La otra ola verde
Pues bien, el pasado viernes conocí a alguien que la vivió a su manera:
Tomé el taxi en la esquina de siempre. Desde que me monté noté que el hombre era un poco más que un taxista. Me pareció un hombre maduro y observador pertinaz:
-Estos carros de hoy ya no son ni una copia mala de los carros de antes- dijo con ese tono nostálgico y alcancé a pensar en casi todos los comerciantes y tenderos y transportadores y casi todos los viejos que transan con dineros, siempre diciendo que todo tiempo pasado fue mejor.
-Yo manejé un Dodge Dart. Y esos carros sí eran finos- siguió su salmodia.
Mientras él conversaba, lo escuchaba atento pues el viejo era amable y simpático. Tenía la simpatía propia de esos viejos maduros criados en un tiempo y un espacio en que no había tanta pose (ya el viejito parezco yo).
-Es que donde nos choquemos no queda nada: si acaso aquí va mil cien kilitos: el carro pesa exactamente 960 kilos, más los 60 suyos y los míos. Dijo él, que se llamaba Javier, y yo pensé que eran demasiados datos en tan poco tiempo. Como diría el sagaz Chapulín, lo tenía todo fríamente calculado.
La noche era fresca y se sentía detrás, afuera del cristal un vientecillo cálido que atizaba la noche, y los buenos recuerdos. Y pintaba buenas perspectivas. Cuando íbamos cruzando al lado de unas lozas que quedaron como testimonio del sitio donde estuvo el Cementerio San Lorenzo, el de los pobres de Medellín, comencé a hablar de suerte. Le dije que mis días postreros habían sido una seguidilla de buenas acciones. Que al contrario de los primeros del año, ahora todo me salía a pedir de boca.
-Es que uno tiene su días… dijo el hombre de unos 60 y algo. Se acomodó en la silla y me miró:
Cuando él dijo eso hizo una pausa y frenó en seco para atender una señal del disco rojo que lo obligaba a detenerse.
-Uno tiene sus días… a mi hoy, por ejemplo, me pasó algo que nunca…
Dijo don Javier, y como a la usanza de los viejos cronistas y buenos contadores de historias iba deteniendo el paso para generar algo de suspenso a lo que seguiría. Y yo, mente inquieta a cada siempre, pensaba en qué le habría pasado a ese buen hombre para que estuviera tan animado. Alcancé a pensar en una buena propina de un pasajero, pensé en que alguien había dejado un sobre, el lo entregara y luego recibiera una buena bonificación… en fin.
En todo eso pensé mientras me hablaba el suertudo Javier.
Él siguió:
-Imagínese que me tocó recoger una carrerita en el occidente. Iba para El Poblado pero bien arriba…(mi mente seguía pensando en la propina pero ya había tranzado con mi mente incluso en que la carrera era buena en cuanto al taxímetro y que de bajada le había tocado recoger una para el aeropuerto o para Bello como mínimo)
…Y entonces dejé la señora y me devolví, y cuando venía en La Frontera, el semáforo en verde…
(Ahí fue la carrera, pensé)
Ya entonces el hombre sonrió y para recordarme toda su suerte terminó su relato:
-Cómo le parece (abrió sus ojos) que uno es muy de buenas: pasé ese semáforo en verde y luego todos, todos, absolutamente todos los semáforos hasta el centro me tocaron en verde y ¡llegué en menos de cinco minutos al centro!
Cuando me bajé en el Parque de El Poblado me dijo que le me llevaba exactamente hasta donde yo iba porque quería seguir hablando conmigo. Eso me dijo y le hablé de Mockus, y él me dijo que también le gustaba. Y me dijo que se llamaba Javier.
Ese viernes, don Javier había vivido, a su manera, la ola verde.

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