ME MATARON MAMÁ, ME MATARON
“Me mataron
mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y
tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.
El reloj marca
las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela
por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un
silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de
algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la
avenida.
En el centro
de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes
claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón
entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen
nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una
mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin
afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.
Se nota muy
pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano
que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara
evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas
humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como
a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice,
pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se
haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.
Mientras va
empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina
por la habitación
.
Juan Camilo es
uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el
domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el
Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una
presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas
víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.
Este chico hace
parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta
la fecha, según el Observatorio de minas
de la Vicepresidencia de la República.
De las 610 registradas
desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer
puesto en nuestro país.
Y de los 506
niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.
Juan Camilo
“cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda,
sin fijarse por dónde lo hacía.
Ahora, se
encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del
Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del
accidente.
En este
momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso.
Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan
cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros , es
de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.
Viste camiseta
blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que
dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado
izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro
de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su
salida pues recién le han dado de alta.
Una mujer
joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo
afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa
con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo
que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante.
Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación
que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.
“Mi niño
disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí,
como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar
y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la
descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de
campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.
Realmente
Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no
sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con
cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la
joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.
Según cuenta,
el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en
la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de
las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño.
“Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues
era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.
Doña Magali
quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña
explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan
Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía
nada”.
Pero
prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que
mi hijo estaba muerto”.
Muerto. La palabra
la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el
lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres
minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por
su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche,
llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo
tuvo enfrente.
-Lo vi vuelto
nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.
Movida y a la
vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la
casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño
pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.
“Les dieron el papayaso”
Argelia es un
municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que
comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca
de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos
años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el
motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin
embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten
que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta
el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.
Ser una región
selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y
para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se
enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este
tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta
biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas
riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos
colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica
de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar
con más facilidad.
La mayoría de
los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de
café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la
fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su
sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron
pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a
surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su
presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró
del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma
que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”,
admite el funcionario municipal.
El dominio del
frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres
años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el
ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó
la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores
condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha
mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente.
Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos
intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.
“Por la casa
no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron
los otros”, ayuda a entender doña Magali.
Prueba de que
no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en
muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como
ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el
ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes
terminaron involucrados.
“Convenía”,
suspira resignada doña Magali.
Y vuelve sobre
la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:
“Yo pensaba en
mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.
Cuando Magali
habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en
su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las
7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda.
“Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que
nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no
responderían por lo que ocurriera”.
Las armas puestas
sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos
acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el
conflicto.
Como
normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los
potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a
Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a
invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se
fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al
menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.
Al regresar,
entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un
portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se
accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con
su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó
la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su
cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.
Magali, poco a
poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo,
como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la
interrumpe:
-Ah, pues, al
abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus
ojitos.
-¿Cómo
explotó?
- Yo vi cuando
a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa,
alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo
estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando
bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí
estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los
deditos.
-Cuando
escuchó el disparo, ¿qué vio?
-Una lucecita.
Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina
estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…
-¡Usted no
vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos
nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos
golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.
Magali está
muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la
improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras
Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.
Ella recuerda
que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño
se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo
salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña
Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni
a mirarlo, ni a tocarlo.
Villa Florida
¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde
no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus
escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había
retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa
soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo
larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas
y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño
pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba
algunos quejidos.
Con las
primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal
en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante
el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron
atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron
devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional
de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.
Doña Magali viajó
con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.
Ahora, empieza
a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y
luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de
Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa
varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero
quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña
Magali.
Las esquirlas siguen afectando
Muchas veces
los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan
Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que
sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo
atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon
completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a
esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le
caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:
“Me
preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo
tranquilizaba”.
A pesar de que
los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era
ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el
dolor con tal de que él no lo notara.
También su
abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el
estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por
los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma
impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo
nervioso, nostálgico y triste”, cuenta Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha
estado pendiente de él estos cinco días.
Por eso los
dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al
tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los
medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró
hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.
Las lágrimas
le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión:
las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él
hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También
la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra
razón para hacerlo, esta vez de alegría.
