Ay Diomedes
Pocos personajes tan generadores de
odios y amores, al tiempo, como Diomedes
Díaz. De él podrían mencionarse en el mismo renglón los más elevados
calificativos a la vez que los más bajos improperios. Diomedes era el ying y el
yang al tiempo. Héroe y villano. Cara y cruz, amo y esclavo. Luz y sombra. En estos días tras conocerse la noticia de su
muerte destilan frases y frases para recordar sus canciones, sus composiciones
sus aportes a la música, mientras que al frente o a renglón seguido se habla de
sus excesos y de sus escándalos.
A Diomedes uno comenzó a escucharlo
sin saber que era él. Por la radio se filtraba su voz gruesa pero fina al tiempo, y mucho después uno pudo
saber de quien se trataba. Invitado habitual de emisoras, de programas de
televisión, de recitales, de páginas de prensa, poco a poco me fui
acostumbrando a su voz que prendía cualquier fiesta por apagada que estuviera. Alegría
cantada este Diomedes. Y eran historias cotidianas, tan cercanas las que
escuchaba cuando el locutor o el disc jockey en la discoteca programaba sus
canciones.
No era mi ídolo ni mucho menos, pero
me agradaba escucharlo. En los años noventas en Medellín se escuchaba mucho
vallenato y Diomedes sonaba diferente a
esas “canciones lloronas” de cantantes nuevos que promocionaban en emisoras. Pese
a mi ignorancia sobre este ritmo caribeño, a Diomedes se le escuchaba tan auténtico, y quizá
disfrutaba que a diferencia de cantos de despecho con el cuño de “vallenato”,
este contaba y cantaba historias.
A principios del 94 comencé a tener
al lado a un encarnizado defensor del Diomedes. Se trataba de Antony Olarte, un
monteriano fogoso que nos repetía y nos restregaba –él tan regionalista- que no
sabía de otro colombiano que hubiera vendido 8 millones de copias. Esa era la
cifra creo recordar. Y me parecía un número bien considerable. Con Antony, Diomedes era tema obligado tanto como su extraña devoción por el club Los Millonarios, tema
para otra cuartilla. Y tengo que
mencionarlo porque pienso en Diomedes y siempre el costeño aquel aparece en mi
memoria: la música siempre será el terreno donde están ancladas las más bellas
nostalgias. O será la música la que las fabrica, vaya uno a saber.
A mediados de ese 94, gracias a la
invitación de otro compañero de la Universidad, Gabriel Isaza, terminé
trabajando en la logística de un concierto de aquel juglar durante un fin de
semana. De ese trabajo me quedaron
además de unos jugosos denarios que me hicieron una dicha las vacaciones de
mitad de año, muchos conocimientos sobre lo que es la vida de los ídolos: en
camerinos, detrás de la tarima, alcanzan a conocerse los ídolos. Se les notan
las costuras a esos mitos fabricados. No voy a revelar acá el secreto del agua
tibia pero nunca vi tantos excesos como esa noche de viernes en el coliseo Ivan
de Bedout de Medellín y en el de Rionegro, Antioquia. A Diomedes le pasaban una
botella de ron blanco y pañuelo para
enjugarse el sudor y la voz desde entonces se ponía más gangosa y una que otra
palabra se tragaba. Algo llevaba ese pañuelo que solo una persona era la encargada
de pasarle. Esa par de noches vi el fervor popular por Diomedes y comencé a entender a Antony quien juro que hubiera trabajado gratis. También desde entonces le di crédito a todo lo que decían sobre
sus excesos con la droga y el alcohol. De
ese concierto aún conservo una escarapela que me acredita como parte de
la organización y el recuerdo del día en que observé que el ídolo que se erguía de bronce, tenía tantito pies de barro.
Cuando estoy en una discoteca
–prefiero los bares, aclaro- Diomedes siempre me saca de un apuro. En medio de
la aburrición, pues los aires modernos no son tan de mi agrado, suelo pedirle a
un amable dj o mesero me pongan un “temita de Diomedes”.
-¿Cuál?
Cualquiera, digo. Claro que uno de
los que más me gusta es “El Muchacho”. Ese lo cantaba con mis amigos
sanvicentinos y hacerlo a viva voz también parece que fortaleciera la amistad. Esa canción es más que melodía. Creo debería llamarse
mejor El Testamento. Es todo un coro a los
hijos. Un legado a “su Rafael Santos”,
pero también para todos los que buscamos un camino. Me gusta mucho aquella
porque siento que el ídolo popular no era solo excesos, era un hombre que de
todas formas era un padre que le dolían sus hijos. O al menos aquel. “Si te inspira ser zapatero,
solo quiero que seas el mejor….”
Otra de las que indefectiblemente
tengo que recordar es “Por qué razón”.
