domingo, 14 de junio de 2015

DIM-CALI: CRÓNICA CON FINAL LLOROSO

DIM-CALI
Este domingo el cielo pintaba grises, pero el alma de tantos estaba coloreada de rojo. Rojo intenso. Rojo pasión. Rojo herencia. Roja ilusión. Un hombre de setenta y algo, enfundado en su camiseta y  con pañoleta del Medallo, iba en el cruce de  Mon y Velarde con Bolivia, leyendo la prensa local que traía a primera plana las noticias que hablaban de una posible estrella para nuestro equipo. Y había tantas banderas ondeando en las ventanillas de los taxis.

Y había calles que, de tantas banderas en sus balcones y terrazas  parecían senderos roji-azules, que hacían olvidar ese cielo de plomo más encima.  Yo iba con “la Flaca” por El Salvador, La Milagrosa, La Toma, y sentía que en este costado centro-oriental de la ciudad parecen evocar tiempos en que el Medallo era el alma de sus habitantes.

Luego, en la ciclo vía se veían camisetas rojas. Ancianos, jóvenes y niños mientras trotaban o patinaban llevaban en el alma el pensamiento por su equipo.

Sobre el filo de la mañana el cielo comenzó a pintarse de un azul cobalto. Mejoraban los pronósticos. Los augures. En las redes sociales no paraban de surgir mensajes sobre una noche que sería diferente a tantas. Catalina Hoyos aventuró  una “tarde azul y roja”, y Ricardo Cruz, periodista tan rojo y tan poeta a veces, profetizó una  “Espléndida noche azul, adornada por una luna roja”.
Este era el preámbulo de una historia que yo creía con final feliz.

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Había dicho que no; que más tarde. Que a las cuatro.
Leí. Pero bastaba sacar la mirada por la ventana para ver banderas en los edificios y sacar el oído para escuchar a los chicos que bajaban ya desde Manrique o de Santa Cruz o más arriba, cantando por las calles céntricas para que la ansiedad creciera, y cambié de parecer y me enfundé la Roja y salí para el estadio.
Hoy ganan, me dijo el taxista y creo que se mereció una propina.

Sobre la calle Centenaria ya había tanto rojo; y pólvora y vino y cerveza y aguardiente y pollo y carne asada…y policías Carabineros en enjaezados caballos. Y El ESMAD. ¿Qué hace el Esmad en una fiesta deportiva? me pregunté. Y siempre me sigo preguntando a qué llevar una fuerza de choque a un estadio. Inteligencia militar, dirá alguno. Comentario en fuera de lugar que dejaré para otro texto.
Comencé a tomar café para calmar la angustia.  A veces aparecía un alma generosa y envenenaba el cafecito con algo de ron, Dios te de el cielo querida Chave; y mientras ese reloj parecía quieto y los revendedores no se aquietaba y ofrecían y tecomprolaquesobre, comencé a escuchar comentarios y pronósticos. Y nadie le bajaba de un 2-0.

-Quedamos 3-1 –me dijo la señora de cuarenta en la fila de la cafetería.
-Ese Cali es duro…
-Bueno, 2-1. Mirá que hace ocho días…
Afuera seguían los estruendos y los caballitos se amoscaban con el ruido. Y había canticos: Dale Ro…Dale Ro…

Con Andrés, sicólogo, tan rojo, coincidimos que el partido es duro pero que el hincha jamás  lo aceptará.
“De estar seguro que perdemos, nadie vendría”, me retó. Y  allá él.

En la calle una como marea subía.  Y se entiende. Pero cómo explicar esa comezón, esa angustia que tenía adentro. Creo que en un estado de reposo, mis manos nunca habían sudado tanto como esta tarde. Y entonces, como esa llamada esperada en mi móvil nunca apareció, caminé hacia el estadio.  Y después de una fila, entre empujones –siempre la Logística del Medellín es la peor, sea para este partido de final o para el primero frente a Autónoma- y de orines de caballo de los carabineros que intentan controlar; y después de ver que a un periodista escoses con su cara pintada de rojo y azul, le vendieron una Boleta chiviada –y él no entendía en su inglés what is “chiviada”-, ingresé. El reloj marcaba las 5.48, y ya el estadio iba en un 80%.