“Yo juego basque”
Las sombras de
la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama,
no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse
corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede
abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora
- Está muy
aliviado -le digo.
- Sí, sí- ríe.
- ¿Quiere irse
para la finca?
- Sí, sí, estoy
muy contento. -Abre su bracitos.
Al contrario
de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas,
las del niño son muy optimistas.
- ¿Verdad que
usted juega fútbol en la escuela?
- ¿Fútbol? -intenta
abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…
Juan Camilo es
pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.
-Pero estás
muy pequeño para el básquet- le comento
- Ah… es que
no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en
la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la
almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.
-Ah, son de
carreras- valoro.
-¿De carreras?
-se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos
extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de
penumbras.
A diferencia
de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no
tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.
-Tengo pereza
de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de
pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede
traumatizado por el accidente.
-¿Con qué
sueña Juan Camilo? -le pregunto.
-No sé. Yo no
sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía
que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño,
y le pedía que no lo dejara solo.
-Ayer lo dejé
un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando
debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que
felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está
pronta a dejar el hospital.
-A usted la
atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?
-No sé. Yo no
sé qué pudo haber pasado- dice.
Enseguida me
cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar
de minas.
-Uno escucha
comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.
Tampoco tiene
muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un
portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que
ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que
está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.
En la lógica o
la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman
intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien
ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo
quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste
(señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo
mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por
dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se
enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su
estado de salud.
La puerta está
abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él
hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los
pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia
ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada
del sábado hacia su municipio.
En ese
momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le
acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas
monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a
Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para
aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.
Septiembre de 2004
ME MATARON MAMÁ, ME MATARON
“Me mataron
mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y
tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.
El reloj marca
las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela
por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un
silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de
algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la
avenida.
En el centro
de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes
claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón
entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen
nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una
mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin
afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.
Se nota muy
pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano
que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara
evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas
humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como
a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice,
pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se
haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.
Mientras va
empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina
por la habitación
.
Juan Camilo es
uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el
domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el
Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una
presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas
víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.
Este chico hace
parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta
la fecha, según el Observatorio de minas
de la Vicepresidencia de la República.
De las 610 registradas
desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer
puesto en nuestro país.
Y de los 506
niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.
Juan Camilo
“cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda,
sin fijarse por dónde lo hacía.
Ahora, se
encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del
Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del
accidente.
En este
momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso.
Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan
cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros , es
de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.
Viste camiseta
blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que
dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado
izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro
de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su
salida pues recién le han dado de alta.
Una mujer
joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo
afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa
con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo
que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante.
Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación
que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.
“Mi niño
disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí,
como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar
y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la
descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de
campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.
Realmente
Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no
sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con
cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la
joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.
Según cuenta,
el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en
la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de
las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño.
“Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues
era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.
Doña Magali
quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña
explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan
Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía
nada”.
Pero
prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que
mi hijo estaba muerto”.
Muerto. La palabra
la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el
lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres
minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por
su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche,
llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo
tuvo enfrente.
-Lo vi vuelto
nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.
Movida y a la
vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la
casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño
pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.
“Les dieron el papayaso”
Argelia es un
municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que
comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca
de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos
años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el
motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin
embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten
que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta
el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.
Ser una región
selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y
para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se
enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este
tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta
biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas
riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos
colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica
de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar
con más facilidad.
La mayoría de
los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de
café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la
fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su
sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron
pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a
surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su
presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró
del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma
que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”,
admite el funcionario municipal.
El dominio del
frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres
años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el
ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó
la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores
condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha
mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente.
Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos
intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.
“Por la casa
no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron
los otros”, ayuda a entender doña Magali.
Prueba de que
no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en
muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como
ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el
ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes
terminaron involucrados.
“Convenía”,
suspira resignada doña Magali.
Y vuelve sobre
la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:
“Yo pensaba en
mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.
Cuando Magali
habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en
su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las
7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda.
“Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que
nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no
responderían por lo que ocurriera”.
Las armas puestas
sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos
acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el
conflicto.
Como
normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los
potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a
Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a
invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se
fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al
menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.
