lunes, 25 de mayo de 2015

ALFONSO MARÍN HOYOS: "YO NACÍ PARA HACER MANDADOS"

ALFONSO MARÍN HOYOS:
"YO NACÍ PARA HACER MANDADOS"

Un domingo, a eso de las nueve de la noche, llegó Alfonso Marín a su casa en la Vereda Cantor, distante de San Vicente unos doce kilómetros. Encendió  una vela de cebo y se dirigió a la cama. Luego  de descansar un poco y cuando iba a acostarse, entró a la casa una señora para pedir ayuda porque su vecina estaba muy enferma; la acompañó a verla y se dio cuenta de su gravedad; entonces  alguien observó  la necesidad de llamar a un sacerdote.  Al ver que nadie se ofrecía para ir hasta el pueblo, pues la noche era muy oscura y el camino era muy malo, Alfonso decidió ir si le facilitaban un caballo.  Juan de Jesús Franco, cuidador de buenas bestias lo ofreció a regañadientes, se marchó  por el sacerdote y  regresó con él unas cinco horas después. Este hecho permanece intacto en la mente de Alfonso Marín Hoyos, un líder sanvicentino que a sus 74 años, no sabe si todo lo que dice que hizo por su gente, lo hizo, o, si le faltó algo por decir, pero en lo que no hay lugar a equívocos es en que él trabajó mucho  por su pueblo.

Nacido en la vereda Cantor el 25 de abril de 1926, ocupando el puesto quince entre dieciocho   hijos de Abraham Marín y María Jesús Hoyos, este muchacho prontamente  se dio cuenta de  que lo suyo era servir. A los siete años entró a estudiar en la escuela de Montegrande con la profesora Ana Aranzazu, para lo cual tenía que caminar más de una hora. Desde esa época, Alfonso Marín comenzó a mostrar su liderazgo, pues como el local de la escuela estaba tan descuidado, convidó a  unos compañeritos   a traer  cagajón y barro amarillo para arreglar las paredes. Las empañetaron   y luego las  blanquearon.

A pesar de que la profesora le dijo a su padre, que él era muy inteligente, estudió solamente hasta el grado cuarto, porque él no tenía con que conseguirle más estudio, se dedicó a trabajar con su familia, y cuando creyó tener la edad suficiente se casó.  Pensó  en irse de su casa, pero su padre, ya bastante senecto, le pidió que no lo dejara solo.  Alfonso  le argumentó que sería muy difícil, ya casado, vivir con ellos, sin embargo, accedió no sin antes discutirlo con Celina Montoya,  su joven esposa.

A los pocos años, compró una finca  en el sector de La Fonda, cerca del pueblo, por si alguno de sus futuros hijos quería estudiar, no tuviera que recorrer tan grandes distancias como le tocó a él.   La  negoció entonces por cinco mil pesos con doña Luisa Franco, viuda de Rogelio Ceballos, y se vino a vivir a este lugar.  Dada su proximidad con el municipio Alfonso Marín venía frecuentemente a misa y a rezar los rosarios; desde entonces se involucró con las actividades de la parroquia y de la comunidad. Recuerda  la fundación de Mutuo Auxilio, en el cual la gente se vinculaba con diez centavos mensuales para ayudar  con la consecución de una vivienda a personas de escasos recursos.  También  participó de la Legión de María que en aquella época se dedicaba a visitar enfermos, rezar en algunas casas y a muchas obras de interés social.

Cuando  invitaron  a  los jóvenes del municipio a inscribirse para fundar una cooperativa en San Vicente, Alfonso participó en la primera reunión y a partir de ésta se vinculó de lleno con el sacerdote Arcesio  Hoyos para sacarla  adelante.  Colaboró en la realización de los estudios de  conveniencia  y lo acompañó  a las veredas a motivar a los campesinos. Este cura se marchó y  decayeron mucho los ánimos entre los primeros socios, pero Alfonso  Marín los motivó para que no se retiraran.  Luego con la llegada del padre Saúl Betancur se le dio nuevo impulso a la idea y  la cooperativa San José Obrero salió adelante .

 Político

Al ver el liderazgo de este joven campesino,  Arturo Hoyos, político del municipio,  lo invitaba a las reuniones, y en unas de ellas, en compañía de Pedro Pablo Zuluaga le insinuó que aspirara al Concejo.  Alfonso Marín aceptó,  fue elegido Concejal Municipal, y desde allí comenzó a hablar y a promover obras para el municipio como la pavimentación de las calles que hasta  entonces  eran empedradas.  "Usted piensa en cosas  imposibles de hacer, me dijeron,  yo les contesté:  no hay cosas imposibles sino hombres incapaces; eso de incapaces les molestó mucho", cuenta don Alfonso.

El municipio en ese tiempo era manejado por Arturo Hoyos, conservador, y su hermano Julio, a  nombre del liberalismo.  "Ellos manipulaban políticamente el pueblo, iban donde el gobernador a arreglar cosas; yo como tenía  ideas de avanzada,  por ejemplo  calles y  vías de penetración para las  veredas,  comencé a aburrirme.  Al ver esta situación, don Pedro Pablo me propuso trabajar independiente y  que él me apoyaba. Elaboramos  una lista al Concejo, los dos, y ganamos.  Don Arturo se fue al Directorio en Medellín, me acusó de indisciplinado, de montar disidencia; cuando vinieron  unos jefes yo les dije tener propuestas  y que él, don Arturo, no las tenía, que manejaba el pueblo con el dedo, ellos dijeron que yo sabría cómo medírmele, y se fueron", sostiene.

Desde entonces se inició una rivalidad con su primo, Arturo Hoyos.  "Por ahí, está un campesinito que quiere tomarse el pueblo con mentiras y bobadas",  decían, y hasta el cura Torres se puso al lado de Arturo,  al punto de no recibirme limosna" cuenta  un poco risueño, don Alfonso.