Minutos después comenzó una extraña fiesta en la pista atlética: unos saltimbanquis con ritmos reguetoneros y la gente al parecer como que no quedó tan plena. Como si aún quisiera quisiéramos añorábamos escuchar en vez de eso  a Alfredo o a Romero…o quizá mejor a la Murga con un buen sonido. Los hinchas del Medallo que somos tan románticos.

A las 6.17 salieron los jugadores del Cali a entrenar. Y comenzaron los coros celestiales. Lo menos que les gritaron fue Hijueputas.
“Si sos del Cali, la puta que te parió”, “Si sos del Cali….
Juan Camilo Jaramillo, comunicador mientras se desconectó de sus audífonos, donde le contaban lo que también veía, pero qué importa, me pronosticó un 2- 0.
-Goles de Pérez y de Monsalvo.

El animador comenzó a alentar a la gente para bajar los ánimos cuando la tribuna Sur la emprendió contra un grupo de hinchas del Cali. Y luego vinieron las recomendaciones por los parlantes oficiales. Y nunca se me habían hecho tan largas y tediosas y aburridas y hartas insoportables  esas peticiones de buen comportamiento. Vinimos a ver al Medallo. Había ansiedad, la boca salubre. Y los nervios.
El equipo nuestro salío. De nuevo la fiesta la hizo la tribuna. De nuevo la sensación de que es demasiado grande para el equipo, para su dirigencia, quizá para la ciudad misma. Y comenzó el partido y siguió y terminó. Y uno puede resumir ese primer tiempo –donde el Cali nos marcó el primero- en una ansiedad inicial que se trasformó en angustia  y ésta en  impotencia misma que devino en frustración.

El entretiempo fue de tanto silencio que más parecía un camposanto en un día feriado. Justo cuando se acabó ese primer tiempo donde una señora detrás de mi rezó los cuarenta y tantos minutos con su cabeza entre las manos, que nunca antes había somatizado mi angustia futbolera. Un dolor de cabeza me acompañaría el resto de noche. 

El gol que nos marcó el Señor Roa, no estaba en los pronósticos ni del más  pesimista. Un hombre a mi lado se aferró a una esperanza:

-Sabe, los primeros tiempos nuestros nunca han sido buenos, recordá con Junior y con Tolima.

Salió el equipo nuevamente y la tribuna fue recuperando su voz…el Medallo pareció salir más animado. Renovamos poco a poco las esperanzas. Y vino el penalti y hubo tantos abrazos de brazos desconocidos y besos con otros desconocidos. El estadio se hizo un abrazo colectivo. Vino el cobro con más ganas que técnica y ….

Vinieron luego larguísimos minutos. Eso en cuanto a la angustia, porque el gol no venía y ese reloj implacable seguía su ritmo. Y Monsalvo tan perdido. Hechalar como escondido por la punta izquierda.  Y los volantes de creación que nada creaban…y Wladmir…bueno, Wladimir….
Solo Pérez parecía entender que 44 mil almas acá y cientos de miles más allá merecíamos una victoria. Bueno, atrás Herner haciendo lo propio…pero en estas carencias de goles, a quién podría importarle si se defendíamos bien…

Leonel movió su banco y el partido entró en una dinámica más explosiva. Hernández parecía el Hernández de los mejores tiempos del Barza. Y desde sus pies se filtró un pase que terminó acariciando la red del arco del Cali. Los hinchas celebramos como si fuera la final de la Copa Libertadores. De nuevo abrazos con brazos desconocidos y besos. La euforia colectiva.
Y vino el Si se puede..

El equipo tomó el control del balón. Toques cortos, de ensueño. Se soñaba. Un   segundo. Y  un tercero…

Por qué no. Los estadios son templos donde caben tantas esperanzas.

