sábado, 1 de mayo de 2010

Festival vallenato: Más allá de la tarima.

Por: Guillermo Zuluaga Ceballos

En 1999 cuando el periodista norteamericano John Lee Anderson estuvo en Colombia para escribir sobre García Márquez, se asombró al descubrir que todo ese realismo mágico que le atribuyen al Nobel colombiano hacia parte de la realidad del autor. Anderson había recorrido Bogotá y algunos sitios del interior del país, pero fue a su llegada a Barranquilla cuando comprendió todo con más claridad: sin llegar hasta la Costa Atlántica seria muy difícil entender que allí se conjugaban las más arraigadas creencias religiosas con los ritos y tradiciones populares. Pero ante todo, Anderson pudo percatarse que en la Costa Caribe colombiana todo es posible.

Pues bien, yo también pude comprobar esto a principios del 2002, cuando acudí al Festival de la Leyenda Vallenata, fiesta que se celebra al final de cada abril en Valledupar. Siempre me han atraído los temas culturales colombianos, y llegué hasta esta ciudad sabanera, deseoso de conocer un ritmo que gracias a nuestros artistas es casi un referente de la identidad latinoamericana, no obstante haber surgido de lo mas autóctono de nuestra realidad colombiana.

Y bastaron tres días para entender a Anderson, en el festival vallenato, como en todo lo que ocurre en la costa, nada es imposible: hay un fabricante de acordeones que no es alemán, un virtuoso intérprete indígena de tan solo 13 años que reclama para sus ancestros este ritmo musical y un gringo que conoce más de vallenatos que muchos nacionales. Además de la notoriedad de sus experiencias también son a la vez la prueba de que este aire musical ya no sólo le pertenece a los del valle de Upar, ni siquiera a los colombianos, sino que diversas culturas se han encontrado para bailarlo, cantarlo, interpretarlo y conocerlo tanto o más que los mismos habitantes de nuestra zona caribe.

El vallenato, ese ritmo que conjuga el sonido de cajas, guacharacas y acordeones, resumen musical de tres continentes según el periodista Daniel Samper Pizano, ya no está reservado sólo para las gentes de la Costa norte colombiana y ahora hace parte de su patrimonio cultural, e incluso gracias al éxito de algunos artistas como Carlos Vives que lo han difundido por el mundo, es referente de identidad latinoamericana.

No es solamente Vives, al fin y al cabo surgido de estos parajes. Artistas como Leo Dan, Serrat y Julio Iglesias, presas de sus encantos, lo han conjugado con sus arreglos modernos, y han fundido el tono melancólico del acordeón entre sonidos de bajos y baterías. Este auge internacional que a muchos encanta a la vez puede ser factor determinante para su desaparición como ritmo autóctono. Sintetizadores y salas de grabación poco a poco irán borrando su impronta.

En mi niñez escuchaba a través de la radio uno que otro vallenato cuando en las emisoras populares se colaban entre la programación vespertina. Me llamaban la atención las historias narradas en las canciones de Los Corraleros de Majagual, Alfredo Gutiérrez, El Binomio de Oro, Otto Serge, entre otros. Poco a poco se escuchaban más a menudo a través de todo el dial y entonces me di cuenta que el Vallenato dejó de ser autóctono para volverse comercial y que las historias propias de ese contacto de quienes componían las melodías con su gente y con su entorno le cedieron el paso a las historias de amor y de despecho. Ya “las casas en el aire “ y “los mochuelos en los Montes de María”, se marcharon y llegaron los te amos y porquémedejastes.

Sin saber mucho sobre este ritmo, extrañaba de todas formas sus letras y sonidos que me acostumbraron en la niñez. Por ello desde que supe que en Valledupar se reunían durante una semana los exponentes de este ritmo, amasé un par de años la idea de la visita y hasta soñé con conocer a juglares como Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Francisco Rada o Rafael Escalona.

No sabia ni sé nada absolutamente de Vallenatos pero he sentido admiración por todo lo que ha hecho parte de nuestras tradiciones y costumbres. Por ello, en el 2002 no le di mas largas y llegué hasta Valledupar para conocer algo sobre una de las fiestas más tradicionales de Colombia.

