miércoles, 25 de diciembre de 2013

Ay Diomedes

 Ay Diomedes

Pocos personajes tan generadores de odios y amores, al tiempo,  como Diomedes Díaz. De él podrían mencionarse en el mismo renglón los más elevados calificativos  a la vez que los más  bajos improperios. Diomedes era el ying y el yang al tiempo. Héroe y villano. Cara y cruz, amo y esclavo. Luz y sombra.  En estos días tras conocerse la noticia de su muerte destilan frases y frases para recordar sus canciones, sus composiciones sus aportes a la música, mientras que al frente o a renglón seguido se habla de sus excesos  y de sus escándalos.
A Diomedes uno comenzó a escucharlo sin saber que era él. Por la radio se filtraba su voz gruesa  pero fina al tiempo, y mucho después uno pudo saber de quien se trataba. Invitado habitual de emisoras, de programas de televisión, de recitales, de páginas de prensa, poco a poco me fui acostumbrando a su voz que prendía cualquier fiesta por apagada que estuviera. Alegría cantada este Diomedes. Y eran historias cotidianas, tan cercanas las que escuchaba cuando el locutor o el disc jockey en la discoteca programaba sus canciones.
No era mi ídolo ni mucho menos, pero me agradaba escucharlo. En los años noventas en Medellín se escuchaba mucho vallenato   y Diomedes sonaba diferente a esas “canciones lloronas” de cantantes nuevos que promocionaban en emisoras. Pese  a mi ignorancia sobre  este ritmo caribeño, a Diomedes  se le escuchaba tan auténtico, y quizá disfrutaba que a diferencia de cantos de despecho con el cuño de “vallenato”, este contaba y cantaba historias.
A principios del 94 comencé a tener al lado a un encarnizado defensor del Diomedes. Se trataba de Antony Olarte, un monteriano fogoso que nos repetía y nos restregaba –él tan regionalista- que no sabía de otro colombiano que hubiera vendido 8 millones de copias. Esa era la cifra creo recordar. Y me parecía un número bien considerable.  Con Antony, Diomedes  era tema obligado tanto como su extraña  devoción por el club Los Millonarios, tema para otra cuartilla.  Y tengo que mencionarlo porque pienso en Diomedes y siempre el costeño aquel aparece en mi memoria: la música siempre será el terreno donde están ancladas las más bellas nostalgias. O será la música la que las fabrica, vaya uno a saber.

A mediados de ese 94, gracias a la invitación de otro compañero de la Universidad, Gabriel Isaza, terminé trabajando en la logística de un concierto de aquel juglar durante un fin de semana.  De ese trabajo me quedaron además de unos jugosos denarios que me hicieron una dicha las vacaciones de mitad de año, muchos conocimientos sobre lo que es la vida de los ídolos: en camerinos, detrás de la tarima, alcanzan a conocerse los ídolos. Se les notan las costuras a esos mitos fabricados. No voy a revelar acá el secreto del agua tibia pero nunca vi tantos excesos como esa noche de viernes en el coliseo Ivan de Bedout de Medellín y en el de Rionegro, Antioquia. A Diomedes le pasaban una botella de ron blanco y  pañuelo para enjugarse el sudor y la voz desde entonces se ponía más gangosa y una que otra palabra se tragaba. Algo llevaba ese pañuelo que solo una persona era la encargada de pasarle.  Esa  par de noches vi el  fervor popular  por Diomedes y comencé a entender a Antony  quien juro que  hubiera trabajado gratis. También desde  entonces le di crédito a todo lo que decían sobre sus excesos con la droga y el alcohol. De  ese concierto aún conservo una escarapela que me acredita como parte de la organización y el recuerdo del día en que observé que  el ídolo que se erguía de bronce,  tenía tantito pies de barro.

Cuando estoy en una discoteca –prefiero los bares, aclaro- Diomedes siempre me saca de un apuro. En medio de la aburrición, pues los aires modernos no son tan de mi agrado, suelo pedirle a un amable dj o mesero me pongan un “temita de Diomedes”. 
-¿Cuál?
Cualquiera, digo. Claro que uno de los que más me gusta es “El Muchacho”. Ese lo cantaba con mis amigos sanvicentinos y hacerlo a viva voz también parece que  fortaleciera la amistad. Esa canción  es más que melodía. Creo debería llamarse mejor El Testamento. Es  todo un coro a los hijos.  Un legado a “su Rafael Santos”, pero también para todos los que buscamos un camino. Me gusta mucho aquella porque siento que el ídolo popular no era solo excesos, era un hombre que de todas formas era un padre que le dolían sus hijos. O al menos aquel.  “Si te inspira  ser  zapatero, solo quiero que seas el mejor….”
Otra de las que indefectiblemente tengo que recordar es  “Por qué razón”.
Lo dije atrás: la música no es objetiva. Más que letras carga momentos, uno escucha el tema y se transporta  a ese espacio, esa persona que está al lado o que está adentro. Recordar a Diomedes es hacerlo del primer amor verdadero –uno tormentoso, profundo efímero sin embargo- cómo no recordar a esa mujer que le encantaba Diomedes y se autodedicaba “la Reina”. Así, sin demasiados ambages era ella y quizá por eso, tan bella tan reina se la dedicaba. Y no le sentaba mal, sea dicho.

