martes, 10 de enero de 2012

M(u)Y LORD

M(u)Y LORD*
Por Guillermo Zuluaga Ceballos

En los estantes y vitrinas, se observan candelas norteamericanas Zippo, navajas suizas Victorinox; pipas del mediterráneo árbol de brezo y relojes Phillipe Amiel. También bien colgadas se encuentran corbatas Beatles, de Inglaterra y brochas para la afeitada con pelo de tejón, traídas del viejo continente. De todo como en botica; pero según Hernando Castro, su administrador, y según otros lo que más se ve no es tan visible: clase y buen gusto.

El local tiene un pomposo nombre: Sastrería Lord, pero es de escasos 60 metros cuadrados, un mezanine y una pequeña bodega, al fondo del añoso y céntrico pasaje comercial Astoria. “Es el último sitio digno que tiene el centro”, me lo resumió un nostálgico abogado e historiador. Comentario este más de un nostálgico que de un historiador. Pero cuando se llega al sitio se le da la razón pues allí siempre sonará música clásica y en los atiborrados pero bien puestos estantes se encuentran además lapiceros Sheafer, la exclusiva, clásica y muy gringa loción Old Spice, cajas con mancuernas, carros y aviones a escala, bastones y corbatas de todas las clases y colores, y cuanto adorno para escritorio quepa en la mente o en la curiosidad del visitante. O en el escritorio de un fanático de los adornos.

También puede creerse cuando se oye hablar a Hernando, un hombre de voz muy gruesa pero de muy cuidados y finos modales –un nuevo lord quizá- quien ante la curiosidad del reportero conversa amable y orgulloso de este muy visitado sitio:
“Yo vendo lo que la gente, no”. Dice Hernando como razón de su éxito y enseguida se pavonea más del principal motivo para la visita de clientes como son los elegantes vestidos que aún confeccionan.

“En el Lord encuentras 100 diferentes clases de paños para vestidos. Y mínimo 100 diferentes telas para camisa de popelina italiana”.
El Lord se ha ganado un espacio en cuanto a confección y venta de paños ingleses, al parecer no tan ingleses como se cree: “Son made in Italia porque allá es más barata la mano de obra”, aclara.

Un lord de antes

El primer almacén Lord nació como muchos importantes de esta ciudad en el parque de Berrío, en 1933. Su padre fue Ignacio Jaramillo Vieira. El sitio de su fundación sin embargo, es cercano a donde ahora se enseñorea la Gorda de Botero, una no tan bien vestida como los clientes del Lord.

Doce años luego, en 1945, Julio Alberto Botero compró esta sastrería como una forma de invertir pues sus intereses eran litigios judiciales y hatos ganaderos. Entonces llamó a administrar a don Roberto Valencia Jaramillo, un joven con pinta de dandy que recién se instalaba en la ciudad.

El negocio prosperó como muchos señores y negocios del parque de Berrío de ese entonces, pero en 1965, don Julio se lo vendió a don Roberto su empleado. Ya para entonces los Lores eran dos: uno en Colombia y otro en la Calle Boyacá y tenía 12 empleados.

Con el ensanche de los almacenes Ley murió el primer Lord, el de Colombia. En noviembre de 1965 se fundó el pasaje Astoria y el febrero siguiente don Roberto se hizo a un local.

“No creían en estos pasajes y cuando él se vino para acá, le dijeron que iba para el Túnel de la Quiebra como los nombraban. Pero él sonrió y acá estuvo hasta el 23 de junio de 2011, su último día de trabajo.

En el 65 se hizo socio de César Pasmiño que era el mejor sastre de la época pero luego también le compró su parte. Desde entonces don Roberto –el y el almacén- fueron el único Lord del centro.

“Muy Lord para estas tierras”

Una figura enhiesta caminaba hasta hace poco por la Avenida La Playa. Con su cabello gris de abuelo noble al rape, llevaba vestido azul oscuro de raya tiza y su infaltable pañuelo azul claro en el bolsillo superior del saco; zapatos negros brillantes y un paraguas que usaba como bastón por ejemplo para darle firmeza a sus pasos al cruzar la Oriental. Fue por mucho tiempo una de las estampas del centro, todo alto, todo serio, con su saludo amable y ceremonioso. Este lord antioqueño nació en Concepción Antioquia en 1924. Y cómo no habría de ser un lord, este descendiente de Córdoba; hijo de Nancianceno Valencia quien formó familia en La Concha y Santo Domingo; y hermano de Jorge Valencia Jaramillo, exalcalde de Medellín y Exministro de Estado, y de Guillermo Valencia, importante empresario de la ciudad.
“Don Roberto era de mucha clase. Familia prestante. En su casa había dos Cruz de Boyacá”, relata Hernando Castro sin perder nunca una pizca de orgullo. “Y tenía elegancia hasta para sentarse. Nada de carrizos. Siempre en los restaurantes exigía servilleta de tela sino la había, se iba”.

Ese sello personal hubo de imprimírselo a su negocio y muchos clientes aún le valoran:
“Vengo porque es un sitio muy masculino de buenos precios y de excelente calidad”, comentaba el último sábado de noviembre, una dama en sus cuarenta, mientras preguntaba por una navaja.

La doña se llama Ángela María y sonó muy publicitaria. Y tantico publicitaria, también evocó a don Roberto. “Desde siempre fue amable y caballero, muy Lord para estas tierras”.