Arribé una mañana de sábado, después de catorce horas de viaje desde Medellín. La programación del Festival incluye desde el concurso de acordeoneros profesionales, infantiles y aficionados, desfile de piloneras, hasta la celebración de actos académicos y ceremonias religiosas. Como dejara las maletas en un hotel me dirigí a la plaza pues los eventos empezaban desde las diez.

A esa hora los inscritos se encaramaban en la tarima Francisco El Hombre, para participar en el concurso de acordeoneros, quizá la parte del programa más original, pues es donde se elige al Rey Vallenato. “El Festival es el máximo certamen donde se muestra este folclor y por ello ser Rey está influido por la idea de continuar una tradición que hace parte de su cultura”, me explicó John Jander García, Director de la principal emisora de este género en Medellín. “Tradición que está muy mediada por la idea de continuar una dinastía pues hay familias como la Rois, los Zuletas, en la cual hay reyes consagrados y por ello los jóvenes quieren emularlos”.

No obstante, ser Rey es la posibilidad de darse a conocer ante un país que cada vez se apropia más de este ritmo. “Un Rey Vallenato vende”, sentenció.

Por ello se cuentan por cientos los concursantes que llegan de las zonas rurales de la sabana costanera, de donde surgió este aire popular, e incluso, prueba de su expansión irremediable, en este año 2002 hubo grupos venidos de los sureños departamentos de Huila y Putumayo.

Y no es únicamente para los participantes. Para los amantes y conocedores del ritmo raizal, ésta es la parte del programa que sienten más propia y por ello, pese a la canícula cientos de transeúntes se aferraban a las barandas dispuestas en la plaza, para no perderse un solo tema.
A la par de los eventos musicales, durante el festival hay espacio para actividades académicas pues el objetivo primordial es dar a conocer y no dejar perder esta tradición, lo cual se convierte en oportunidad para que muchos conozcamos sobre este folclor. Al mediodía, como el sol parecía morder la piel con sus rayos, y un viento caliente y dulzón, se aferraba de la nariz, aproveché para ir a unos de los actos programados. Cuando entré a uno de los tantos recintos preparados para la ocasión, pude ver que el festival es centro de atracción de gran parte del país. En ese sitio me encontré desde humildes hombres llegados con sus atuendos desde la sierra Nevada de Santa Marta hasta consagrados artistas de la farándula y de la vida pública nacional. En la platea se reconocían las figuras del compositor Rafael Escalona, el Procurador General de la Nación, Edgardo Maya Villazón, el exfiscal Alfonso Gómez Méndez y el expresidente Alfonso López Michelsen.

Este Festival surgió de la tradición religiosa. En alguna de las tantas publicaciones que circulaban por la cuidad supe que en la época de la colonia en esta región se enfrentaron españoles con los indios que la poblaban, y que éstos últimos envenenaron las aguas del río Guatapurí, buscando defender sus territorios de los intrusos. Los españoles bebieron de esta agua y próximos a morir vino la Virgen del Rosario y los salvó. López Michelsen, en su calidad de impulsor del festival, comentando sobre sus orígenes también recordó la anécdota ante el auditorio que lo escuchaba con reverencial atención y agregó que desde ese tiempo en Valledupar se celebraba a finales de abril una ceremonia en recordación de tal milagro, pues gracias a ella, españoles, indios y esclavos pudieron convivir en paz. “Nosotros lo único que hicimos fue introducirle el elemento musical, el aspecto festivo, a algo que antes era más la evocación teatral de un episodio”, dijo el expresidente quien a cada año viene a Valledupar.

Para rememorar este hecho anualmente se realiza una peregrinación con una Virgen del Rosario por las calles de esta “Cuidad de los Santos Reyes” -apelativo de Valledupar-, con personas disfrazadas de españoles, de esclavos, acompañados de indios, vistiendo sus atuendos típicos v cargando productos de sus regiones quienes representan el suceso del río ocurrido unos 400 años atrás.

