ALFONSO MARÍN HOYOS:
"YO NACÍ PARA HACER MANDADOS"
Un domingo, a eso de las
nueve de la noche, llegó Alfonso Marín a su casa en la Vereda Cantor, distante
de San Vicente unos doce kilómetros. Encendió
una vela de cebo y se dirigió a la cama. Luego de descansar un poco y cuando iba a
acostarse, entró a la casa una señora para pedir ayuda porque su vecina estaba
muy enferma; la acompañó a verla y se dio cuenta de su gravedad; entonces alguien observó la necesidad de llamar a un sacerdote. Al ver que nadie se ofrecía para ir hasta el
pueblo, pues la noche era muy oscura y el camino era muy malo, Alfonso decidió
ir si le facilitaban un caballo. Juan de
Jesús Franco, cuidador de buenas bestias lo ofreció a regañadientes, se
marchó por el sacerdote y regresó con él unas cinco horas después. Este
hecho permanece intacto en la mente de Alfonso Marín Hoyos, un líder
sanvicentino que a sus 74 años, no sabe si todo lo que dice que hizo por su
gente, lo hizo, o, si le faltó algo por decir, pero en lo que no hay lugar a
equívocos es en que él trabajó mucho por
su pueblo.
Nacido en la vereda Cantor
el 25 de abril de 1926, ocupando el puesto quince entre dieciocho hijos de Abraham Marín y María Jesús Hoyos,
este muchacho prontamente se dio cuenta
de que lo suyo era servir. A los siete
años entró a estudiar en la escuela de Montegrande con la profesora Ana
Aranzazu, para lo cual tenía que caminar más de una hora. Desde esa época,
Alfonso Marín comenzó a mostrar su liderazgo, pues como el local de la escuela estaba
tan descuidado, convidó a unos
compañeritos a traer cagajón y barro amarillo para arreglar las
paredes. Las empañetaron y luego
las blanquearon.
A pesar de que la profesora
le dijo a su padre, que él era muy inteligente, estudió solamente hasta el
grado cuarto, porque él no tenía con que conseguirle más estudio, se dedicó a
trabajar con su familia, y cuando creyó tener la edad suficiente se casó. Pensó
en irse de su casa, pero su padre, ya bastante senecto, le pidió que no
lo dejara solo. Alfonso le argumentó que sería muy difícil, ya
casado, vivir con ellos, sin embargo, accedió no sin antes discutirlo con
Celina Montoya, su joven esposa.
A los pocos años, compró una
finca en el sector de La Fonda, cerca
del pueblo, por si alguno de sus futuros hijos quería estudiar, no tuviera que
recorrer tan grandes distancias como le tocó a él. La
negoció entonces por cinco mil pesos con doña Luisa Franco, viuda de
Rogelio Ceballos, y se vino a vivir a este lugar. Dada su proximidad con el municipio Alfonso
Marín venía frecuentemente a misa y a rezar los rosarios; desde entonces se
involucró con las actividades de la parroquia y de la comunidad. Recuerda la fundación de Mutuo Auxilio, en el cual la
gente se vinculaba con diez centavos mensuales para ayudar con la consecución de una vivienda a personas
de escasos recursos. También participó de la Legión de María que en
aquella época se dedicaba a visitar enfermos, rezar en algunas casas y a muchas
obras de interés social.
Cuando invitaron
a los jóvenes del municipio a
inscribirse para fundar una cooperativa en San Vicente, Alfonso participó en la
primera reunión y a partir de ésta se vinculó de lleno con el sacerdote
Arcesio Hoyos para sacarla adelante.
Colaboró en la realización de los estudios de conveniencia
y lo acompañó a las veredas a
motivar a los campesinos. Este cura se marchó y
decayeron mucho los ánimos entre los primeros socios, pero Alfonso Marín los motivó para que no se
retiraran. Luego con la llegada del
padre Saúl Betancur se le dio nuevo impulso a la idea y la cooperativa San José Obrero salió adelante
.
Político
Al ver el liderazgo de este
joven campesino, Arturo Hoyos, político
del municipio, lo invitaba a las
reuniones, y en unas de ellas, en compañía de Pedro Pablo Zuluaga le insinuó
que aspirara al Concejo. Alfonso Marín
aceptó, fue elegido Concejal Municipal,
y desde allí comenzó a hablar y a promover obras para el municipio como la
pavimentación de las calles que hasta
entonces eran empedradas. "Usted piensa en cosas imposibles de hacer, me dijeron, yo les contesté: no hay cosas imposibles sino hombres
incapaces; eso de incapaces les molestó mucho", cuenta don Alfonso.
El municipio en ese tiempo
era manejado por Arturo Hoyos, conservador, y su hermano Julio, a nombre del liberalismo. "Ellos manipulaban políticamente el
pueblo, iban donde el gobernador a arreglar cosas; yo como tenía ideas de avanzada, por ejemplo
calles y vías de penetración para
las veredas, comencé a aburrirme. Al ver esta situación, don Pedro Pablo me
propuso trabajar independiente y que él
me apoyaba. Elaboramos una lista al
Concejo, los dos, y ganamos. Don Arturo
se fue al Directorio en Medellín, me acusó de indisciplinado, de montar
disidencia; cuando vinieron unos jefes
yo les dije tener propuestas y que él,
don Arturo, no las tenía, que manejaba el pueblo con el dedo, ellos dijeron que
yo sabría cómo medírmele, y se fueron", sostiene.
Desde entonces se inició una
rivalidad con su primo, Arturo Hoyos.
"Por ahí, está un campesinito que quiere tomarse el pueblo con
mentiras y bobadas", decían, y
hasta el cura Torres se puso al lado de Arturo,
al punto de no recibirme limosna" cuenta un poco risueño, don Alfonso.
