Termina un Mundial de Fútbol: Maradona no fue tan protagonista como se lo imaginaba. Sin embargo, El Diego siempre será noticia. Comparto este texto de de archivo, escrito a propósito de una de sus más famosas fiestas:
(Tomado del suplemento "Sábado", de El Mercurio de Chile. 22 de Enero del 2000)
DIEGO ARMANDO MARADONA
LA DELGADA LÍNEA BLANCA
POR: MIRKO MACARI
Por poco Maradona se nos va. Su corazón, dijeron los médicos, no aguanta otro "punch" de cocaína. De nuevo Diego, el Pelusa, el ídolo, el hombre que sufre. De nuevo la droga, dictadora, caprichosa e implacable. Y Argentina, perpleja, agradecida, histriónica, con sus fanáticos rezando por el milagro: Que la vida, como el fútbol, le dé la revancha al más grande.
Tenía diez años cuando una tarde, en el entretiempo de un partido profesional, salió a la cancha haciendo malabarismo con la pelota. Durante quince minutos el balón no tocó el césped. Era como si lo tuviera unido al pie con un elástico invisible. Cuando volvieron los jugadores la gente los abucheó. Claro, estaban maravillados con la magia de ese pibe que jugaba en los Cebollitas, el equipo infantil de Argentino Juniors.
Esos quince minutos bastaron para que Diego Armando Maradona quedara condenado a llevar el 10 en la espalda. El 10, en la tradición futbolística, es el número reservado al conductor del equipo, al jugador más talentoso, al que mueve los hilos y administra los tiempos. Y Maradona, en la cancha, fue el mejor 10 que ha existido, el que más demostró control del balón. El mismo que fuera del campo nunca tuvo control de nada.
El designio futbolístico de Diego Armando Maradona lo marcaron su cuna y su infancia en Villa Fiorito, una barriada del Gran Buenos Aires donde el único juguete de los chichos era una pelota. A Diego, un tío le regaló una de cuero cuando cumplió dos años: "Fue el mejor regalo de mi vida, toda esa noche dormí abrazado a ella". La vida allí no era fácil. Para ganar algunos centavos, él y sus amigos vendían el papel de aluminio de los paquetes de cigarros. Frecuentado por asesinos, ladrones y proxenetas, esos arrabales eran una escuela de delincuencia y una de las pocas alternativas para poder cruzar la línea de la marginalidad era el fútbol. Los Maradona sabían bien eso y por eso doña Tota y Chitoro, sus padres, siempre fomentaron la habilidad innata que tenía el chico.
Cuando Francisco Cornejo, el entrenador de Cebollitas, lo vio por primera vez, pensó que era un enano, mayor en edad de lo que decía. Cabezón, chaparro y ancho, Maradona no tenía el físico de un excelso atleta. Así es que con el consentimiento de los padres, Cornejo decidió llevarlo a un doctor, que lo sometió a su primer cóctel de píldoras e inyecciones: "Quise que lo agrandase, que lo hiciera engordar y crecer. Cacho, le dije, arreglálo. Este chico va a ser una estrella".
La estrella que prometió Cornejo se reveló al gran público una tarde de octubre de 1976. Con dieciséis años, Maradona jugaba su primer partido profesional en el que Argentinos Juniors enfrentaba a Talleres de Córdoba. Entró al segundo tiempo, cuando su equipo iba perdiendo 1 por 0. Desde que pisó el pasto hizo lo que quiso con los rivales y, aunque no cambió el resultado, fue obediente con la orden del entrenador: "Limitate a salir y a jugar como vos sabés. Solamente divertite".
Desde ese momento la prensa se desdijo en elogios, ya intuyendo la presencia del fenómeno. El chico pobre que creció con los pies en el barro, era ahora "el pibe de oro" de Argentina, un país donde el fútbol -sin exagerar- es la sangre que corre por las venas de la nación.
EL CHICO MORENO DEL SUR OSCURO
La hora del debut internacional fue en febrero de 1977. Cesar Luis Menotti estaba a cargo del proyecto político-deportivo que la Junta Militar, recientemente asumida, tenía planeado: Organizar y ganar el campeonato del mundo de 1978. Se trataba de acallar las voces que se alzaban contra la brutal represión ejercida sobre la disidencia, en medio de una explosión de nacionalismo. Aparentemente, el Flaco -que así le decían a Menotti- no era genéticamente el hombre más óptimo para eso: Se había educado en Rosario, una ciudad con identidad política y, además, su pelo largo y su aspecto descuidado eran parte de la influencia hippie. Sin embargo su filosofía de un juego a la vez elegante y técnico, eludiendo la rudeza, se sustentaba en la idea de que el fútbol argentino tenía una superioridad nata.
