Ser del DIM
Ocurrió un mediodía frio de finales de noviembre o
principios de diciembre de 1991. Había viajado una semana atrás con un tío al
norte del Valle del Cauca. Iba con la ilusión de granjearme unos pesos en esas
vacaciones, trabajando en una finca
cafetera, pero todo quedó en eso: en ilusión. Al cabo de diez días, regresaba
yo desde Cartago, con el rabo entre las patas. El asunto podría pasar a olvido
y para este caso podría estar en fuera de lugar recordarlo, de no ser porque en
cuestión de segundos me hizo caer en cuenta de algo significativo en mi vida.
De regreso a Medellín, cerca al municipio de Anserma Nuevo
un hombre mayor, con el que compartía silla comenzó a hablarme. No tenía mal
aspecto y un viaje que se prolongaba seis horas aún, era mejor sacarle provecho
conversando. Al principio, debimos hacerlo acerca de la rapidez con que tragaba
asfalto ese viejo bus de Flota Magdalena. O pudo ser sobre el clima frio que
por esos días pintaba de grises las montañas y las nubes que alcanzaban a verse
desde el cristal del autobús. Ya más adelante, como toda conversación que se
respete, “entre hombres”, hablamos de fútbol, y de un campeonato que comenzaba
a agonizar y a marcar la senda del éxito de alguno de los 16 equipos:
-Y usted, ¿de qué equipo es? –me preguntó.
-Soy del Medallo.
-Pero, ¿cómo así que del Medellín?-. El hombre se
acercó bastante a mí y me reparó: Vos no tenés la cara cortada ni sos negro.
Entonces…
Yo no entendía mucho a qué se refería. No tuve nada que
agregar, simplemente dije que era el que me gustaba desde hacía años.
El hombre mucho mayor que yo, sonrió complacido de
hacerme sentir ridículo. Eso debió pensar. De estar en contravía de las
preferencias de la mayoría que aún saboreaba delicias recientes cuando lograron
su máximo trofeo y estaban ad portas de un nuevo campeonato.
No voy aquí a hacer un tratado de sociología porque no
lo hice entonces, no tendría por qué ni la capacidad de hacerlo. Pero con el
tiempo he ido entendiendo el asunto:
Ese día tuve conciencia plena de que era del Medellín.
Porque antes yo decía que me gustaba el Medellín, debido a que me remitía a un
lugar, una ciudad que me atraía y donde a cada estancia me divertía. Pero desde
finales del 91, digo “soy” así no tenga mucha claridad acerca de su significado.
Y sin embargo, mientras el bus seguía raudo por las carreteras de Risaralda,
sentí que pertenecía a algo. Pude decir, soy de Antioquia. O soy de Colombia.
Eso es obvio o ya ni tanto. Y sin embargo, contesté aquella tarde y en muchas
veces lo digo: soy del Medellín. Digo como lo dicen muchos. Y como muchos,
tampoco seguramente he sabido qué significa.
Qué importa, no todo tiene por qué explicarse. Hace mucho
que la crisis de la razón hizo metástasis. Ser del Medellín es uno de los
asuntos en los cuales no pueden mezclarse razonamientos ni lógicas porque
entonces perdería su encanto. La magia “del Medellín” es exactamente eso: que
muy pocos nos preguntamos, simplemente lo vivimos. Lo hemos vivido. A nuestro
modo, en nuestro espacio.
Ser del Medellín incluso es una bonita forma de
aferrarme a un pasado ya bien pasado. Bucólico quizá, anodino tal vez. El
Medellín ha sido una interesante disculpa para ir reconstruyendo un pretérito
trivial; pero el dinosaurio siempre ha estado ahí. Pensar en los inicios de mi
afición por el Rojo de la Montaña, me ha conducido a hacerme preguntas; a
buscar algunos respuestas, porque el Medellín me ha acompañado en momentos
importantes. Pienso en el Medellín de esos mis primeros años e
indefectiblemente tengo que recordar el paradisiaco y tranquilo ambiente
campesino; la figura de mis abuelos; mis primeras “recochas” donde formaba con
los de camiseta roja; los viajes a la ciudad de Medellín. Supe del Medellín
gracias a la radio, ya lo he dicho, a través de unos chirridos metálicos en el
vetusto radio de mi abuelo o en el de un vecino, Benigno, (tan benigno que me
enteró en su radio de la existencia del Medellín)
con el cual mi abuelo se iba a conversar en las tardes de domingo y yo trataba
de distinguir nombres: Malásquez, Olarticoechea…sonaban extraños en ese entorno
rural donde se piensa en vacas y en cosechas, pero me fui acostumbrando a ellos.
Me endulzaban el oído. Fueron tornándose
parte de mi vida en esos años maravillosos en que empecé también a descubrir la
magia de este deporte.