Al regresar,
entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un
portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se
accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con
su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó
la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su
cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.
Magali, poco a
poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo,
como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la
interrumpe:
-Ah, pues, al
abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus
ojitos.
-¿Cómo
explotó?
- Yo vi cuando
a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa,
alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo
estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando
bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí
estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los
deditos.
-Cuando
escuchó el disparo, ¿qué vio?
-Una lucecita.
Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina
estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…
-¡Usted no
vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos
nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos
golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.
Magali está
muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la
improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras
Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.
Ella recuerda
que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño
se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo
salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña
Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni
a mirarlo, ni a tocarlo.
Villa Florida
¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde
no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus
escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había
retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa
soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo
larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas
y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño
pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba
algunos quejidos.
Con las
primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal
en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante
el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron
atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron
devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional
de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.
Doña Magali viajó
con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.
Ahora, empieza
a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y
luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de
Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa
varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero
quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña
Magali.
Las esquirlas siguen afectando
Muchas veces
los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan
Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que
sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo
atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon
completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a
esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le
caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:
“Me
preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo
tranquilizaba”.
A pesar de que
los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era
ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el
dolor con tal de que él no lo notara.
También su
abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el
estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por
los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma
impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo
nervioso, nostálgico y triste”, cuenta Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha
estado pendiente de él estos cinco días.
Por eso los
dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al
tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los
medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró
hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.
Las lágrimas
le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión:
las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él
hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También
la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra
razón para hacerlo, esta vez de alegría.
“Yo juego basque”
Las sombras de
la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama,
no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse
corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede
abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora
- Está muy
aliviado -le digo.
- Sí, sí- ríe.
- ¿Quiere irse
para la finca?
- Sí, sí, estoy
muy contento. -Abre su bracitos.
Al contrario
de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas,
las del niño son muy optimistas.
- ¿Verdad que
usted juega fútbol en la escuela?
- ¿Fútbol? -intenta
abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…
Juan Camilo es
pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.
-Pero estás
muy pequeño para el básquet- le comento
- Ah… es que
no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en
la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la
almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.
-Ah, son de
carreras- valoro.
-¿De carreras?
-se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos
extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de
penumbras.
A diferencia
de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no
tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.
-Tengo pereza
de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de
pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede
traumatizado por el accidente.
-¿Con qué
sueña Juan Camilo? -le pregunto.
-No sé. Yo no
sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía
que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño,
y le pedía que no lo dejara solo.
-Ayer lo dejé
un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando
debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que
felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está
pronta a dejar el hospital.
-A usted la
atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?
-No sé. Yo no
sé qué pudo haber pasado- dice.
Enseguida me
cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar
de minas.
-Uno escucha
comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.
Tampoco tiene
muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un
portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que
ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que
está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.
En la lógica o
la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman
intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien
ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo
quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste
(señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo
mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por
dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se
enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su
estado de salud.
La puerta está
abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él
hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los
pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia
ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada
del sábado hacia su municipio.
En ese
momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le
acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas
monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a
Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para
aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.
Septiembre de 2004
ME MATARON MAMÁ, ME MATARON
“Me mataron
mamá, me mataron”. La voz y la imagen de su hijo Juan Camilo, ensangrentado y
tirado en el suelo, permanece en la mente de Magali Ocampo.
El reloj marca
las tres de una tarde invernosa de septiembre de 2004 y un viento frío se cuela
por entre las persianas de la ventana. El ambiente es lúgubre y reina un
silencio tan molesto que se agradece cuando lo interrumpen los gritos de
algunos vagabundos y el rumor de los motores de los carros que van por la
avenida.
En el centro
de la habitación hay una cama metálica sin tender y en sus sábanas verdes
claras se ven pequeñas huellas de sangre. Al lado hay un nochero en cuyo cajón
entreabierto se ven dos carritos de juguete. Y ahí, en el ángulo que hacen
nochero y cama, en unas escalitas de “dos pasos”, está sentada Magali, una
mujer de unos treinta años, de rostro mustio y desencajado, que empaca sin
afanes algunas cosas en una bolsa negra de plástico que está sobre el piso.
