DIM-CALI
Este domingo el cielo pintaba
grises, pero el alma de tantos estaba coloreada de rojo. Rojo intenso. Rojo
pasión. Rojo herencia. Roja ilusión. Un hombre de setenta y algo, enfundado en
su camiseta y con pañoleta del Medallo,
iba en el cruce de Mon y Velarde con
Bolivia, leyendo la prensa local que traía a primera plana las noticias que
hablaban de una posible estrella para nuestro equipo. Y había tantas banderas
ondeando en las ventanillas de los taxis.
Y había calles que, de tantas
banderas en sus balcones y terrazas parecían senderos roji-azules, que hacían
olvidar ese cielo de plomo más encima. Yo
iba con “la Flaca” por El Salvador, La Milagrosa, La Toma, y sentía que en este
costado centro-oriental de la ciudad parecen evocar tiempos en que el Medallo
era el alma de sus habitantes.
Luego, en la ciclo vía se veían
camisetas rojas. Ancianos, jóvenes y niños mientras trotaban o patinaban
llevaban en el alma el pensamiento por su equipo.
Sobre el filo de la mañana el
cielo comenzó a pintarse de un azul cobalto. Mejoraban los pronósticos. Los
augures. En las redes sociales no paraban de surgir mensajes sobre una noche
que sería diferente a tantas. Catalina Hoyos aventuró una “tarde azul y roja”, y Ricardo Cruz,
periodista tan rojo y tan poeta a veces, profetizó una “Espléndida noche azul, adornada por una luna
roja”.
Este era el preámbulo de una
historia que yo creía con final feliz.
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Había dicho que no; que más
tarde. Que a las cuatro.
Leí. Pero bastaba sacar la mirada
por la ventana para ver banderas en los edificios y sacar el oído para escuchar
a los chicos que bajaban ya desde Manrique o de Santa Cruz o más arriba,
cantando por las calles céntricas para que la ansiedad creciera, y cambié de
parecer y me enfundé la Roja y salí para el estadio.
Hoy ganan, me dijo el taxista y
creo que se mereció una propina.
Sobre la calle Centenaria ya
había tanto rojo; y pólvora y vino y cerveza y aguardiente y pollo y carne
asada…y policías Carabineros en enjaezados caballos. Y El ESMAD. ¿Qué hace el
Esmad en una fiesta deportiva? me pregunté. Y siempre me sigo preguntando a qué
llevar una fuerza de choque a un estadio. Inteligencia militar, dirá alguno. Comentario
en fuera de lugar que dejaré para otro texto.
Comencé a tomar café para calmar
la angustia. A veces aparecía un alma
generosa y envenenaba el cafecito con algo de ron, Dios te de el cielo querida
Chave; y mientras ese reloj parecía quieto y los revendedores no se aquietaba y
ofrecían y tecomprolaquesobre, comencé a escuchar comentarios y pronósticos. Y
nadie le bajaba de un 2-0.
-Quedamos 3-1 –me dijo la señora
de cuarenta en la fila de la cafetería.
-Ese Cali es duro…
-Bueno, 2-1. Mirá que hace ocho
días…
Afuera seguían los estruendos y
los caballitos se amoscaban con el ruido. Y había canticos: Dale Ro…Dale Ro…
Con Andrés, sicólogo, tan rojo,
coincidimos que el partido es duro pero que el hincha jamás lo aceptará.
“De estar seguro que perdemos,
nadie vendría”, me retó. Y allá él.
En la calle una como marea subía. Y se entiende. Pero cómo explicar esa
comezón, esa angustia que tenía adentro. Creo que en un estado de reposo, mis
manos nunca habían sudado tanto como esta tarde. Y entonces, como esa llamada
esperada en mi móvil nunca apareció, caminé hacia el estadio. Y después de una fila, entre empujones
–siempre la Logística del Medellín es la peor, sea para este partido de final o
para el primero frente a Autónoma- y de orines de caballo de los carabineros
que intentan controlar; y después de ver que a un periodista escoses con su
cara pintada de rojo y azul, le vendieron una Boleta chiviada –y él no entendía
en su inglés what is “chiviada”-, ingresé. El reloj marcaba las 5.48, y ya el
estadio iba en un 80%.