En el segundo tiempo del partido amistoso contra Hungría, y con el resultado a su favor, Menotti decidió darle el gusto al respetable que desde la galería voceaba el nombre del chico: ¡Maradooona! La gambeta demoledora, los pases milimétricos, la visión única del campo que tenía Diego, lo convirtieron de la noche a la mañana en objeto massmediático. El Gráfico le hizo un reportaje que tituló: "Podría estar todavía escuchando cuentos, pero él escucha aplausos". En otra edición, la revista titulaba casi como un catálogo de arte una secuencia de jugadas del Pelusa: "Vea esta pintura, es un Maradona".
Pero como parte de su sino, a Diego la gloria y el sufrimiento le llegaban juntos. Menotti lo sacó del plantel sólo dos semanas antes del inicio del Mundial. "Cuando salí del comedor sentí un ¡snif! Parecido al que quiere soltar un hombre, entre dientes, cuando no quiere llorar y llora. Su carita de pibe quedaba enmarcada entre el cerrado cuello del buzo azul y los sueltos rulos negros. Le dije, che, pero vamos, no te pongás así, sos un pibe, ¿sabés los mundiales que vas a jugar vos? Lloraba con más bronca. Recién entonces, cuando me miró, comprendí que estaba hablando pavadas", recordó alguna vez el Flaco, develando la tempranera veta sentimental y querendona de este chico de pueblo, que, como tantos, creció pidiendo afecto. "Necesito que me necesiten", había dicho mucho después, cuando su cuerpo ya regordete era una batidora de efedrina, cocaína y un cuanto hay, casi como única pócima posible para hacerle llevadero su trabajo de dios humano en el templo del fútbol, la liturgia que más fieles congrega alrededor del mundo.
En 1979, Maradona, con la jineta de capitán en la manga, obtiene con Argentina el título del campeón mundial juvenil en Tokio. Por dos millones de dólares el popular Boca Juniors, club de sus amores, adquiere su pase. Luego, poco antes del Mundial del 82, el Barcelona contrata su genio futbolístico a cambio de diez millones de billetes verdes, todo un récord. La Maradonitis estaba en pleno apogeo y también existía Maradona Producciones S.A., la empresa que comercializó y contabilizó todo lo que tuviera su nombre, entrevistas incluidas. Su amigo de infancia Jorge Czysterpiller, era quien dirigía el negocio a cambio de una nada despreciable veinte por ciento.
Hasta el mundial de España el astro llego acompañado por todo su clan: Papá, mamá, hermanos, hermanas y Claudia Villafañe, la novia de siempre, que en Villa Fiorito era morena y ahora lucía impecable su cabellera rubia. "El Clan Maradona", como los llamó la prensa española, se dedico a comer y a dormir. Diego no fue menos y en los entrenamientos se lo vio poco.
A Argentina no le fue bien en la justa y a Maradona tampoco. La dignidad y el orgullo trasandinos habían sido vencidos en la Malvinas y la selección de fútbol no se sustrajo del ánimo de derrota que inundaba el alma nacional. Ante Brasil, el astro se despidió con una tarjeta roja, luego de pegarle un patadón a Bautista. Mese después, jugando por el Barca, una de las infracciones más violentas de la historia del fútbol ibérico lo dejaría a él fuera de las canchas por tres meses. Eduardo Galeano, en su libro El Fútbol a sol y sombra, también relató ese paso de Diego por la madre patria y su posterior fichaje en el Napoli italiano, en 1984: "Sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ese que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia fanfarronería. Despues, en Nápoles, Maradona fue Santa Maradonna y San Genaro fue San Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses... copa tras copa en los estadios italianos y europeos, el club Napoli vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha con la historia. Gracias a Maradona, el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba".
PIBE DE ORO CON PIES DE BARRO
Capítulo aparte fue el Mundial de México 86. Y acápite especial el partido con Inglaterra, un segundo tiempo de la guerra de las Malvinas donde el tercer mundo podía, al menos alegóricamente, cobrar revancha con las potencias económico-tecnológicas que ejercen el colonialismo. Diego fue el héroe de esa guerra de mentira. La primera estocada argentina vino del cielo, literalmente: Un centro de quien sabe dónde cayó desde las nubes y él, petiso como es, puso la mano al lado de la cabeza y la pelota, al fondo de la red. La televisión lo delató pero Diego ya se sabía el libreto: "Fue la mano de Dios", explicó.