Se nota muy
pensativa y los movimientos lentos de sus manos delgadas suponen cierto desgano
que no se da demasiados esfuerzos en disimular. Algunas líneas en su cara
evidencian la ausencia de sueño. Tiene el cabello amarrado, viste ropas
humildes y puestas sin garbo. Acoda la cara constantemente entre las manos como
a la espera de algo que no tiene claro en qué momento pueda ocurrir. No lo dice,
pero un celador comenta a la entrada que la principal razón para que aún no se
haya marchado es que no tiene el dinero para comprar el pasaje hasta su pueblo.
Mientras va
empacando, levanta su mirada para observar a su hijo Juan Camilo, quien camina
por la habitación
.
Juan Camilo es
uno de los cuatro niños heridos con la explosión de una mina antipersonal, el
domingo 5 de septiembre en el municipio de Argelia, colocada al parecer por el
Frente 47 de las FARC. Artefacto que, a sus escasos cinco años y con una
presencia inofensiva que casi ni se nota, lo convirtió en otra de las tantas
víctimas inocentes del conflicto armado colombiano.
Este chico hace
parte de las 4.853 víctimas de minas anti-persona en Colombia desde 1990 hasta
la fecha, según el Observatorio de minas
de la Vicepresidencia de la República.
De las 610 registradas
desde el 2000 en Antioquia, que ubican al departamento en el deshonroso primer
puesto en nuestro país.
Y de los 506
niños, en su mayoría campesinos, víctimas de estos mortíferos artefactos.
Juan Camilo
“cometió el error” de ir caminando alegre, con sus compañeritos de la vereda,
sin fijarse por dónde lo hacía.
Ahora, se
encuentra en recuperación en la habitación 205 del Área de Pediatría del
Hospital Regional de Rionegro, a donde fue remitido un día después del
accidente.
En este
momento da dos pasitos. Se detiene. Dos pasitos. Se detiene. Observa curioso.
Se asoma afuera de la pieza y las enfermeras que van por el pasillo lo saludan
cariñosas. Dicen quienes lo ven que parece un fosforito: aún no alcanza 80 centímetros , es
de cara redonda, delgadito, y de cabello castaño oscuro corto.
Viste camiseta
blanca, pantalones remangados arribita de los tobillos, y unas chanclas que
dejan ver sus frágiles deditos. Tiene algodón en su oído, su brazo y el lado
izquierdo de la cara están llenos de puntitos rojos y algunas heridas, rastro
de las esquirlas de la mina. Tras pasar la semana en atención médica, espera su
salida pues recién le han dado de alta.
Una mujer
joven entra a la pieza. Repara en las heridas de Juan Camilo y tras saludarlo
afectuosa, el chico le dice que no le duele nada, mientras le recibe una bolsa
con dulces que desempaca de inmediato. “No me le pasó nada a mi niño para lo
que debió pasarle”, dice Magali tras observar la curiosidad de la visitante.
Magali está muy callada pero cuando habla deja sentir ese dejo de resignación
que refleja la gente de los pueblos que padecen el conflicto armado.
“Mi niño
disfruta con todo -dice mientras sigue recogiendo cositas de aquí y de allí,
como disculpando el silencio y los pasos breves de su hijo-. Le gusta estudiar
y juega solo o con amiguitos. Desde que nació ha sido muy avispado”. Mientras la señora habla, llega a mi mente la
descripción que hiciera un vecino de la familia: “Es un niño normal, hijo de
campesinos pobres. Pero si por algo lo recuerdo es porque es muy hiperactivo”.
Realmente
Magali no habla, simplemente suelta algunos monosílabos donde abundan los “no
sé”, con lo que ayuda a armar una historia que no desea recordar. Por ello, con
cierto desgano, o quizá cansada de repetir lo mismo, empieza a contarle a la
joven acerca de un hecho que difícilmente borrará de su mente.
Según cuenta,
el domingo 5 de septiembre estaba con su mamá y su segundo hijo de dos años en
la casa ubicada en la vereda Villeta a media hora de Argelia. Eran poco más de
las siete y treinta de la noche. Mientras hablaban escucharon un ruido extraño.
“Fue una explosión durísima, me dio mucho miedo pero no me imaginé nada, pues
era la primera vez que oía algo semejante en la vereda”, dice.