Minutos después comenzó una
extraña fiesta en la pista atlética: unos saltimbanquis con ritmos reguetoneros
y la gente al parecer como que no quedó tan plena. Como si aún quisiera
quisiéramos añorábamos escuchar en vez de eso a Alfredo o a Romero…o quizá mejor a la Murga
con un buen sonido. Los hinchas del Medallo que somos tan románticos.
A las 6.17 salieron los jugadores
del Cali a entrenar. Y comenzaron los coros celestiales. Lo menos que les
gritaron fue Hijueputas.
“Si sos del Cali, la puta que te
parió”, “Si sos del Cali….
Juan Camilo Jaramillo,
comunicador mientras se desconectó de sus audífonos, donde le contaban lo que
también veía, pero qué importa, me pronosticó un 2- 0.
-Goles de Pérez y de Monsalvo.
El animador comenzó a alentar a
la gente para bajar los ánimos cuando la tribuna Sur la emprendió contra un
grupo de hinchas del Cali. Y luego vinieron las recomendaciones por los parlantes
oficiales. Y nunca se me habían hecho tan largas y tediosas y aburridas y
hartas insoportables esas peticiones de
buen comportamiento. Vinimos a ver al Medallo. Había ansiedad, la boca salubre.
Y los nervios.
El equipo nuestro salío. De nuevo
la fiesta la hizo la tribuna. De nuevo la sensación de que es demasiado grande
para el equipo, para su dirigencia, quizá para la ciudad misma. Y comenzó el
partido y siguió y terminó. Y uno puede resumir ese primer tiempo –donde el
Cali nos marcó el primero- en una ansiedad inicial que se trasformó en
angustia y ésta en impotencia misma que devino en frustración.
El entretiempo fue de tanto
silencio que más parecía un camposanto en un día feriado. Justo cuando se acabó
ese primer tiempo donde una señora detrás de mi rezó los cuarenta y tantos
minutos con su cabeza entre las manos, que nunca antes había somatizado mi
angustia futbolera. Un dolor de cabeza me acompañaría el resto de noche.
El gol que nos marcó el Señor
Roa, no estaba en los pronósticos ni del más
pesimista. Un hombre a mi lado se aferró a una esperanza:
-Sabe, los primeros tiempos
nuestros nunca han sido buenos, recordá con Junior y con Tolima.
Salió el equipo nuevamente y la
tribuna fue recuperando su voz…el Medallo pareció salir más animado. Renovamos poco
a poco las esperanzas. Y vino el penalti y hubo tantos abrazos de brazos
desconocidos y besos con otros desconocidos. El estadio se hizo un abrazo
colectivo. Vino el cobro con más ganas que técnica y ….
Vinieron luego larguísimos
minutos. Eso en cuanto a la angustia, porque el gol no venía y ese reloj
implacable seguía su ritmo. Y Monsalvo tan perdido. Hechalar como escondido por
la punta izquierda. Y los volantes de
creación que nada creaban…y Wladmir…bueno, Wladimir….
Solo Pérez parecía entender que
44 mil almas acá y cientos de miles más allá merecíamos una victoria. Bueno,
atrás Herner haciendo lo propio…pero en estas carencias de goles, a quién
podría importarle si se defendíamos bien…
Leonel movió su banco y el
partido entró en una dinámica más explosiva. Hernández parecía el Hernández de
los mejores tiempos del Barza. Y desde sus pies se filtró un pase que terminó
acariciando la red del arco del Cali. Los hinchas celebramos como si fuera la
final de la Copa Libertadores. De nuevo abrazos con brazos desconocidos y
besos. La euforia colectiva.
Y vino el Si se puede..
El equipo tomó el control del
balón. Toques cortos, de ensueño. Se soñaba. Un segundo. Y un tercero…
Por qué no. Los estadios son
templos donde caben tantas esperanzas.
Pero al minuto 35 del segundo
tiempo de nuevo el Cali se hizo al balón.