Ese don, ese señorío de don Roberto siempre detrás de la vitrina, fue admirable por quienes por casi 70 años lo observaron con sus trajes y su voz meliflua y amable como uno más de los objetos estilizados de su almacén. O quizá (lo era) maniquí ideal para portar y poseer todos los objetos exhibidos.

De Sastres y “desastres”

Estar en el Lord es transportarse hacia otra ciudad y otros tiempos. Una época en que la ciudad giraba en torno a su centro con sus clubes sociales y sus templetes y sus despachos oficiales. Fue la época de esplendor del Lord, por su puesto.

”Lord vivió sus mejores años entre los cincuenta y los ochenta cuando en Junín no se veía nadie de ropa sudadera y para entrar al Astor era de traje, incluso con sombrero, leontina, chaleco”, compara Hernando esos tiempos en que casi no se podía caminar con tanto empleado en el local y los actuales en que queda un sastre de planta y dos pantaloneros a y dos terminadores de sacos: llamados maestros de pecho, que trabajan a destajo (en sus viviendas).

“Maestros de pecho” que no cosen un pantalón en estos tiempos como una especie de resistencia contra los embates del consumismo feraz, de las maquilas igualadoras de estos nuevos tiempos. En el Lord se han esmerado por una puntada, por un botón bien puesto. Como dirían ellos, se han sacado un ojo, para que el vestido del doctor no se vea “desgolletado” (colgado). Con don Roberto trabajaron de planta Cesar Pasmiño, (q.e.p.d). Carlos Blandón (q.e.p.d.) finalmente otro que duró 18 años pero “que terminó en desastre” con cierto problemitas con el administrador, al punto que prefiere no revelar su nombre y el actual Ricardo Vélez, que ajusta 11 años.

“El último lord”

El 23 junio de 2011 luego de sus indicaciones a Hernando para el día siguiente y salir para su casa en las Torres de Bomboná, don Roberto dejó su Sastrería Lord para nunca volver. Un golpe en la cabeza tras una caída en su apartamento le causó un derrame cerebral que segó su elegante existencia de 87 junios. En algún medio se habló de la marcha del “último Lord”, pero el Lord sigue tan campante. Al frente sigue Hernando, el mismo que llegara en 1982, como mensajero y quien se fuera ganando el cariño de don Roberto, tanto que al terminar sus estudios universitarios, para que no se fuera, le propuso una participación de las ganancias.

“Cuando comencé, todo era paño inglés. El Lord manejaba altura, la misma que seguirá teniendo”. Altura que se mantiene hasta en los precios. Un vestido vale en promedio 700 mil pesos. No obstante el precio, los trajes a la medida siguen gustando.
“Aquí la mano de obra vale 560 mil pesos, porque a la gente le miden el vestido antes de coserlo definitivamente y por ello quieren un paño bueno. ¡No le vas a meter un paño de 10 mil!”

Aunque clase no se compra, mucha gente se hace Lord para fechas especiales como grados o matrimonios. O ejecutivos, que “mandan hacer hasta 10 vestidos cuando los nombran para cargos de renombre”.

“Una empresa muy reconocida los vende a 200 mil pero saca 500 vestidos iguales; mientras, uno del Lord, es como una artesanía”. Artesanía que casi siempre lleva marcada el nombre del propietario y por su puesto del Lord. Mejor dicho del nuevo Lord que lo lleva puesto.

A pesar del conocimiento de estos asuntillos, Hernando no ha podido tomarle la medida es a otros aspectos: primero, que Medellín es mercado difícil porque hay caudal, pero no de buen gusto. Y quien vaya al Lord irremediablemente debe tenerlo. Segundo, que sabe que no le esperan buenos tiempos con el Gobernador Fajardo. “Nos quitó muchos en la Alcaldía. Un día vino uno de nuestros clientes con tatuajes, camisilla…le pregunté que si se había salido del empleo y me dijo que ya no le exigían tanto saco”.

“Pero a mí me cae muy bien Fajardo”, aclara. Y enseguida cose su comentario: “!Pero yo voté por otros más clásicos!”.

Dice que el centro seguirá siendo centro y no aspira a un negocio grande y en otra zona de la ciudad donde abundan sus amigos:
“Mejor un Lord pequeñito pero bien manejado”.

Los tiempos cambian. Mudan de trajes, digo. Quizá no lleguen tanto por el paño, pero llegan neófitos por un buen regalo para estas épocas:
“Sugiero las pipas: les vendemos además la picadura”, dice Hernando. Y agrega: “también la paciencia para que aprenda. Porque la pipa tiene su ciencia”.
Las pipas, claro y los encendedores; aunque el obsequio más apetecido (¿debí decir más necesario en estos tiempos de Niños y Niñas diluviales?) es bien otro:
“¡Paraguas con ventilador! Se venden mucho por novedosos”.
¡Paraguas con ventilador! Habráse visto. Lo máximo, lo más chirriao, como diría Casas Santamaría o los Pardo de Brigard, de Bogotá, mi ala.
O lo más lobo, como dirían otros menos convencidos con el juguetito.
Este sábado de noviembre, unos visitantes sonríen cuando Hernando les muestra las sombrillas.
“Sirven hasta de secador de pelo”, le dice a una señora mientras acciona el mecanismo que funciona con pilas.
“Y pronto vienen paraguas con betamax”, le bromea a don Jota Mario. Un lord de cincuenta largos que ha llegado a abonarle 10 mil de una deuda y que al parecer seguirá llegando. Eso espera Hernando con el talonario en la mano.


*Una versión de este texto fue publicada en la edición 30 del periódico Universo Centro

1 comentario: