jueves, 4 de abril de 2013

ME MATARON MAMÁ ME MATARON


ME MATARON MAMÁ, ME MATARON

“Me mataron mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.

El reloj marca las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la avenida.

En el centro de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.

Se nota muy pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice, pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.

Mientras va empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina por la habitación
.
Juan Camilo es uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.

Este chico hace parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta la fecha, según el Observatorio de minas de la Vicepresidencia de la República.

De las 610 registradas desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer puesto en nuestro país.

Y de los 506 niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.

Juan Camilo “cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda, sin fijarse por dónde lo hacía.

Ahora, se encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del accidente.

En este momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso. Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros, es de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.

Viste camiseta blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su salida pues recién le han dado de alta.

Una mujer joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante. Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.

“Mi niño disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí, como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.

Realmente Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.

Según cuenta, el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño. “Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.

Doña Magali quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía nada”.
Pero prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que mi hijo estaba muerto”.

Muerto. La palabra la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche, llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo tuvo enfrente.

-Lo vi vuelto nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.

Movida y a la vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.

“Les dieron el papayaso”

Argelia es un municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.

Ser una región selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar con más facilidad.

La mayoría de los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”, admite el funcionario municipal.

El dominio del frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente. Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.

“Por la casa no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron los otros”, ayuda a entender doña Magali.

Prueba de que no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes terminaron involucrados.

“Convenía”, suspira resignada doña Magali.

Y vuelve sobre la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:

“Yo pensaba en mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.

Cuando Magali habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las 7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda. “Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no responderían por lo que ocurriera”.

Las armas puestas sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el conflicto.

Como normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.

Al regresar, entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.

Magali, poco a poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo, como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la interrumpe:

-Ah, pues, al abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus ojitos.

-¿Cómo explotó?

- Yo vi cuando a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa, alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los deditos.

-Cuando escuchó el disparo, ¿qué vio?

-Una lucecita. Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…

-¡Usted no vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.

Magali está muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.

Ella recuerda que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni a mirarlo, ni a tocarlo.

Villa Florida ¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba algunos quejidos.

Con las primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.

Doña Magali viajó con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.

Ahora, empieza a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña Magali.

Las esquirlas siguen afectando

Muchas veces los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:

“Me preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo tranquilizaba”.

A pesar de que los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el dolor con tal de que él no lo notara.

También su abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo nervioso, nostálgico y triste”, cuenta  Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha estado pendiente de él estos cinco días.


Por eso los dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.

Las lágrimas le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión: las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra razón para hacerlo, esta vez de alegría.

“Yo juego basque”

Las sombras de la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama, no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora

-  Está muy aliviado -le digo.

-  Sí, sí- ríe.

-  ¿Quiere irse para la finca?

-  Sí, sí, estoy muy contento. -Abre su bracitos.

Al contrario de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas, las del niño son muy optimistas.

-  ¿Verdad que usted juega fútbol en la escuela?

-  ¿Fútbol? -intenta abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…

Juan Camilo es pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.

-Pero estás muy pequeño para el básquet- le comento

- Ah… es que no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.

-Ah, son de carreras- valoro.

-¿De carreras? -se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de penumbras.

A diferencia de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.

-Tengo pereza de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede traumatizado por el accidente.

-¿Con qué sueña Juan Camilo? -le pregunto.

-No sé. Yo no sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño, y le pedía que no lo dejara solo.

-Ayer lo dejé un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está pronta a dejar el hospital.

-A usted la atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?

-No sé. Yo no sé qué pudo haber pasado- dice.

Enseguida me cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar de minas.

-Uno escucha comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.

Tampoco tiene muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.

En la lógica o la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste (señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su estado de salud.

La puerta está abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada del sábado hacia su municipio.

En ese momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.

Septiembre de 2004

 ME MATARON MAMÁ, ME MATARON

“Me mataron mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.

El reloj marca las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la avenida.

En el centro de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.

Se nota muy pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice, pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.

Mientras va empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina por la habitación
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Juan Camilo es uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.

Este chico hace parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta la fecha, según el Observatorio de minas de la Vicepresidencia de la República.

De las 610 registradas desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer puesto en nuestro país.

Y de los 506 niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.

Juan Camilo “cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda, sin fijarse por dónde lo hacía.

Ahora, se encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del accidente.

En este momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso. Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros, es de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.

Viste camiseta blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su salida pues recién le han dado de alta.

Una mujer joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante. Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.

“Mi niño disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí, como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.

Realmente Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.

Según cuenta, el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño. “Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.

Doña Magali quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía nada”.
Pero prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que mi hijo estaba muerto”.

Muerto. La palabra la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche, llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo tuvo enfrente.

-Lo vi vuelto nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.

Movida y a la vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.

“Les dieron el papayaso”

Argelia es un municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.

Ser una región selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar con más facilidad.

La mayoría de los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”, admite el funcionario municipal.

El dominio del frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente. Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.

“Por la casa no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron los otros”, ayuda a entender doña Magali.

Prueba de que no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes terminaron involucrados.

“Convenía”, suspira resignada doña Magali.

Y vuelve sobre la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:

“Yo pensaba en mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.

Cuando Magali habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las 7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda. “Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no responderían por lo que ocurriera”.

Las armas puestas sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el conflicto.

Como normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.

Al regresar, entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.

Magali, poco a poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo, como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la interrumpe:

-Ah, pues, al abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus ojitos.

-¿Cómo explotó?

- Yo vi cuando a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa, alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los deditos.

-Cuando escuchó el disparo, ¿qué vio?