Desde 1986 comencé a aficionarme por la lectura de la
prensa, como una forma de gastar un tiempo libre después de la salida de las
clases y las noticias que primero buscaba eran las que hablaban de las
alineaciones del Medellín. En esas páginas debí enterarme de la salida de
Leonel y de Perea y de Gildardo: en la prensa y algunos años después las voces
de los del Nacional me lo enrostraban tratando de humillarme por la partida
hacia el patio del frente. No son del todo buenos mis recuerdos de esos años. Uno
buscando noticias de contrataciones y lo que encontraba era la salida de
baluartes del equipo. Porque te quiero te
apórrio fue una frase que escuché mucho y que parecía ajustársele bien a
los directivos del Medallo de entonces (y de ahora) para con sus hinchas.
En esos años llegó la televisión a mi vida: y a partir
de ahí, siempre lo que más me ha gustado es esperar a la sección de Deportes al
final del telenoticiero para ver los goles y las jugadas: para ir a notariar lo
que de oídas ya se, o he querido oír: que el Medallo, ganó o como mínimo no
perdió. Y entonces esa espera se hace eterna ansiando por ver los goles y las
jugadas de antología con que ganamos. Muchas veces esos goles o esas jugadas no
fueron tan majestuosas como dijo el locutor o el amigo, pero en la tevé se
confirma; no queda duda del nuevo triunfo Poderoso. O de, al menos, de unas
jugadas ensoñadoras. Así las ve uno. O las quiere ver, como diría Saramago en
su Ensayo sobre la Ceguera.
Valga decir que la historia del Medellín, no la
disfrutamos tanto por los triunfos memorables: los del frente son los dueños de
los campeonatos, nosotros de los momentos. En el Medellín nos alegramos por un
cabezazo, una gambeta, un taco. Ser del Medellín también es irse a
acostumbrando a la humildad. No habiendo mucho para celebrar tratamos de pasar
inadvertidos, no propiciamos muchas preguntas ni conversas para no quedar en
ridículo. En silencio hinchamos por nuestro equipo, mucho tiempo después vamos
descubriendo que este o aquel es seguidor del Rojo. Porque ser del DIM también ha
sido tener la capacidad de esconder un secreto. Casi siempre cuando se
recuerdan, se avivan algunos momentos.
Y hubo un momento que se me hará imborrable: recién
comenzaba yo a extasiarme con la magia de la televisión y fue en blanco y negro
como pude disfrutar de uno de esos goles que quedó grabado en la historia del
Poderoso: el tanto que le marcó el Rambo Sosa, al mejor arquero de entonces y
de casi siempre, en Colombia: Julio César Falcioni. De taco, el “Rambo” le
convirtió al América y se consagró el mejor gol de 1986. Inolvidable
fotografía. Era un consuelo, como lo era también saberlo goleador del torneo,
en una época en que los ricos Epulones del América o Millos dejaban caer tan poco
de la mesa-Tabla de posiciones.
Ese gol me hubo de animar para seguir torciendo por
muchos años más.
A finales de 1989, en mi Medellín, el esposo de una tía
me hizo uno de los regalos más maravillosos. Un pequeño radio portátil, del
tamaño de media libra de café. Y era de carey café y negro. Ya no tendría que
disputarme el aparato con las interminables misas que buscaba sintonizar la
abuela ni con las noticias o las largas transmisiones musicales de mi abuelo.
Tan pronto recibí emocionado ese radiecito “con pilas,
para que lo ensaye de una vez”, me fui a buscar la emisora donde sabía que
habría noticias del Rojo. El regreso a mi pueblo es de los momentos más
entrañables de mi vida: todo el camino con la emisora sintonizada; con la
antena de aluminio extendida, no fuera y cuando saliera del Valle de Aburra, la
señal se me perdiera y por consiguiente las noticias de mi Rojo.
Para mi fortuna, la finca de mis abuelos quedaba en la
cresta de una colina y la señal entraba tan nítida como si estuviera al frente
de la iglesia de la Consolata donde años después pude visitar la emisora. Ese
aparato se volvió parte de mi vida: lo llevaba a todas partes: en la labor que
estuviera siempre tenía que estar conmigo y por supuesto las emisoras que
buscaba era donde estuvieran trasmitiendo noticias sobre fútbol y donde el
Medellín era el tema preferido. Cuando empezaban a hablar de los del frente, yo
cambiaba el dial.
Ser del Medellín en esos años era, como dijo Héctor
Abad, acostumbrarse a la derrota. A finales de esos años ochenta y principios
de los noventa fue toda una tragedia: la balanza de los clásicos hasta entonces
bastante equilibrada se desbordó hacia los del frente que además de que nos
ganaban nos goleaban inmisericordes y para más colmo se alzaron –otros dirán
que compraron, a mí no me consta pero como periodista dejo constancia de la
duda-, con el trofeo más preciado al que pueda aspirar equipo alguno en esta
parte del mundo. A más de la derrota, ser del Medellín era acostumbrarse a la
humillación pública o privada. Ya lo he dicho que el DANE nos debe una encuesta
sobre deserción escolar: muchos niños hinchas del Rojo dejaban de ir a clase
los lunes para no soportar las burlas de los compañeritos del frente.