No hizo mucho caso a los comentarios y continuó con sus ideas.  Participó en el Comité pro - restauración del templo, en la fundación del Liceo, fue Gerente de la Sociedad Transportadora, de la Cooperativa San José Obrero, entre muchas otras. Sin embargo, hay una en la que se destacó  y que está  presente en la mente de muchos sanvicentinos:  la apertura de la Caja Agraria en el municipio cuando era el Presidente de la Acción Comunal de la zona urbana. "Para  lograrlo - sostiene hoy -,  sin el apoyo del alcalde  ni de ningún líder político viajó a Bogotá  con su amigo Pedro Pablo Zuluaga,  el cura Fernando Restrepo,  y en esta ciudad se reunió con  los paisanos Antonio de J.  Idárraga y Esmerardo Marín; se entrevistaron con el Expresidente Mariano Ospina Pérez y con el Presidente  Misael Pastrana, quienes los  apoyaron en su iniciativa de tener una sucursal de la Caja Agraria para San Vicente.  Y  la hubo.

Cuando en San Vicente se habla del Hospital, a la mente llega el nombre de Héctor Zuluaga Tobón como su gran gestor; no obstante, este médico señala:  "el apoyo de Alfonso fue definitivo".   Don Alfonso recuerda que aquel viaje a Bogotá, el Presidente Pastrana, a través de su Secretario Rafael Naranjo Villegas, les brindó la posibilidad de reunirse con algunos de sus ministros.   Hablaron  con el responsable de la cartera de  salud  y le manifestaron la necesidad de ayudas para el  municipio. El refrendó que tenían que quitarle la denominación de hospital a esa "casucha" que prestaba los servicios, y que cuando esto se diera, contaran con su respaldo. Estos  fueron los primeros pasos para la construcción del  hospital.

De verdad que Alfonso Marín  fue un líder y participó en la creación de muchas instituciones. No obstante,  cuando se le pregunta por cuáles tiene más cariño, afirma:  "Primero, la Sociedad San Vicente de Paul, creada para ayudar a las personas más pobres; la otra, la Cooperativa, pues tuvo un verdadero sentido social en sus inicios".

La política siempre genera enemistades.  A pesar de que Arturo Hoyos era su primo, y quien más lo apoyó en el inicio de su trasegar cívico, en su actividad pública no pudieron ponerse de acuerdo, pues las ideas del señor Hoyos eran vistas por don Alfonso como retardatarias. Y de esto hay un testimonio imborrable  en su memoria:  "Yo traje al Concejo al doctor Horacio Montoya Gil, para darle renombre a la institución, cuando lo elegimos Presidente, Arturo golpeó la mesa y dijo:  esta traición no la perdonará el pueblo".  Y  lo ajusta hoy seguro, como trancando una puerta: "Es que soy campesino pero de avanzada".

Sin embargo, en Alfonso Marín se ha reconocido a una persona noble.  Por ello, cuando murió un hijo de Arturo Hoyos, su enemigo político, lo acompañó en su dolor y cuando alguien le reprochó dijo:  "Don Arturo es mi pariente, y ahora lo acompañamos porque  es la comunidad íntegra  la que siente su dolor".  Hoy, unos veinte años después reafirma que la política es una cosa y la amistad es otra.   También, cuando don Arturo estuvo en su lecho de enfermo fue a visitarlo, hablaron y se dieron la mano. A los trece días murió, y don Alfonso lo acompañó a su última morada.

"Siete reuniones"

A don Alfonso lo llamaban para todas las reuniones y actos que se celebraban  en el municipio, y afuera de éste.  Por esta razón hubo quien le dijera que le prestaba más atención a todo que a su familia;  era consciente, y les decía a sus hijos que estudiaran que ese era el único futuro.  "Afortunadamente tuve una esposa que se dedicó a mis hijos las veinticuatro  horas y yo cumplía con que no les faltara nada; esmerarme por la comunidad  parecía estar primero", dice hoy.

El presente

Don Alfonso hoy tiene 74 años, es el padre de doce hijos, de los cuales tres fallecieron, abuelo en veintiocho veces  y tiene tres bisnietos.  Vive en el Barrio Alfonso López de Medellín desde hace diez años que vendió su finca en San Vicente, y de lo cual se arrepiente.  No obstante, permanece en función de su pueblo y de su gente por la que tanto luchó.  No es raro, por tanto, encontrarlo en las reuniones y actividades de la Colonia en Medellín, de la cual hace parte de la junta.  Menos extraño será verlo acompañando en su pueblo el dolor o la partida de un amigo, o dando palmadas de felicitaciones a cualquier paisano, que se haya destacado por cualquier acción.

"Yo hice"

Hoy, como ayer, su figura es muy delgada; además, su cabello comienza a escasear y su pulso no es tan firme.  En su memoria hay enmarañadas muchas conquistas para su pueblo, que aunque dice no pretendió por éstas obtener reconocimiento, encuentra especial fascinación en contarlo y recontarlo.  Por eso, cuando escuchan hablar a este hombre que fue Concejal de San Vicente de 1958 a 1990, cuando no les pagaban -resalta él- y Diputado en representación de la comunidad sanvicentina, muchas personas afirman que es muy petulante. 

Es que su relato de fundaciones parece inacabable.  Pero una frase que hoy admite,  sí que es valedera:  "sinceramente las obras grandes de este pueblo, como el Centro de Bienestar del  Anciano, la Cooperativa, el Liceo, el Hospital, las Escuelas Rurales y las vías, yo puse mi granito de arena".

Y aunque hizo mucho pero mucho más,  dicho así, muy de acuerdo don Alfonso.

Noviembre de 2000


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