Estos asuntos llegan a la mente cuando este país acostumbrado a dividirse  desde los tiempos del Florero y más atrás, de nuevo tiene un tema  para hacerlo. Hoy, todos nos creemos con la autoridad para juzgarlo. Ayer fueron el Procurador Ordoñez y el Alcalde Petro. Hoy, el plato está servido: no dejaremos enfriarlo, pues tenemos ahora la posibilidad de las redes sociales –que a veces son tan antisociales-de creernos opinadores profesionales y enviamos mensajes a diestra y siniestra sin tener demasiados miramientos, solo animados por el sentimiento de último momento. O por la noticia que aún no reposa.
Pululan las canciones del Cacique de la Junta en las redes sociales. Pululan las entrevistas, los testimonios en los medios de comunicación. Pululan los mensajes cargados de admiración o de odio. Tan enfermizos ambos. Tan cargados de emociones.
La mayoría recrimina sus excesos, sus líos judiciales, la cerviz que le doblaba a lo que estuviera por fuera del orden. Las venias a los poderosos no importando sus pasado, su presente. El amor que le tuvo a “la plata” como lo demostró en una canción. Para sus detractores  no tiene perdón ahora ni lo tendrá en la otra vida. Es digno de olvidarse o quizá su féretro debe ser clausurado como lo fuera el de Ben Laden. Para ellos el talento de Diomedes no existe, o pasa a un segundo plano.
Esa lapidación a la usanza de los  tiempos bíblicos creo es algo injustificada. Diomedes era humano, de extracción popular y quizá ello llevó a no tener el carácter para no involucrarse con las drogas, el alcohol y no dejarse hundir en ellos. Ahora bien, no siéndolo, tampoco es el primero y me temo que no será el último. Los grandes genios de las artes casi siempre han sido personas con una tendencia a los vicios. Valga recordar un par de casos: Michael  Jackson, Elvis Presley; en nuestra faunándula  local sobran ejemplos: Joe Arroyo, por citar alguno.
Sus mentes sensibles, quizá más revolucionadas que las de un humano del común, encuentran en drogas y el licor una salida a esa mente turbulenta, a ese ritmo frenético que los van envolviendo quienes se acercan en sus tiempos de bonanza a ofrecerles paraísos terrenales a cambio de las monedas o la fama que ellos irradian.

Otra pata de este cojo, es el ataque de muchos intelectuales sorprendidos ante el desborde de la opinión pública que sale a valorar -sobrevalorar según ellos- la música de Diomedes. Les dan el trato de incultos, e incluso aludiendo  una melodía de Bach,  a algún opinador profesional  le pareció  casi una blasfemia la comparación. Nuestros intelectuales más acostumbrados a mirar para Europa o para el Norte para poder hablar de “lo culto” o para sentirse cultos ignoran o se hacen los oídos sordos ante el talento del juglar caribeño.  Creo no obstante que con la muerte de Diomedes se va uno de los cuatro o cinco grandes referentes de nuestras músicas que para colmo no ha salido precisamente de los clubes “cultos” y de elite de este país. Diomedes, de tener un salón de la fama póstumo está  o estará – o por menos yo lo ubicaría- al lado de Lucho Bermúdez, de José Barros,  de José A. Morales, del gran Joe Arroyo, de Jairo Varela. Con la muerte de Diomedes nuestra música y nuestra cultura colombiana tan heterogénea, tan vasta, está de luto. Es más, mensajes leídos de personajes como Oscar de León, de Ana Gabriel, de Willie Colón que lamentan la muerte del Cacique –un referente de Colombia como dijo alguno- me hacen pensar que es en general  la cultura latinoamericana la que está de luto.

Ya se nos fue Diomedes, el de los excesos. Que la Justicia divina lo juzgue y que su  “Virgen del Carmen” lo proteja. Pero queda el otro Diomedes, hito del Vallenato: queda en su música, la misma que es patrimonio popular de este país y que se eternizará entre nosotros. La misma que quizá juzgaremos dentro de 50 o 100 años. Finalmente, fue lo que más quiso.   


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