-Una lucecita. Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…

-¡Usted no vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.

Magali está muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.

Ella recuerda que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni a mirarlo, ni a tocarlo.

Villa Florida ¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba algunos quejidos.

Con las primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.

Doña Magali viajó con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.

Ahora, empieza a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña Magali.

Las esquirlas siguen afectando

Muchas veces los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:

“Me preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo tranquilizaba”.

A pesar de que los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el dolor con tal de que él no lo notara.

También su abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo nervioso, nostálgico y triste”, cuenta  Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha estado pendiente de él estos cinco días.


Por eso los dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.

Las lágrimas le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión: las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra razón para hacerlo, esta vez de alegría.

“Yo juego basque”

Las sombras de la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama, no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora

-  Está muy aliviado -le digo.

-  Sí, sí- ríe.

-  ¿Quiere irse para la finca?

-  Sí, sí, estoy muy contento. -Abre su bracitos.

Al contrario de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas, las del niño son muy optimistas.

-  ¿Verdad que usted juega fútbol en la escuela?

-  ¿Fútbol? -intenta abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…

Juan Camilo es pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.

-Pero estás muy pequeño para el básquet- le comento

- Ah… es que no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.

-Ah, son de carreras- valoro.

-¿De carreras? -se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de penumbras.

A diferencia de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.

-Tengo pereza de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede traumatizado por el accidente.

-¿Con qué sueña Juan Camilo? -le pregunto.

-No sé. Yo no sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño, y le pedía que no lo dejara solo.

-Ayer lo dejé un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está pronta a dejar el hospital.

-A usted la atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?

-No sé. Yo no sé qué pudo haber pasado- dice.

Enseguida me cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar de minas.

-Uno escucha comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.

Tampoco tiene muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.

En la lógica o la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste (señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su estado de salud.

La puerta está abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada del sábado hacia su municipio.

En ese momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.

Septiembre de 2004

 ME MATARON MAMÁ, ME MATARON

“Me mataron mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.

El reloj marca las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la avenida.

En el centro de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.

Se nota muy pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice, pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.

Mientras va empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina por la habitación
.
Juan Camilo es uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.

Este chico hace parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta la fecha, según el Observatorio de minas de la Vicepresidencia de la República.

De las 610 registradas desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer puesto en nuestro país.

Y de los 506 niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.

Juan Camilo “cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda, sin fijarse por dónde lo hacía.

Ahora, se encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del accidente.

En este momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso. Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros, es de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.

Viste camiseta blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su salida pues recién le han dado de alta.

Una mujer joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante. Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.

“Mi niño disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí, como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.

Realmente Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.

Según cuenta, el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño. “Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.

Doña Magali quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía nada”.
Pero prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que mi hijo estaba muerto”.

Muerto. La palabra la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche, llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo tuvo enfrente.

-Lo vi vuelto nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.

Movida y a la vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.

“Les dieron el papayaso”

Argelia es un municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.

Ser una región selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar con más facilidad.

La mayoría de los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”, admite el funcionario municipal.

El dominio del frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente. Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.

“Por la casa no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron los otros”, ayuda a entender doña Magali.

Prueba de que no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes terminaron involucrados.

“Convenía”, suspira resignada doña Magali.

Y vuelve sobre la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:

“Yo pensaba en mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.

Cuando Magali habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las 7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda. “Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no responderían por lo que ocurriera”.

Las armas puestas sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el conflicto.

Como normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.

Al regresar, entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.

Magali, poco a poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo, como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la interrumpe:

-Ah, pues, al abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus ojitos.

-¿Cómo explotó?

- Yo vi cuando a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa, alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los deditos.

-Cuando escuchó el disparo, ¿qué vio?

-Una lucecita. Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…

-¡Usted no vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.

Magali está muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.

Ella recuerda que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni a mirarlo, ni a tocarlo.

Villa Florida ¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba algunos quejidos.

Con las primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.

Doña Magali viajó con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.

Ahora, empieza a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña Magali.

Las esquirlas siguen afectando

Muchas veces los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:

“Me preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo tranquilizaba”.

A pesar de que los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el dolor con tal de que él no lo notara.

También su abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo nervioso, nostálgico y triste”, cuenta  Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha estado pendiente de él estos cinco días.


Por eso los dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.

Las lágrimas le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión: las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra razón para hacerlo, esta vez de alegría.

“Yo juego basque”

Las sombras de la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama, no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora

-  Está muy aliviado -le digo.

-  Sí, sí- ríe.

-  ¿Quiere irse para la finca?

-  Sí, sí, estoy muy contento. -Abre su bracitos.

Al contrario de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas, las del niño son muy optimistas.

-  ¿Verdad que usted juega fútbol en la escuela?

-  ¿Fútbol? -intenta abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…

Juan Camilo es pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.

-Pero estás muy pequeño para el básquet- le comento

- Ah… es que no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.

-Ah, son de carreras- valoro.

-¿De carreras? -se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de penumbras.

A diferencia de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.

-Tengo pereza de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede traumatizado por el accidente.

-¿Con qué sueña Juan Camilo? -le pregunto.

-No sé. Yo no sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño, y le pedía que no lo dejara solo.

-Ayer lo dejé un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está pronta a dejar el hospital.

-A usted la atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?

-No sé. Yo no sé qué pudo haber pasado- dice.

Enseguida me cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar de minas.

-Uno escucha comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.

Tampoco tiene muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.

En la lógica o la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste (señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su estado de salud.

La puerta está abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada del sábado hacia su municipio.

En ese momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.

Septiembre de 2004


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