Y el tiempo insobornable
Y el Sí se puede…
Y los jugadores nuestros en la
cancha eran débiles canoas en alta mar en una noche de tormentas eléctricas.
Andaban sin balón y sin rumbo.
Casi al filo del partido, cuando
ya las ilusiones se marchitaban, retomaron el balón y hubo un par de llegadas.
Por los altavoces nos tiraron un salvavidas: cuatro minutos de adición. ¿Serán
otra vez los cuatro minutos de Dios?
Y hubo un par de jugadas…hueras.
Como casi todo este partido, para el olvido.
Y vino lo inimaginable. Esto no
es Holliwood, señores. Nuestros héroes no lo fueron hoy tanto. El juez decretó
el fatídico final. Y el Pecoso y toda la banca brincó y se entró al gramado,
saltando, manoteando.
Más allá de las pantallas no sé
cuántos. Pero en torno a mi todos nos frotábamos la cabeza, como escarbando una
razón a tanto sufrimiento. ¿Por qué nosotros? ¿Qué pasó? ¿Por qué de nuevo? Y nos mirábamos a los ojos, a ver si el del
frente sabía algo. Algunos lanzaban hijupuetazos para los del Cali, o para
Wladimir…para el que los recogiera. Los jugadores del Cali seguían saltando su
merecido triunfo mientras los patrocinadores corrían a organizar la fiesta. En
nuestra casa. En nuestra sala. Chicos que no fueron invitados terminaron
bailando el vals con nuestra linda quinceañera.
Poco a poco fuimos saliendo del
estadio. El escenario se desteñía paulatinamente. La noche se hizo negra. El
piso se sentía más duro. Los pasos más pesados.
¿Y qué pasó? Preguntó en un español
muy inglés una rubia acompañante del periodista escocés, con el escudo del DIM
pintado en su piel blanca.
-¿Y con esta fiesta tan bonita?
–echó más sal a la herida.
Dos niños detrás de ellos,
lloraban desconsolados. Imagen imborrable. Será su bautizo de sangre en esta
religión llamada Medallo. Esas lágrimas –pensé-sellarán un compromiso
inquebrantable. Solo se llora lo que se quiere. Y desde esta noche se que lo
querrán más.
Salimos a la calle. Seguían las
cabezas bajas. Los pasos prontos. ¿Qué pasa?
Había más lágrimas. Y lágrimas. Como si no bastara con nuestro
sufrimiento, nos causaban más lágrimas. En
el aire un gas hacía arder los ojos. Y quemaba las fosas nasales. Qué
irresponsabilidad –pensé- mientras veía que niños y ancianos corrían
desconcertados. En algún lado sonaban, tronaban petardos. O algo. La impotencia
o la rabia de algunos hinchas mutaba en
agresividad. Y la agresividad se
respondió con violencia y cuando esta se devolvió se tornó en represión…. Luego vendrán
discursos de parte y parte culpando a la
contraparte.
Un par de cuadras más al sur, en
las discotecas, que tenían tantos globos de colores rojos y azules en las
fachadas, ya se mezclaban las voces de Alfredo Gutiérrez y de Gabriel Romero y
ese canto al amor por el equipo y también al conformismo:
“No necesito que estés arriba….”
¡Esta gente que no aprende! Recién
recibimos una humillación y minutos luego estamos poniendo la otra mejilla: “No
necesito que estés arriba….”
Definitivamente no somos más.
Somos distintos.
Un par de aguardientes en una barra calmó un poco la angustia. Bajó
un taco que atragantaba molesto en la garganta. La gente en la calle armaba
fiesta. Siempre habrá un motivo.
Mientras me servían el tercero,
juro por el Corazón de Jesús que sirve de portada al libro Rey de Corazones, que pensé en ese viejo
hermoso que vi en la madrugada en el centro, leyendo ese periódico que le
vendía esperanzas de una mejor noche.
Y no sé qué tan temprano se
levante mañana a buscar la prensa de nuevo. Pero seguro lo hará. Espero que al
menos se levante tan vital.
También nosotros nos levantaremos
de esta.

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