Doña Magali
quedó aturdida y nunca pensó que su hijo estuviera cerca de esa extraña
explosión. “Yo vine a reaccionar cuando llegaron los niños. Mi hermanito Juan
Carlos estaba muy asustado, yo le preguntaba qué les había pasado y él no decía
nada”.
Pero
prontamente entendió el silencio de su hermano: “Otro de los niños me dijo que
mi hijo estaba muerto”.
Muerto. La palabra
la estremeció tanto que empezó a llorar y de inmediato salió a buscarlo por el
lugar donde le pareció escuchar el estallido. El sitio quedaba a unos tres
minutos de la casa. El sendero estaba muy oscuro pero doña Magali, empujada por
su instinto de madre y por la costumbre de los campesinos de caminar de noche,
llegó prontamente al lugar indicado por los otros niños. Se animó cuando lo
tuvo enfrente.
-Lo vi vuelto
nada -suspira-. Pero me tranquilicé cuando vi que estaba vivo.
Movida y a la
vez guiada por el temor y la tristeza, empezó a descaminar los pasos hacia la
casa, cargando a Juan Camilo que sangraba demasiado. “No creí que el niño
pudiera sobrevivir porque le salía mucha sangre de los ojos”, comenta.
“Les dieron el papayaso”
Argelia es un
municipio del suroriente de Antioquia ubicado en un corredor montañoso que
comunica a los municipios de Sonsón, Nariño y Cocorná y que además está cerca
de los límites con el departamento de Caldas. Es un pueblo donde en los últimos
años el conflicto armado se ha intensificado y muchos argelinos no entienden el
motivo, pues según afirman, allí no hay ricos ni yacimientos de minerales. Sin
embargo al hablar de su localidad, inmediatamente dan la razón cuando admiten
que está bordeado por una corriente montañosa que va del Páramo de Sonsón hasta
el Corregimiento Guadualito, de espeso follaje y relieve escarpado.
Ser una región
selvática y de gran biodiversidad ha sido un factor determinante para bien y
para mal de sus habitantes. “Argelia es uno de los municipios elegantes y promisorios de Colombia” se
enorgullece un funcionario de esta localidad, que incluso para referirse a este
tema, siente temor de revelar su nombre. “Es de los pocos con tanta
biodiversidad de fauna y de flora y muy rico en fuentes hídricas”. Pero esas
riquezas, que no se encuentran fácilmente cerca de los centros urbanos
colombianos, son las mismas que los grupos armados buscan, pues, en su lógica
de guerra, regiones alejadas y despobladas como éstas les posibilitan actuar
con más facilidad.
La mayoría de
los 20 mil habitantes de Argelia son muy pobres y se dedican a la siembra de
café, cacao, caña, lo justo para la subsistencia familiar. Según dice la
fuente, los argelinos son “gentes trabajadoras y honradas: campesinos en su
sentido estricto”. Y hasta 1994 estos campesinos laboriosos, sintieron
pertenecer a un municipio muy pacífico. Sin embargo, desde ese año empezaron a
surgir grupos al margen de la ley, por todos los costados del territorio. Su
presencia y su accionar se incrementaron tanto que en 1998 el Gobierno retiró
del casco urbano al Ejército y la Policía, lo cual posibilitó en 1999 una toma
que destruyó la mayor parte del pueblo. “Les dieron el papayaso a los ilegalmente armados y ellos se tomaron el poder”,
admite el funcionario municipal.
El dominio del
frente 47 de las FARC era total. No es un misterio decir que estuvo más de tres
años en la zona urbana. Pero el 2001 el asunto empezaría a cambiar: llegó el
ejército y retomó el control con tres bases militares; tras un año y medio regresó
la Policía y se comenzó la construcción de un comando con las mejores
condiciones técnicas, el cual se inaugurará en este mes de octubre. “Ha
mejorado en un 80 por ciento la situación de orden público”, admite la fuente.
Sin embargo, la presencia del Ejército en la zona ha llevado a que los grupos
intensifiquen sus acciones para no perder el dominio territorial.
“Por la casa
no se ha mantenido ningún grupo, pero llegó el ejército y entonces aparecieron
los otros”, ayuda a entender doña Magali.