No hizo mucho caso a los
comentarios y continuó con sus ideas.
Participó en el Comité pro - restauración del templo, en la fundación
del Liceo, fue Gerente de la Sociedad Transportadora, de la Cooperativa San
José Obrero, entre muchas otras. Sin embargo, hay una en la que se destacó y que está
presente en la mente de muchos sanvicentinos: la apertura de la Caja Agraria en el
municipio cuando era el Presidente de la Acción Comunal de la zona urbana.
"Para lograrlo - sostiene hoy
-, sin el apoyo del alcalde ni de ningún líder político viajó a
Bogotá con su amigo Pedro Pablo
Zuluaga, el cura Fernando Restrepo, y en esta ciudad se reunió con los paisanos Antonio de J. Idárraga y Esmerardo Marín; se entrevistaron
con el Expresidente Mariano Ospina Pérez y con el Presidente Misael Pastrana, quienes los apoyaron en su iniciativa de tener una
sucursal de la Caja Agraria para San Vicente.
Y la hubo.
Cuando en San Vicente se
habla del Hospital, a la mente llega el nombre de Héctor Zuluaga Tobón como su
gran gestor; no obstante, este médico señala:
"el apoyo de Alfonso fue definitivo". Don Alfonso recuerda que aquel viaje a
Bogotá, el Presidente Pastrana, a través de su Secretario Rafael Naranjo
Villegas, les brindó la posibilidad de reunirse con algunos de sus
ministros. Hablaron con el responsable de la cartera de salud
y le manifestaron la necesidad de ayudas para el municipio. El refrendó que tenían que
quitarle la denominación de hospital a esa "casucha" que prestaba los
servicios, y que cuando esto se diera, contaran con su respaldo. Estos fueron los primeros pasos para la
construcción del hospital.
De verdad que Alfonso
Marín fue un líder y participó en la
creación de muchas instituciones. No obstante,
cuando se le pregunta por cuáles tiene más cariño, afirma: "Primero, la Sociedad San Vicente de
Paul, creada para ayudar a las personas más pobres; la otra, la Cooperativa,
pues tuvo un verdadero sentido social en sus inicios".
La política siempre genera
enemistades. A pesar de que Arturo Hoyos
era su primo, y quien más lo apoyó en el inicio de su trasegar cívico, en su
actividad pública no pudieron ponerse de acuerdo, pues las ideas del señor
Hoyos eran vistas por don Alfonso como retardatarias. Y de esto hay un
testimonio imborrable en su memoria: "Yo traje al Concejo al doctor Horacio
Montoya Gil, para darle renombre a la institución, cuando lo elegimos
Presidente, Arturo golpeó la mesa y dijo:
esta traición no la perdonará el pueblo". Y lo
ajusta hoy seguro, como trancando una puerta: "Es que soy campesino pero
de avanzada".
Sin embargo, en Alfonso
Marín se ha reconocido a una persona noble.
Por ello, cuando murió un hijo de Arturo Hoyos, su enemigo político, lo
acompañó en su dolor y cuando alguien le reprochó dijo: "Don Arturo es mi pariente, y ahora lo
acompañamos porque es la comunidad
íntegra la que siente su
dolor". Hoy, unos veinte años
después reafirma que la política es una cosa y la amistad es otra. También, cuando don Arturo estuvo en su
lecho de enfermo fue a visitarlo, hablaron y se dieron la mano. A los trece días
murió, y don Alfonso lo acompañó a su última morada.
"Siete reuniones"
A don Alfonso lo llamaban
para todas las reuniones y actos que se celebraban en el municipio, y afuera de éste. Por esta razón hubo quien le dijera que le
prestaba más atención a todo que a su familia;
era consciente, y les decía a sus hijos que estudiaran que ese era el
único futuro. "Afortunadamente tuve
una esposa que se dedicó a mis hijos las veinticuatro horas y yo cumplía con que no les faltara
nada; esmerarme por la comunidad parecía
estar primero", dice hoy.
El presente
Don Alfonso hoy tiene 74
años, es el padre de doce hijos, de los cuales tres fallecieron, abuelo en
veintiocho veces y tiene tres
bisnietos. Vive en el Barrio Alfonso
López de Medellín desde hace diez años que vendió su finca en San Vicente, y de
lo cual se arrepiente. No obstante,
permanece en función de su pueblo y de su gente por la que tanto luchó. No es raro, por tanto, encontrarlo en las
reuniones y actividades de la Colonia en Medellín, de la cual hace parte de la
junta. Menos extraño será verlo
acompañando en su pueblo el dolor o la partida de un amigo, o dando palmadas de
felicitaciones a cualquier paisano, que se haya destacado por cualquier acción.
"Yo hice"
Hoy, como ayer, su figura es
muy delgada; además, su cabello comienza a escasear y su pulso no es tan
firme. En su memoria hay enmarañadas
muchas conquistas para su pueblo, que aunque dice no pretendió por éstas
obtener reconocimiento, encuentra especial fascinación en contarlo y recontarlo. Por eso, cuando escuchan hablar a este hombre
que fue Concejal de San Vicente de 1958 a 1990, cuando no les pagaban -resalta
él- y Diputado en representación de la comunidad sanvicentina, muchas personas
afirman que es muy petulante.
Es que su relato de
fundaciones parece inacabable. Pero una
frase que hoy admite, sí que es
valedera: "sinceramente las obras
grandes de este pueblo, como el Centro de Bienestar del Anciano, la Cooperativa, el Liceo, el
Hospital, las Escuelas Rurales y las vías, yo puse mi granito de arena".
Y
aunque hizo mucho pero mucho más, dicho
así, muy de acuerdo don Alfonso.
Noviembre
de 2000

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