Y aunque el presidente con cierta modestia habló durante su charla de “nosotros”, puede hablar como ningún otro en primera persona. En 1967, siendo gobernador del reciente departamento del César, al ver que no existía ninguna fiesta tradicional en la ciudad le pidió a su amigo y compositor Rafael Escalona y a Consuelo Araujo Noguera que organizaran un festival en Valledupar. Así lo hicieron. En 1968, a la tradicional fiesta de la Leyenda Vallenata le agregaron el primer concurso de acordeoneros y aunque muchos afirmaron que esa “locura no duraría ni 3 años”, un grupo de amigos, logró sacar adelante esta fiesta cultural. A tal punto ha sido su entrega que hoy 35 años después, esa “locura” se erige como uno de las fiestas tradicionales más representativas de Colombia.

No llegué hasta Valledupar para escuchar expresidentes, aunque confieso que cuando un fotógrafo internacional ofreció tomarme una foto a su lado acepté encantado, y aún la conservo. Más que una fotito o un discurso, mi curiosidad me desbordaba. Por fortuna, durante las próximas jornadas pude conocer por qué este aire poco a poco invade a todo el planeta.

En la primera noche asistí a la fiesta cerca de la tarima. Los que querían ser reyes vallenatos durante el día, como cayera la tarde, les cedieron su sitio a los artistas de renombre que asisten pagados por las grandes disqueras. El evento aquella noche, como todos en este festival estuvo dominado por un afiche gigante de la ministra de Cultura Consuelo Araujonoguera, vestida de Pilonera, quien fuera asesinada a finales de 2001. El encuentro empezó con una emotiva videoconferencia en la que el expresidente norteamericano Bill Clinton, expresó el pesar por la muerte de quien admiraba y a quien le debía lo que sabía acerca de este ritmo. “Estoy en deuda con ella porque me enseñó que el Vallenato era la mejor forma de contar una historia”, dijo quien hasta hace poco era el hombre más importante de la tierra. Tras las palabras de Clinton, se presentaron Alquimia, grupo que reencauchó a la Sonora Matancera, Diomedez Dionisio Díaz, hijo y sucesor de Diomedez Díaz, quien le ha dado carácter festivo al este ritmo y es el mayor vendedor de discos de este género en Colombia, y un grupo infantil de violinistas de una escuela de vallenatos que interpretó melodías raizales, quienes pese al renombre de los otros artistas se robaron más aplausos. Por mi mente pasó como una ráfaga el recuerdo del momento en que Clinton en la Casa Blanca le quitó a uno de los chicos que llegaron hasta allí, su sombrero vueltiao, y desde entonces éste atuendo desplazó al de paja, y hoy por hoy es uno de los símbolos de nuestra identidad.

Acordeones pa’ rato
¿Se imagina usted que por algún motivo en Europa se cerraran las fábricas de acordeones? ¿Qué ocurriría si algún problema diplomático obligara a cerrar fronteras y no pudieran ingresar estos instrumentos? ¿Cómo será un vallenato sin acordeones? Pues bien, “el asunto sería bien fregao” como dicen en la costa Sin embargo, no hay de qué preocuparse: durante mi visita pude comprobar en una vez mas que el ingenio colombiano alcanza para todo. En Valledupar está el primer colombiano que fabrica acordeones. Y a juzgar por lo visto, tenemos acordeones pa rato.

Don Javier García Colantes, es el primer y único colombiano que fabrica acordeones en Colombia. Un colega fotógrafo, de una agencia internacional, me habló de él. Al segundo día marqué su número telefónico y como aceptara gustoso mi visita, me fui a buscarlo.

Lo encontré en la casa marcada con el 70-5 de la Carrera 24 en Candelaria Norte, barrio periférico de Valledupar, de calles sin pavimento y donde en algunas partes la maleza se colaba entre las piedras que abundaban en el piso polvoriento. Don Javier es un hombre grueso, de mediana estatura, piel canela y rasgos indios. Cuando llegué a su amplia casa, de tres plantas y de muros recientes, me saludó amistoso y me invitó a seguir al taller, ubicado en la parte trasera de la primera planta. El sitio es un pequeño cuarto donde estaban dos estantes metálicos llenos de herramienta, una pequeña mesa y dos ventiladores. Una puerta metálica que da a la calle tiene una rendija en el centro por donde se cuela un chorro de luz que ilumina el entorno. Conocedor del motivo de mi visita, don Javier empezó de inmediato el relato revelando el secreto divino de su arte: “Dios me dio la sabiduría” me dijo, mientras que sus manos callosas y machucadas agarraban un destornillador y un acordeón desarmado que estaban sobre la mesa.

Don Javier comenzó a desbaratar un acordeón así mismo como si también desbaratara su pasado, y de la misma forma empezó a mover los tornillos de su memoria devolviéndose de sus 38 años a los 19, edad en que empezó a tocar el acordeón a pesar del poco apoyo de su padre, pues en esa época decían en su tierra, que quien se metiera en ese ambiente era tomador o drogadicto. Acolitado por su madre empezó a aprender, pero como no había dinero para arreglar el instrumento, él mismo tenía que hacerlo. “Yo comencé tocando, me gané 10 festivales en la Guajira, y cuando participaba y algo se dañaba iba donde don Ovidio Granados, el técnico de Valledupar. El me arreglaba la música (las liras), lo otro lo hacía yo”, me dijo. “No se por qué, pero siempre me creía capaz de hacer lo que se me dañaba. Todo nace de mi necesidad económica y de que nadie en el medio sabía arreglar”.

Esa mañana, Don Javier no paraba de mirar un fuelle que intentaba organizar y mientras lo armaba, seguía escarbando en su memoria. Me contó que lo que sabe lo heredó de sus ancestros indígenas, pues, según él, los indios tienen las características requeridas para este oficio: habilidades manuales y mucha paciencia. Aunque, reiteró que “para hacerlo hay que estar acompañado de Dios”.

Y acompañado del de Arriba, en su juventud siguió interpretando y arreglando las piezas que se le dañaban. Inquieto, prontamente descubrió que pocos acordeones tenían estuches, pues los traídos de Alemania no eran muy durables y cuando se acababan, el instrumento quedaba desprotegido. Aprendió a realizarlos entonces y con los primeros que hizo, se fue a las calles a ofrecerlos. Esto duró poco: salió tres veces y como el primero lo vendió al famoso acordeonero “Cocha” Molina, su fama se regó como el fuego en un maizal, y prontamente llegaron muchos compradores a buscarlo. “Yo hacía estuches para dos acordeones y por eso me fue muy bien pues innové a los alemanes que sólo lo hacen para uno”. Detrás del Cocha vino Juancho Rois, acordeonero del Cacique de la Junta, Diomedez Díaz y entonces la fila esperando por uno afuera del taller de don Ovidio se extendió varias cuadras.

Y detrás de los estuches vinieron las correas. “Cuando se aparecían por los acordeones me preguntaron si sabía hacer correas”. Entonces, apenas escuchada la inquietud, aprendió a hacerlas.

No paró ahí su curiosidad ni su ingenio. Muy pronto estuvo marcándole a los instrumentos las letras de las casas fabricantes o los nombres de los intérpretes, práctica muy común entre los acordeoneros quienes lo hacen para exhibir su instrumento en las presentaciones y para que se sepa quién toca sin necesidad de ser anunciado.

El primer acordeón
El acordeón es un instrumento musical originario de Austria a principios del siglo XIX, pero fueron los alemanes los que lo trajeron a América a finales de aquel siglo cuando las hambrunas obligaron a salir a millones de europeos en busca de nuevas tierras. Y aunque se fabrica en varios países como Francia e Italia, son los alemanes los más famosos y solicitados en todo el mundo. A Colombia llegaron y llegan principalmente por el puerto de Maicao, donde varias empresas se dedican a importar tan apetecido instrumento en la zona Caribe. Sin embargo desde hace unos seis años la importación ha bajado considerablemente a pesar de que el auge del Vallenato crece considerablemente. “Todo empezó cuando los colombianos aprendimos a hacer las piezas”, me explico con cierta malicia.