Prueba de que
no desean perder su dominio es el minado de las zonas rurales, las cuales en
muchas veces pueden tener tristes desenlaces para la población civil como
ocurrió este 5 de septiembre cuando en una acción dirigida al parecer contra el
ejército fueron cuatro niños desconocedores de la realidad del país, quienes
terminaron involucrados.
“Convenía”,
suspira resignada doña Magali.
Y vuelve sobre
la imagen de esa noche en que por poco pierde a su chico:
“Yo pensaba en
mi niño. Yo sólo quería que se recuperara, no tengo rabia con nada ni con nadie”.
Cuando Magali
habla de “con nada ni con nadie”, seguramente lo hace debido a lo comentado en
su pueblo y que fuera titular de las noticias. Todo había empezado a eso de las
7 de la mañana del domingo, cuando un grupo de hombres pasaron por su vereda.
“Advirtieron que se encerrara todo el mundo –confirma Magali-. Dijeron que
nadie saliera, porque iban a enfrentar al ejército y que por tanto, ellos no
responderían por lo que ocurriera”.
Las armas puestas
sobre los hombros ayudaron a entender a los vecinos del tranquilo paraje. Todos
acataron la orden. Menos unos niños “desobedientes” que no entienden el
conflicto.
Como
normalmente lo hacían en todas las tardes de domingo, se fueron a jugar en los
potreros cercanos. Cuando se dio la orden, doña Magali, temerosa, le ordenó a
Juan Camilo que no saliera. Lo mismo le dijo cuando vinieron otros amiguitos a
invitarlo a jugar, pero en un abrir y cerrar de ojos, el inquieto chiquillo se
fue. Sin embargo, pese a la desobediencia, ella no se preocupó mucho porque al
menos estaba con Juan Carlos, su hermano de 11 años.
Al regresar,
entre risas e historias infantiles de sus juegos vespertinos, pasaron por un
portillo metálico que marca el límite entre dos fincas, e inmediatamente se
accionó una mina antipersonal colocada por el grupo insurgente, hiriéndolos con
su impacto. Al primero le rompió la camisa y Juan Camilo, que iba detrás, llevó
la peor parte: le volaron esquirlas que le afectaron el lado izquierdo de su
cuerpo y de su cara. Los otros niños, por fortuna, resultaron ilesos.
Magali, poco a
poco, con sus frases y sus silencios ayuda a armar los sucesos, sin embargo,
como reclamando el protagonismo de los acontecimientos, Juan Camilo la
interrumpe:
-Ah, pues, al
abrir la puerta explota, pero a eso le pegaron un tiro, y eso explotó. Abre sus
ojitos.
-¿Cómo
explotó?
- Yo vi cuando
a eso (el portón de hierro que divide dos potreros) le pegaron una cosa,
alistada para pegarle. Los numeritos (de la mina) eran rojos como si ya se abieran explotado -sigue el chico-. Yo
estaba en la escuela, vi los soldados que jugaban con otros muchachos. Cuando
bajamos de noche, mi tío Juan Carlos no creía que yo estaba ahí, y sí, sí
estaba. Y eso explotó-. Juan Camilo, se come las galletas y luego se chupa los
deditos.
-Cuando
escuchó el disparo, ¿qué vio?
-Una lucecita.
Chispas. También le pegaba a las varillas de la puerta de hierro. La mina
estaba altica, en el tercer palito. De ahí la amarraron. Es que yo vi…
-¡Usted no
vio!- grita Magali cuando el chico menciona con excesiva propiedad algunos
nombres de los supuestos colocadores del artefacto, mientras con sus dedos
golpea el borde del cajón del nochero de la pieza.
Magali está
muy nerviosa. Como una fiera encerrada en una caja de hierro, se levanta de la
improvisada silla, va hasta la ventana, luego a la puerta de la pieza, mientras
Juan Camilo la mira desde la cama donde ahora está acostado.
Ella recuerda
que lo primero que oyó cuando se acercó al sitio del accidente era que el niño
se quejaba: “Me mataron, mamá, me mataron”. Entonces lo abrazó y sin pensarlo
salió para la casa. “Mamá fue la que lo revisó y me lo organizó”, dice doña
Magali quien recuerda que presa del nerviosismo y la ansiedad no se atrevía ni
a mirarlo, ni a tocarlo.