Pero al minuto 35 del segundo tiempo de nuevo el Cali se hizo al balón.
Y el tiempo insobornable

 Y el Sí se puede…

Y los jugadores nuestros en la cancha eran débiles canoas en alta mar en una noche de tormentas eléctricas. Andaban sin balón y sin rumbo.

Casi al filo del partido, cuando ya las ilusiones se marchitaban, retomaron el balón y hubo un par de llegadas. Por los altavoces nos tiraron un salvavidas: cuatro minutos de adición. ¿Serán otra vez los cuatro minutos de Dios?

Y hubo un par de jugadas…hueras. Como casi todo este partido, para el olvido.

Y vino lo inimaginable. Esto no es Holliwood, señores. Nuestros héroes no lo fueron hoy tanto. El juez decretó el fatídico final. Y el Pecoso y toda la banca brincó y se entró al gramado, saltando, manoteando.

Más allá de las pantallas no sé cuántos. Pero en torno a mi todos nos frotábamos la cabeza, como escarbando una razón a tanto sufrimiento. ¿Por qué nosotros? ¿Qué pasó? ¿Por qué de nuevo?   Y nos mirábamos a los ojos, a ver si el del frente sabía algo. Algunos lanzaban hijupuetazos para los del Cali, o para Wladimir…para el que los recogiera. Los jugadores del Cali seguían saltando su merecido triunfo mientras los patrocinadores corrían a organizar la fiesta. En nuestra casa. En nuestra sala. Chicos que no fueron invitados terminaron bailando el vals con nuestra linda quinceañera.

Poco a poco fuimos saliendo del estadio. El escenario se desteñía paulatinamente. La noche se hizo negra. El piso se sentía más duro. Los pasos más pesados.

¿Y qué pasó? Preguntó en un español muy inglés una rubia acompañante del periodista escocés, con el escudo del DIM pintado en su piel blanca.
-¿Y con esta fiesta tan bonita? –echó más sal a la herida.

Dos niños detrás de ellos, lloraban desconsolados. Imagen imborrable. Será su bautizo de sangre en esta religión llamada Medallo. Esas lágrimas –pensé-sellarán un compromiso inquebrantable. Solo se llora lo que se quiere. Y desde esta noche se que lo querrán más.

Salimos a la calle. Seguían las cabezas bajas. Los pasos prontos. ¿Qué pasa?  Había más lágrimas. Y lágrimas. Como si no bastara con nuestro sufrimiento, nos causaban más lágrimas.  En el aire un gas hacía arder los ojos. Y quemaba las fosas nasales. Qué irresponsabilidad –pensé- mientras veía que niños y ancianos corrían desconcertados. En algún lado sonaban, tronaban petardos. O algo. La impotencia o la rabia de algunos hinchas  mutaba en agresividad. Y la agresividad  se respondió con violencia y cuando esta se devolvió  se tornó en represión…. Luego vendrán discursos de  parte y parte culpando a la contraparte.

Un par de cuadras más al sur, en las discotecas, que tenían tantos globos de colores rojos y azules en las fachadas, ya se mezclaban las voces de Alfredo Gutiérrez y de Gabriel Romero y ese canto al amor por el equipo y también al conformismo:
“No necesito que estés arriba….”
¡Esta gente que no aprende! Recién recibimos una humillación y minutos luego estamos poniendo la otra mejilla: “No necesito que estés arriba….”
Definitivamente no somos más. Somos distintos.

Un par de aguardientes  en una barra calmó un poco la angustia. Bajó un taco que atragantaba molesto en la garganta. La gente en la calle armaba fiesta. Siempre habrá un motivo.
Mientras me servían el tercero, juro por el Corazón de Jesús que sirve de portada al libro  Rey de Corazones, que pensé en ese viejo hermoso que vi en la madrugada en el centro, leyendo ese periódico que le vendía esperanzas de una mejor noche.

Y no sé qué tan temprano se levante mañana a buscar la prensa de nuevo. Pero seguro lo hará. Espero que al menos se levante tan vital.


También nosotros nos levantaremos de esta. 

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