Don Javier es expresivo cuando está hablando del acordeón al cual conoce tanto como un médico forense la anatomía humana. Ese continuo desbaratar, armar, mejorar las piezas alemanas, lo llevó hace seis años a pensar en realizar su primer acordeón. Cuenta que de a poco adquirió las herramientas: taladros, troqueladora, destornilladores, reglas, escuadras, y se animó a imitar un acordeón completamente. Labor que se creería fácil, si no fuera porque me contó que el acordeón tiene más de mil piezas y que el solo fuelle está compuesto por 345. “El buen sonido lo garantiza la fuerza de la lira y ésta se logra con buenos empaques, y todos lo resortes puestos en su sitio exacto” calma mi curiosidad, mientras me enseñaba uno que tenía en su mano.

El que realizaba esa mañana era un encargo para Riohacha y me dijo que se demoraba todavía diez días para entregarlo. “Un acordeón se hace en 15 o 20 días, pues no puede hacerse rápido ya que todo es manual y tengo que dedicarme a reparar”. Don Javier admitió ser capaz de hacer uno en cinco días y garantizarlo por 20 años.

Por ello su fama traspasó fronteras y de los 28 que ha fabricado ha vendido varios a Ecuador, Venezuela y Estados Unidos, países embrujados desde hace unos años por los acordes Vallenatos.

Don Javier resaltó no obstante que su arte consiste en mejorar los alemanes. “Están viniendo muy comerciales, no traen buenos estuches ni correas, la madera se pela muy fácil y hay que reforzarles el diapasón”. Ese arte de innovar lo llevó a fabricar un protector, pieza impermeable puesta detrás del acordeón para preservarlo de la humedad y no dañar la camisa del intérprete. Esta técnica le ha dado mucho resultado y fue, según iba yo descifrándolo, otra herencia divina: “Yo eso se lo debo a Ramón Vargas- enfatizó-. No lo conocí, no supe quién era, pero el día de su muerte, un muchacho de Barranquilla me regaló un protector, lo observé por un rato y me decidí a fabricar uno”. Don Javier acompañaba sus palabras con esa mirada supersticiosa propia de las gentes caribeñas.

Digno representante de esta cultura caribe me dijo que la vive y la siente. Por ello, con la misma paciencia que apretaba un tornillo en el diapasón, me hablaba del origen del vallenato. Una historia bien diferente a la narrada por el Expresidente López. “A la gente de esta región del país se le despigmentaba la piel y quedaban como bebés de ballenas, y por esto nos llaman Ballenatos”. Pero igual esta palabra define el ritmo musical de esta zona Caribe. “El vallenato es lo que nos identifica, lo nuestro, lo tradicional, la mezcla de guacharaca, caja y acordeón”. Don Javier parecía emocionarse y como para remachar sus palabras cogió su acordeón que lo mantiene a la mano en su taller y empezó a interpretar una puya. Como terminara de sacarle melodías, con un vago dejo de reproche se quejó de que al Vallenato, “le han metido mucha cosa” y que si por él fuera lo evitaría. “Yo pongo de mi parte para conservarlo”, me aseguraba mientras descargaba su acordeón. “Cuando toco, toco lo nuestro y cuando escucho música, lo hago únicamente en Radio Guatapurí”, (emisora de la Cacica Consuelo Araujo Noguera que programa sólo el vallenato tradicional).

Sobraría afirmar que don Javier aprecia mucho el festival, el cual “vive” desde los tres años, y en el cual participó aunque sin mucho éxito. Admira al acordeonero Juan David “el pollito” Herrera. Pero su arte no se torna vanidad. Se siente igual de halagado, me aclaró, cuando le hace un acordeón a un famoso que a un desconocido. Halago que ha tenido en 28 oportunidades y halago de saber que en promedio de cada mil instrumentos que hay en la costa 997 han pasado por sus manos.

Pero no todos en la zona están que se bailan con su invento. Al contrario su trabajo ha generado celos y mal entendidos. “Me contaron que en Maicao los turcos están guapos (molestos) conmigo”. En efecto, en los almacenes de repuestos y acordeones de esta ciudad, se vendían hasta 30 mensuales y hace poco una empresa cerró sus puertas y se fue del país, pues un acordeón alemán vale dos millones 400 mil pesos y con los refuerzos que le hace don Javier queda en 2 millones 550 mil. Sin embargo, los que él fabrica valen a millón 700 mil.

Don Javier ha sido consciente que su trabajo contribuye a que permanezca y se propague su cultura. Sueña con tener una fábrica de acordeones “pero no en un solo sitio”. Desea que esté en diferentes partes para que la gente haga los repuestos y se los envíe para él fabricar los acordeones. “Sería mi estrategia de convivencia, de respeto” aseguró convincente.

Está casado con Mayra Alejandra, una morena gruesa venida de Hato Nuevo, Guajira, y es el padre de Javier Arturo y Helena, quienes le siguen sus pasos. “Mis hijos ya tocan acordeón- dijo orgulloso mostrando su blanca dentadura-. Mi nena, por ejemplo, se sabe ocho canciones y las interpreta”. Luego tomó aire y reafirmó sus palabras, “es admirable. Se aprende una canción por día”.

Y cómo no habrían de seguir sus pasos, pensaba yo mientras él trabajaba, si desde antes de nacer los envicia a estos aires: “cuando mi esposa ha estado embarazada, le recuesto el acordeón sobre su vientre y le toco melodías a mis hijos”. En su rostro se dibujó un gesto de alegría.

Don Javier hasta hace ocho meses tuvo una empresa de arrendamiento de acordeones y llegó a tener 18 instrumentos de su propiedad. Luego me explicó que los acordeones no pueden ser costosos: “un acordeón caro sólo sirve para ponerlo en un estante y decir que es caro. Este debe ser sencillo, liviano, fácil de manejar, para poder transmitir tristezas y alegrías”. Aunque las tristezas parecen esquivas para los habitantes cuando tienen en frente un acordeón y por esto piden hacerse acompañar de éste, hasta la tumba y que los despidan con canciones. El, por ejemplo, pedirá uno de sus preferidos, Héctor Zuleta, (hermano de Emiliano, compositor de la Gota Fría) o una de Diomedes, el mejor verseador, el más jocoso de los intérpretes Vallenatos, según el, o una de Oñate, o de Rafael Orozco.

Cuando don Javier mencionó estos nombres, quizá para no recriminarse luego su olvido, inmediatamente recordó que hace poco le arregló un acordeón a Emiliano Zuleta, y cuando fue a entregárselo se quedó un rato a tocar con el “Viejo Mile”. “Emiliano está derecho: conoce la plata y eso lo dice todo, compadre. Es que cuando uno no conozca el billete está fregao”. Don Javier se quedó en silencio, apretó una tuerca con sus manos y parecía como si con sus dientes apretara otras palabras. Luego las aflojó poco a poco: “uno quisiera que esos viejos no se murieran, que se quedaran para siempre y parrandear con ellos, abrazarlos, o al menos verlos por televisión. Es que no tienen reemplazo. A lo mejor nacen mejores pero como ellos nunca”.

Don Javier aseguró que su éxito se debe a que responde por los trabajos y los entrega a tiempo. Le ha ido muy bien y desde hace seis años cuando empezó a fabricar acordeones ha comprado casa, carro y vive cómodamente con su familia. Sin embargo su gran satisfacción, me dijo, es enseñar y saber que su arte contribuye a que el vallenato suene por mucho tiempo.

El futuro del festival
El Parque Recreacional La Vallenata en las afueras de Valledupar, es un área de tres cuadras, donde hay juegos mecánicos para niños, y unas amplias zonas verdes donde la gente camina. Durante el Festival llegan hasta allí muchos visitantes pero no vienen por las atracciones mecánicas, o para divisar las montañas grises y cobrizas de la sierra Nevada que alcanzan a observarse, sino porque en este lugar se realiza el Festival Infantil de acordeoneros.

Pienso que si bien don Javier seguirá haciendo acordeones, no sólo de esto dependerá el futuro de este aire autóctono. Serán los chicos, las nuevas generaciones las que continuarán con esta tradición. Pensando en esto, el domingo en la tarde, me fui hasta allí. Al llegar sentí la música desde afuera y luego observé cómo al lado de las raíces de los frondosos árboles, se formaban corrillos donde chicos que aún no alcanzan el metro de estatura, sin saber de machismos ni de vaquerías, ejecutaban el acordeón y cantaban como muchos adultos quisieran hacerlo.