Villa Florida
¡qué nombre!, es una vereda ubicada en la vía hacia el municipio de Nariño adonde
no es muy frecuente el transporte. El tráfico por el sector se reduce a un bus
escalera que va los fines de semana a mañana y tarde. Esa noche ya había
retornado hacia el pueblo por lo que el chico tuvo que quedarse en casa
soportando los dolores y sus familiares la incertidumbre. Es fácil suponer lo
larga que debió ser aquella noche de domingo para Magali y para su madre, solas
y sin a quién recurrir. Ella asume el temor que la asistió de que el niño
pudiera morir durante la noche pero nada podía hacer. Juan Camilo lanzaba
algunos quejidos.
Con las
primeras cenizas de la mañana, un familiar fue a llamar la ambulancia municipal
en la cual llevaron a Juan Camilo y a los otros niños hasta el pueblo. Durante
el recorrido estuvieron muy callados. Al llegar al hospital local fueron
atendidos y como no tenían mucha gravedad, tras unas curaciones fueron
devueltos a sus casas. A Juan Camilo, sin embargo, lo remitieron al Hospital Regional
de Rionegro, pues como no podía abrir lo ojos se temía que perdiera la visión.
Doña Magali viajó
con él y dejó a Santiago, su otro hijo, en la finca con su madre.
Ahora, empieza
a calzar a Juan Camilo cuando ingresa otra mujer a la pieza. Saluda al niño y
luego intenta trabar conversa. Dice que vive en Rionegro y que es paisana de
Magali, ésta sin embargo no la reconoce pese a que la visitante le insinúa
varias parentelas del pueblo. Al parecer se trata de la hermana del portero
quien contó que la esperaba con una ayudita para ajustarle el pasaje a doña
Magali.
Las esquirlas siguen afectando
Muchas veces
los heridos con minas pierden extremidades o mueren en el acto, por ello Juan
Camilo fue muy afortunado ya que el impacto no lo afectó demasiado, pese a que
sus ojos resultaron muy comprometidos. Por ello, según contó un médico que lo
atendió, hubo que suturarle los párpados, los cuales al inflamarse le taparon
completamente la vista, por lo cual se dijo que él perdería la vista. Debido a
esto, los tres primeros días estuvo muy deprimido y con palabras que se le
caían de su boca infantil le mostraba a su madre la tristeza:
“Me
preguntaba: ‘¿mami no voy a volver a ver?’”, comenta Magali. “Pero yo lo
tranquilizaba”.
A pesar de que
los médicos tampoco descartaron esa posibilidad, lo que más le dolía a ella era
ver la resignación del niño, por lo cual ella lo animaba y se atragantaba el
dolor con tal de que él no lo notara.
También su
abuela, quien viajó desde Argelia a visitarlo, se puso muy triste al ver el
estado retraído del niño, pues además la preocupaba el hecho de enterarse por
los medios de comunicación de que el niño podría perder la visión. Fue la misma
impresión que tuvieron los empleados del hospital. “Al principio estuvo
nervioso, nostálgico y triste”, cuenta Olivia Giraldo, auxiliar de enfermería que ha
estado pendiente de él estos cinco días.
Por eso los
dos primeros días la pieza fue más gris, fría y silenciosa. Sin embargo al
tercero vino la luz. “Le estábamos canalizando una vena para pasarle los
medicamentos -dice la enfermera- y el niño empezó a llorar y lloró y lloró
hasta que dijo: ‘puedo ver, puedo ver’”.
Las lágrimas
le habían lubricado las párpados y entonces pudo abrirlos. Comenzó entonces la revisión:
las enfermeras le tapaban un ojo, luego el otro. “Le preguntábamos si veía y él
hacía unos gestos muy extraños. Estaba feliz”, se anima la enfermera. También
la mamá, quien en esos días había llorado demasiado, ese miércoles tuvo otra
razón para hacerlo, esta vez de alegría.
“Yo juego basque”
Las sombras de
la noche empiezan a inundar el blanco de la pieza. Juan Camilo, desde la cama,
no deja de observarlo todo. La idea de que es un chico inquieto parece quedarse
corta ante la curiosidad que denota pese a sus heridas y a que aún no puede
abrir bien los ojos. Me acerco a la cama y él empieza a mirar la grabadora
- Está muy
aliviado -le digo.
