlo, esta vez de alegría.

“Yo juego basque”

Las sombras de la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama, no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora

-  Está muy aliviado -le digo.

-  Sí, sí- ríe.

-  ¿Quiere irse para la finca?

-  Sí, sí, estoy muy contento. -Abre su bracitos.

Al contrario de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas, las del niño son muy optimistas.

-  ¿Verdad que usted juega fútbol en la escuela?

-  ¿Fútbol? -intenta abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…

Juan Camilo es pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.

-Pero estás muy pequeño para el básquet- le comento

- Ah… es que no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.

-Ah, son de carreras- valoro.

-¿De carreras? -se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de penumbras.

A diferencia de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.

-Tengo pereza de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede traumatizado por el accidente.

-¿Con qué sueña Juan Camilo? -le pregunto.

-No sé. Yo no sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño, y le pedía que no lo dejara solo.

-Ayer lo dejé un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está pronta a dejar el hospital.

-A usted la atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?

-No sé. Yo no sé qué pudo haber pasado- dice.

Enseguida me cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar de minas.

-Uno escucha comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.

Tampoco tiene muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.

En la lógica o la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste (señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su estado de salud.

La puerta está abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada del sábado hacia su municipio.

En ese momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.

Septiembre de 2004

 ME MATARON MAMÁ, ME MATARON

“Me mataron mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.

El reloj marca las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la avenida.

En el centro de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.

Se nota muy pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice, pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.

Mientras va empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina por la habitación
.
Juan Camilo es uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.

Este chico hace parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta la fecha, según el Observatorio de minas de la Vicepresidencia de la República.

De las 610 registradas desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer puesto en nuestro país.

Y de los 506 niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.

Juan Camilo “cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda, sin fijarse por dónde lo hacía.

Ahora, se encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del accidente.

En este momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso. Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros, es de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.

Viste camiseta blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su salida pues recién le han dado de alta.

Una mujer joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante. Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.

“Mi niño disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí, como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.

Realmente Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.

Según cuenta, el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño. “Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.

Doña Magali quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía nada”.
Pero prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que mi hijo estaba muerto”.

Muerto. La palabra la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche, llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo tuvo enfrente.

-Lo vi vuelto nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.

Movida y a la vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.

“Les dieron el papayaso”

Argelia es un municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.

Ser una región selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar con más facilidad.

La mayoría de los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”, admite el funcionario municipal.

El dominio del frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente. Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.

“Por la casa no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron los otros”, ayuda a entender doña Magali.

Prueba de que no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes terminaron involucrados.

“Convenía”, suspira resignada doña Magali.

Y vuelve sobre la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:

“Yo pensaba en mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.

Cuando Magali habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las 7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda. “Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no responderían por lo que ocurriera”.

Las armas puestas sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el conflicto.

Como normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.

Al regresar, entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.

Magali, poco a poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo, como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la interrumpe:

-Ah, pues, al abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus ojitos.

-¿Cómo explotó?

- Yo vi cuando a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa, alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los deditos.

-Cuando escuchó el disparo, ¿qué vio?

-Una lucecita. Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…

-¡Usted no vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.

Magali está muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.

Ella recuerda que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni a mirarlo, ni a tocarlo.

Villa Florida ¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba algunos quejidos.

Con las primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.

Doña Magali viajó con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.

Ahora, empieza a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña Magali.

Las esquirlas siguen afectando

Muchas veces los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:

“Me preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo tranquilizaba”.

A pesar de que los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el dolor con tal de que él no lo notara.

También su abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo nervioso, nostálgico y triste”, cuenta  Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha estado pendiente de él estos cinco días.


Por eso los dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.

Las lágrimas le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión: las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra razón para hacerlo, esta vez de alegría.

“Yo juego basque”

Las sombras de la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama, no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora

-  Está muy aliviado -le digo.

-  Sí, sí- ríe.

-  ¿Quiere irse para la finca?

-  Sí, sí, estoy muy contento. -Abre su bracitos.

Al contrario de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas, las del niño son muy optimistas.

-  ¿Verdad que usted juega fútbol en la escuela?

-  ¿Fútbol? -intenta abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…

Juan Camilo es pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.

-Pero estás muy pequeño para el básquet- le comento

- Ah… es que no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.

-Ah, son de carreras- valoro.

-¿De carreras? -se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de penumbras.