Lo dije atrás: la música no es
objetiva. Más que letras carga momentos, uno escucha el tema y se
transporta a ese espacio, esa persona
que está al lado o que está adentro. Recordar a Diomedes es hacerlo del primer
amor verdadero –uno tormentoso, profundo efímero sin embargo- cómo no recordar
a esa mujer que le encantaba Diomedes y se autodedicaba “la Reina”. Así, sin
demasiados ambages era ella y quizá por eso, tan bella tan reina se la
dedicaba. Y no le sentaba mal, sea dicho.
Estos asuntos llegan a la mente cuando
este país acostumbrado a dividirse desde
los tiempos del Florero y más atrás, de nuevo tiene un tema para hacerlo. Hoy, todos nos creemos con la
autoridad para juzgarlo. Ayer fueron el Procurador Ordoñez y el Alcalde Petro.
Hoy, el plato está servido: no dejaremos enfriarlo, pues tenemos ahora la
posibilidad de las redes sociales –que a veces son tan antisociales-de creernos
opinadores profesionales y enviamos mensajes a diestra y siniestra sin tener
demasiados miramientos, solo animados por el sentimiento de último momento. O
por la noticia que aún no reposa.
Pululan las canciones del Cacique de
la Junta en las redes sociales. Pululan las entrevistas, los testimonios en los
medios de comunicación. Pululan los mensajes cargados de admiración o de odio.
Tan enfermizos ambos. Tan cargados de emociones.
La mayoría recrimina sus excesos, sus
líos judiciales, la cerviz que le doblaba a lo que estuviera por fuera del
orden. Las venias a los poderosos no importando sus pasado, su presente. El
amor que le tuvo a “la plata” como lo demostró en una canción. Para sus
detractores no tiene perdón ahora ni lo
tendrá en la otra vida. Es digno de olvidarse o quizá su féretro debe ser
clausurado como lo fuera el de Ben Laden. Para ellos el talento de Diomedes no
existe, o pasa a un segundo plano.
Esa lapidación a la usanza de
los tiempos bíblicos creo es algo
injustificada. Diomedes era humano, de extracción popular y quizá ello llevó a
no tener el carácter para no involucrarse con las drogas, el alcohol y no
dejarse hundir en ellos. Ahora bien, no siéndolo, tampoco es el primero y me
temo que no será el último. Los grandes genios de las artes casi siempre han
sido personas con una tendencia a los vicios. Valga recordar un par de casos: Michael
Jackson, Elvis Presley; en nuestra
faunándula local sobran ejemplos: Joe
Arroyo, por citar alguno.
Sus mentes sensibles, quizá más
revolucionadas que las de un humano del común, encuentran en drogas y el licor
una salida a esa mente turbulenta, a ese ritmo frenético que los van
envolviendo quienes se acercan en sus tiempos de bonanza a ofrecerles paraísos
terrenales a cambio de las monedas o la fama que ellos irradian.
Otra pata de este cojo, es el ataque
de muchos intelectuales sorprendidos ante el desborde de la opinión pública que
sale a valorar -sobrevalorar según ellos- la música de Diomedes. Les dan el
trato de incultos, e incluso aludiendo
una melodía de Bach, a algún opinador
profesional le pareció casi una blasfemia la comparación. Nuestros intelectuales
más acostumbrados a mirar para Europa o para el Norte para poder hablar de “lo
culto” o para sentirse cultos ignoran o se hacen los oídos sordos ante el
talento del juglar caribeño. Creo no
obstante que con la muerte de Diomedes se va uno de los cuatro o cinco grandes
referentes de nuestras músicas que para colmo no ha salido precisamente de los
clubes “cultos” y de elite de este país. Diomedes, de tener un salón de la fama
póstumo está o estará – o por menos yo
lo ubicaría- al lado de Lucho Bermúdez, de José Barros, de José A. Morales, del gran Joe Arroyo, de Jairo
Varela. Con la muerte de Diomedes nuestra música y nuestra cultura colombiana
tan heterogénea, tan vasta, está de luto. Es más, mensajes leídos de personajes
como Oscar de León, de Ana Gabriel, de Willie Colón que lamentan la muerte del
Cacique –un referente de Colombia como dijo alguno- me hacen pensar que es en
general la cultura latinoamericana la
que está de luto.
Ya se nos fue Diomedes, el de los
excesos. Que la Justicia divina lo juzgue y que su “Virgen del Carmen” lo proteja. Pero queda el
otro Diomedes, hito del Vallenato: queda en su música, la misma que es
patrimonio popular de este país y que se eternizará entre nosotros. La misma
que quizá juzgaremos dentro de 50 o 100 años. Finalmente, fue lo que más quiso.

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