Debajo de una de las carpas con los nombres de las empresas patrocinadoras, sobresalía la figura de un chico que ejecutaba magistralmente el acordeón, acompañado por otros dos niños que tocaban caja y guacharaca. El del acordeón es delgado, tiene rasgos indígenas y lucía sombrero blanco de paja. Detrás de él, unas mujeres agitaban una pancarta con un nombre que no alcancé a entender a primera mirada. Cuando los chicos terminaron su participación se escuchó un aplauso ruidoso y una gritería efusiva. El chico se bajó de la tarima y las mujeres soltaron las pancartas para colmarlo de abrazos.

-Es de nuestra comunidad- dijo una de las mujeres, de tez morena y de cabello negro lacio, cuando notó mi presencia. Luego emocionada repitió un par de veces que el chico se llamaba Arismalder Loperena Vega.

Arismalder es el único chico participante indígena del Festival Infantil. Cuentan que vive en las estribaciones de la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá, región poblada de indígenas Kogui Arwuaco. Desde allí salió con un grupo de familiares de su tribu Wiwa. Bajaron en mula desde la sierra. Luego de un par de horas llegaron a San Juan, Guajira y tomaron un bus con destino a Valledupar.

“Nosotros los indígenas también queremos participar porque tenemos una rica cultura para mostrar aquí y en el exterior”, se emocionó la mujer, mientras abrazaba a Arismalder.

“Además -siguió diciendo- queríamos rendirle un homenaje a la Cacica porque fue fiel exponente de nuestro folclor”.

El chico estuvo mirando atento a la mujer mientras hablaba. Sin embargo sus ojos expresivos delataban que él también quería decirme algo. Le pedí entonces al chico que nos retiráramos un poco de la gritería y sin preguntarle empezó a contarme de su certeza de que el jurado le calificaría muy bien. “Llevo más de cuatro meses preparándome, todos los días física y sicológicamente, para este concurso”, me aseguró.

Luego este muchacho de trece años habló de su aspiración. Como todos los que han venido a participar tiene una sola: ser Rey Vallenato Infantil.

“El Vallenato significa lo máximo, lo nuestro, lo que nos gusta, nuestra mejor expresión cultural”, habló ceremonioso este hijo de una profesora rural.

A su corta edad ya entendía los riesgos que corre el Vallenato desde que se hizo conocido mundialmente: “nosotros los indígenas queremos que se conserve puro, autóctono”.

Arismalder Loperena cursaba en aquel entonces noveno grado. Me dijo que le gusta la Educación Física y no tanto las Matemáticas. Practica el fútbol y desde la Sierra hincha por el Atlético Nacional, de Medellín. Sin embargo su gran pasión es el aire de las guacharacas, las cajas y los acordeones que siempre ha escuchado en su comunidad.

“Cuando sea grande quiero grabar un disco con El Binomio de Oro, con Los Diablitos, o con Poncho Zuleta”, abrió sus ojos de cachimbre este admirador de Juancho Rois y del “Pollito” Juan David Herrera.

Arismalder es un experto en Vallenato, por esto cuando le pregunté por sus preferencias me dijo que le gustaba el Merengue y la Puya. Y como para que no quedara duda llamó a sus dos pequeños compañeros e interpretó una de éstas. El supuesto duelo entablado con un personaje imaginario, acompañado por el sonido cadencioso y alegre del acordeón, atrajo nuevamente las miradas de sus familiares quienes se alelaron mientras el chico hacía llorar a su acordeón.

Al lado de Arismalder se acomodó su padre, un exgobernador de la tribu Wiwa. Se llamaba igual que su hijo a quien observaba atento. Sus grandes ojos negros delataban entusiasmo. “Yo creo que la música se lleva en la sangre”, me dijo sin perderle movimiento a las manos de su hijo. “Papá era cajero y yo también toco la caja, la guacharaca y el acordeón. Quise ser músico y no pude pero ahora le doy la oportunidad a mi muchacho y me siento muy representado en él”.

Don Arismalder ama su folclor. “Este aire musical es la identificación de nuestra cultura de Valledupar, de la Guajira; es que cuando uno llega a una parranda y no siente el acordeón, eso no es parranda”.