A diferencia de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.

-Tengo pereza de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede traumatizado por el accidente.

-¿Con qué sueña Juan Camilo? -le pregunto.

-No sé. Yo no sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño, y le pedía que no lo dejara solo.

-Ayer lo dejé un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está pronta a dejar el hospital.

-A usted la atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?

-No sé. Yo no sé qué pudo haber pasado- dice.

Enseguida me cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar de minas.

-Uno escucha comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.

Tampoco tiene muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.

En la lógica o la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste (señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su estado de salud.

La puerta está abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada del sábado hacia su municipio.

En ese momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.

Septiembre de 2004

 ME MATARON MAMÁ, ME MATARON

“Me mataron mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.

El reloj marca las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la avenida.

En el centro de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.

Se nota muy pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice, pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.

Mientras va empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina por la habitación
.
Juan Camilo es uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.

Este chico hace parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta la fecha, según el Observatorio de minas de la Vicepresidencia de la República.

De las 610 registradas desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer puesto en nuestro país.

Y de los 506 niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.

Juan Camilo “cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda, sin fijarse por dónde lo hacía.

Ahora, se encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del accidente.

En este momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso. Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros, es de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.

Viste camiseta blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su salida pues recién le han dado de alta.

Una mujer joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante. Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.

“Mi niño disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí, como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.

Realmente Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.

Según cuenta, el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño. “Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.

Doña Magali quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía nada”.
Pero prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que mi hijo estaba muerto”.

Muerto. La palabra la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche, llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo tuvo enfrente.

-Lo vi vuelto nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.

Movida y a la vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.

“Les dieron el papayaso”

Argelia es un municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.

Ser una región selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar con más facilidad.

La mayoría de los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”, admite el funcionario municipal.

El dominio del frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente. Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.

“Por la casa no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron los otros”, ayuda a entender doña Magali.

Prueba de que no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes terminaron involucrados.

“Convenía”, suspira resignada doña Magali.

Y vuelve sobre la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:

“Yo pensaba en mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.

Cuando Magali habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las 7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda. “Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no responderían por lo que ocurriera”.

Las armas puestas sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el conflicto.

Como normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.

Al regresar, entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.

Magali, poco a poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo, como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la interrumpe:

-Ah, pues, al abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus ojitos.

-¿Cómo explotó?

- Yo vi cuando a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa, alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los deditos.

-Cuando escuchó el disparo, ¿qué vio?

-Una lucecita. Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…

-¡Usted no vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.

Magali está muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.

Ella recuerda que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni a mirarlo, ni a tocarlo.

Villa Florida ¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba algunos quejidos.

Con las primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.

Doña Magali viajó con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.

Ahora, empieza a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña Magali.

Las esquirlas siguen afectando

Muchas veces los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:

“Me preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo tranquilizaba”.

A pesar de que los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el dolor con tal de que él no lo notara.

También su abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo nervioso, nostálgico y triste”, cuenta  Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha estado pendiente de él estos cinco días.


Por eso los dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.

Las lágrimas le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión: las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra razón para hacerlo, esta vez de alegría.

“Yo juego basque”

Las sombras de la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama, no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora

-  Está muy aliviado -le digo.

-  Sí, sí- ríe.

-  ¿Quiere irse para la finca?

-  Sí, sí, estoy muy contento. -Abre su bracitos.

Al contrario de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas, las del niño son muy optimistas.

-  ¿Verdad que usted juega fútbol en la escuela?

-  ¿Fútbol? -intenta abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…

Juan Camilo es pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.

-Pero estás muy pequeño para el básquet- le comento

- Ah… es que no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.

-Ah, son de carreras- valoro.

-¿De carreras? -se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de penumbras.

A diferencia de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.

-Tengo pereza de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede traumatizado por el accidente.

-¿Con qué sueña Juan Camilo? -le pregunto.

-No sé. Yo no sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño, y le pedía que no lo dejara solo.

-Ayer lo dejé un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está pronta a dejar el hospital.

-A usted la atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?

-No sé. Yo no sé qué pudo haber pasado- dice.

Enseguida me cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar de minas.

-Uno escucha comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.

Tampoco tiene muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.

En la lógica o la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste (señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su estado de salud.

La puerta está abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada del sábado hacia su municipio.

En ese momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.

Septiembre de 2004