Porque hay que decirlo también: en esos primeros años
noventas no había conversación con los sobradores del frente donde no se
estuviera recordando esa hazaña. ¿Por qué no nos cambiamos como muchos que se
tornaron desde entonces en sandías? Esa es una pregunta que ya no sería para un
texto de fútbol sino de teorías darwinianas: el Medellín comenzó a templarnos
el carácter, a demostrar seguramente que estábamos construidos de un material
distinto. Un material a prueba de dudas: ser del Medellín era demostrar que no
iríamos por la vida como veletas tirando para donde mejor estuvieran los
vientos: ser del Medellín, es como dice el gran Gonzalo Medina que sí sabe de
estos asuntos: es un estado de ánimo. Una postura frente a la vida.
En los noventas la espera se hizo larga: nos contentó
el equipo con esa brillante actuación del equipo del “Flaco” Rodríguez que a
punto de entusiasmo logró un record en las canchas de 17 fechas invicto y en
las gradas una marca de asistencia, que bordeaba 30 mil almas en el Atanasio
Girardot, a cada fecha. Vendría luego el subcampeonato del 93 (los optimistas dirán
que fuimos campeones por cinco minutos) la ilusión en Copa Libertadores y un
buen desempeño en la Liga del 94 que terminó con un gol de espinilla de “Juan
Pablo Arepa”, y desde esa tarde de domingo, comenzó una espera que se hizo
eterna. El Medellín de finales de siglo fue un equipo descolorido –no es
figurado: en la etapa del Presidente Castillo se le bajó intensidad al rojo de
la camiseta- que veía cómo el rival del frente acumulaba y acumulaba títulos.
El Medellín a los hinchas nos afinó más el carácter. Siguió demostrándonos que
lo nuestro es la paciencia. La resistencia. Nos demostraba, como en el comercial aquel que las cosas
buenas de la vida gastan su tiempo. Como si no lo supiéramos. Y nosotros ya
acumulábamos muchos años sabiéndolo. Yo ya sumaba (¿restaba?)16 años de espera.
Otros más esperados o desesperados acumulaban 43. Creo que el Medellín sería un
ejemplo prístino de lo que es la relatividad del tiempo. El Medellín tiene sus
propios tiempos. Y sus hinchas tenemos que irnos acostumbrando. Acostumbrando a
los destiempos.
Y la Historia del equipo hay que dividirla en varios
lapsos: uno, cuando apareció y le dio status a sus fundadores y los hizo sentir
que pertenecer o pertenecerles los diferenciaba. El equipo le dio identidad a
esta ciudad. Se hizo popular y exitoso. La estela de sus éxitos se prolongaría
hasta finales de los años cincuenta. Vendría luego un larguísimo entretiempo,
casi tan largo como el anterior. La espera por volver a un segundo, lleno de
éxitos, de jugadas de ensueño, de títulos, hubo de prolongarse casi los mismos
años que sus primeros, que sus tiempos poderosos. La espera concluyó cuando se
marchitó el siglo XX y despuntó el XXI.
En 2001 comenzamos a acariciarle las barbas al título y
la espera por ese segundo tiempo que será el mismo del siglo culminó en 2002.
Hay quienes hablan del Medellín del nuevo siglo. Una
forma de echar tabla rasa a un pasado que no fue tan glorioso. El exitismo que
tanto gusta en estas sociedades nos inunda. Otros, la mayoría, seguimos
entonando las canciones de Alfredo Gutiérrez y de Gabriel Romero que hablan de
que en algún momento tendremos éxito y seremos verdaderamente poderosos,
triunfadores. Es la identidad del equipo: sufrimiento y esperanza es nuestra
patente. Y no nos molesta. Queremos seguir sintiéndonos distintos de los del
frente, siempre sobradores. Siempre enrostrando sus atributos.
En los principios de este siglo, de la mano de nuevos
héroes: Molinas, “Choros” y “Chorontas”, Calles, Ganizas, Pelusas, González, Morenos
y Pereas, el Medallo comenzó a dejar los complejos y a acostumbrarnos a títulos
y a partidos memorables. Acostumbrados a quimeras aplazadas, los tres títulos
quizá a muchos nos cogieron desprevenidos, pero nos han demostrado que somos
capaces de administrar los éxitos: no enrostrárselos a los otros. Ya miramos
sin tantos complejos a los del frente pero sabemos –lo hemos sabido a golpes de
costumbre- que el camino aún es largo y sinuoso. Que hay mucho por lograr y que
en el fútbol no se vive del pasado –pero tampoco sepultarlo como desean
algunos-; y también sabemos que los amores –los futboleros y los otros-hay que
renovarlos a diario.
Ser del Medellín en definitiva ¡es un honor que cuesta!

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