- Sí, sí- ríe.
- ¿Quiere irse
para la finca?
- Sí, sí, estoy
muy contento. -Abre su bracitos.
Al contrario
de las respuestas de su madre que son una larga sucesión de monosílabos pesimistas,
las del niño son muy optimistas.
- ¿Verdad que
usted juega fútbol en la escuela?
- ¿Fútbol? -intenta
abrir sus ojos. –Es mentiras. Yo no juego eso. Yo juego basque…
Juan Camilo es
pequeño y menudito, por ello sorprende la seguridad de su respuesta.
-Pero estás
muy pequeño para el básquet- le comento
- Ah… es que
no es básquetbol, sino de otra cosa. Juego es con esos balones que brincan en
la cancha de básquet. Y con carritos. Aquí tengo dos. -Saca debajo de la
almohada los mismos que a mi llegada estaban parqueados en el nochero.
-Ah, son de
carreras- valoro.
-¿De carreras?
-se burla. -¡Que de carreras! -me increpa y luego simula con sus brazos
extendidos sobre su cuerpo un vuelo encima de su cama y por el aire cargado de
penumbras.
A diferencia
de Juan Camilo que a sus cinco años parece tener ideas muy claras, Magali no
tiene nada resuelto y le preocupa el retorno.
-Tengo pereza
de volver pero me toca -habla lacónica. Dice que le da miedo de los armados, de
pasar por el camino; sin embargo su mayor preocupación es que el niño quede
traumatizado por el accidente.
-¿Con qué
sueña Juan Camilo? -le pregunto.
-No sé. Yo no
sé qué quiere mi niño. -Luego comenta que estas noches en el hospital le decía
que lo abrazara. Le preguntaba además qué había debajo de la cama y en el baño,
y le pedía que no lo dejara solo.
-Ayer lo dejé
un momentico para ir a un teléfono público y al regreso lo encontré llorando
debajo de las cobijas-. Cuando Magali habla queda la sensación de que más que
felicidad, el sentimiento que más la embarga es la preocupación, ahora que está
pronta a dejar el hospital.
-A usted la
atemoriza hablar de los grupos armados. ¿Hay mucha presencia en la zona?
-No sé. Yo no
sé qué pudo haber pasado- dice.
Enseguida me
cuenta que su vereda ha sido muy “sana” y que muy pocas veces había oído hablar
de minas.
-Uno escucha
comentarios en el pueblo y en la televisión, pero no más.
Tampoco tiene
muy claras las razones para que pudieran amarrar un artefacto mortal en un
portillo por donde están pasando frecuentemente niños. Menos entiende lo que
ocurre en Argelia, su pueblo. “No sé -habla con desgano-. Será lo mismo que
está ocurriendo en Colombia. Debe ser lo mismo”.
En la lógica o
la ilógica de estos atentados, las minas restan miembros y suman
intranquilidades. “Me da miedo volver y encontrármelos”, dice Magali, quien
ahora teme retornar pese a que siempre ha querido su tierra. “Lo que yo
quisiera es venirme de allí con mis hijos, pero no puedo porque el papá de éste
(señala a Juan Camilo) nunca ha respondido por él y el del niño más pequeño lo
mataron el año pasado”. Magali no dice pero este asunto aún la muerde por
dentro, como también el hecho de saber que aunque el papá de Juan Camilo se
enteró desde el martes del accidente, ni siquiera ha llamado a preguntar por su
estado de salud.
La puerta está
abierta. Desde este mediodía de viernes a Juan Camilo le dieron de alta y él
hace rato, como si le estrechara esta pieza, ha empezado asomarse por los
pasillos. Doña Magali lo mira y empieza a contarme que el último carro para Argelia
ya se ha ido y que tendrá que viajar a Medellín y de allí irse en la madrugada
del sábado hacia su municipio.
En ese
momento, una dependiente entra a la pieza y saluda a Juan Camilo, mientras le
acaricia la cabecita. Luego va donde Magali y le entrega unos billetes y unas
monedas, fruto de una colecta entre sus compañeros, “para que ajuste”. Miro a
Magali y pienso si acaso lo de no tener pasaje no ha sido una disculpa para
aplazar y aplazar el momento de retornar a su pueblo.
Septiembre de 2004

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