Lo que vino luego fue el auto sacramental de Maradona, el mejor gol en la historia de los mundiales. Ante el silencio del mundo recibió la pelota en su propio campo y no paro de acariciarla hasta enfrentar el arquero Shelton e introducirla por el único espacio que había entre el poste y la pierna del último rival que se arrastraba por el pasto. Antes, había gambeteado a cuanto sajón le salió al paso. Dice la leyenda que después de convertir el tanto, con Argentina atragantada de emoción, con los relatores trasandinos llorando al aire, Diego corrió a celebrar. Saltó sobre sí mismo y cayó de rodillas en el pasto, bajó la cabeza y se persignó, luego la subió y dijo: "Gracias, Señor". Entonces, detrás de una tribuna se escuchó: "No, gracias a vos".
Argentina salió campeón y Maradona llego al punto más alto de su vida. Despues de eso, la caída en picada, lenta pero sostenida. Maradona, farrero, mujeriego y dispuesto a darse la gran vida y todos los lujos que en su infancia no tuvo, encontró en Nápoles, la ciudad de la camorra, el lugar ideal para dar rienda suelta a sus instintos. Apareció vinculado a la mafiosa familia Giulian, por un escándalo de apuestas clandestinas en el fútbol y partidos arreglados, conocidas como "el totonero". Él negó el vínculo pero después fue visto en la boda de la hija del padrino del clan. En otro episodio, Cristina Sinagra, una joven napolitana, pidió a los tribunales que Diego reconociera la paternidad de un hijo que concibieron durante un intenso romance en 1986, cuando Claudia estaba en Argentina. Despues comienzan los problemas con su club cuando decide alargar sus vacaciones en su país sin permiso de nadie. Como si no bastara, decide dejar los entrenamientos. Entremedio se produce su fastuosa boda con Claudia Villafañe, en Buenos Aires, donde arrendó un avión especial para llevar a sus amigos europeos.
En el Mundial de Italia 90 y de la mano de Maradona, la albiceleste está a punto de dar un nuevo batatazo, al llegar a la final derrotando a la Scuadra Azurra, cuestión que en la península nunca le perdonarían. De vuelta al campeonato, nuevamente se niega a entrenar y el club congela su sueldo: Entonces queda al descubierto que el noventa por ciento de este es administrado por un fondo vinculado a la mafia. Implicado en prostitución y cocaína por la prensa, un antidoping despues de un partido con el Bari arroja residuos de la "diosa blanca". Él acusó una venganza, una vendetta. Galeano lo describió así: “Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe". Quince meses de suspensión lo hicieron sospechar de la conjura de grandes poderes, pero un mes más tarde la policía de Buenos Aires lo arrestó en un departamento de Caballito. Una vez más, la coca lo tenía preso.
Pero el mundo no quería privarse de su talento y en 1992, tiene un fugaz paso por el Sevilla de España. Con un "Me cago en la puta que te parió" le hizo saber al entrenador Carlos Salvador Bilardo que no le gustaba que lo tuviera fuera del equipo por guatón y farrero. Despues de doce años volvió a Argentina, se puso la tricota de Newells Old Boys y enseguida la de la selección que se aprestaba a jugar el Mundial de Estados Unidos. Parecía la resurrección de Diego, a la que colaboró el imperio comercial de una fiesta transformada en un suculento negocio: Para masificar el fútbol en el país del norte, Maradona era un nombre imprescindible. Pero la santa alianza se rompió en un abrir y cerrar de ojos. Por esas cosas del fútbol, justo él salió sorteado para hacerse doping luego del partido contra Nigeria. Por esas cosas también del fútbol, los exámenes salieron positivos. Efedrina era la sustancia, un típico antrigripal. Era "la señora FIFA", como diría Pedro Cancuro. Rabia, desazón, Argentina entera nuevamente llorando. Nada igual desde Evita o Gardel. Quince meses más de sanción sin tocar la pelota y una actitud desafiante: "Yo les he dado de comer a ellos, los de la FIFA. Ellos a mí no me han dado nada. Ellos no han jugado una sola vez al fútbol y no saben qué se siente al estar dentro del campo. No me han matado y no me matarán".
Volvió a vestir de corto por Boca Juniors, pero la cosa terminó igual: Otro doping positivo. En octubre de 1997 jugó su último partido. Es cierto, a Diego no lo mató nadie, pero en esta pasada casi se mata él mismo. La prensa trasandina le dio el premio al mejor del siglo. Pero no está solo y eso tiene una razón: “No soy violinista, no soy un bailarín o un músico. No, yo soy del pueblo y con una pelota hice mi carreta, y con ella hice una vez felices a los argentinos".
LA ÚLTIMA FIESTA LE COSTÓ A DIEGO ARMANDO MARADONA CASI EL CUARENTA POR CIENTO DE SU CORAZÓN. LA CUENTA ES AÚN MÁS DURA PARA EL ARGENTINO: SE ACABÓ LA JUERGA. AHORA, UN TRAGO DE ALCOHOL O UNA PIZCA DE DROGA LO MATA. SIN EXAGERAR

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