Por ello, sin el menor asomo de duda reclamó para sus ancestros este aire popular: “El Vallenato nació en la Sierra, en los indígenas. Aquí en el valle hablan de él desde hace unos setenta años y en la Sierra hace más de cien, por lo cual nosotros sabemos más de Vallenato que los de aquí”.

Don Arismalder estaba muy optimista aunque temeroso de que a la elección de su hijo le “dieran manejos políticos”. “Hay muchas influencias, y no estoy en la rosca. Lo único que deseo es mostrar que en mi pueblo también hay capacidad para interpretar el Vallenato”, dijo Arismalder. “Los indígenas queremos vincularnos más fuerte a este festival de la Leyenda Vallenata y por ello creo que tiene mucho futuro”, me habló sin el menor asomo de modestia. Y escuchando interpretar a este chico que aún no descansa de sacarle melodías a su acordeón, cualquiera creería en sus palabras.

“Colombia no es sólo narcotráfico y violencia”
La garantía de que esta fiesta popular pervivirá por mucho tiempo no tiene su única explicación en el arraigo que sienten muchos habitantes cercanos a la Sierra y a los pies del Valle del Upar. El sonido del acordeón que evoca nostalgias y alegrías se riega poco a poco por todo el mundo, y su festival de la Leyenda Vallenata se ha convertido en una grata noticia acerca de este país que exporta nuevas sobre masacres, secuestros y bombas. El aprecio por el festival y por el vallenato se estira al ritmo que lo hace un diapasón en una fiesta sabanera. Y esta trigésima quinta versión estuvo plena de periodistas: 310 acreditados y muchos otros por cuenta propia, se les veía al lado de la tarima, asistiendo a las ruedas de prensa, tomando fotos, grabando videos, logrando muchas entrevistas pues allí se concentran no sólo los humildes acordeoneros, sino personajes de la política y el espectáculo. Juglares de pies descalzos caminaban al lado de reinas de belleza y expresidentes convirtiéndose este festival en una suerte de sincretismo cultural.

Entre el grueso número de comunicadores, del cual una veintena vino del extranjero, se distinguía la presencia de un par de gringos que iban de aquí para allá, pero siempre alejados de la tarima donde se realizaban los espectáculos musicales. Se acreditaron como Jamerson Kent y Richard Wray, de la Spy Hop Productions, de Utah, Estados Unidos.

Cuando el sol dominguero empezaba a esconderse detrás de la sierra, los encontré sentados afuera de una vieja casa colonial cerca del centro, hablando con dos señoras de vestidos floridos. Ellos llevaban puestas ropas modernas y encima un par de ponchos sabaneros. Jamerson, alto, de cabello dorado y ojos azules, tenía 28 años. De voz delgada, hablaba perfectamente el español. “Nosotros estamos acá porque queremos hacer un documental sobre el Vallenato- me dijo-. Pero no sobre el festival sino sobre la cultura Vallenata para mostrar que Colombia no es sólo narcotráfico y violencia”.

Su interés no es fruto del azar. La primera vez que Jamerson vino a Colombia, a la Universidad de los Andes, escuchó un Vallenato y quedó “fascinado”, por lo cual quiso conocerlo. Y lo logró. “Del Vallenato me gusta la forma de expresarse, la composición; es un folclor vivo, nostálgico, aunque por fortuna no hace parte de del pasado”.

Así mismo señaló que lo más importante para él es la conexión de este aire popular y Gabriel García Márquez, su autor preferido, pues para entender su obra hay que venir hasta esta tierra: “de Gabo me gusta cómo narró la historia de Colombia. Muchos creen que lo de él es invento pero cuando uno conoce este país ve que todo es real y que su magia es que lo supo recrear”. Por ello, relacionaba el Vallenato con García Márquez, pues convincente me afirmó que este ritmo es narración de quien lo vive.

Desde el sitio donde nos encontramos se oía la música que sonaba en la Plaza Alfonso López. Jamerson empezó a mover levemente su cabeza al compás de la música y como si sus dedos fuesen baquetas daba golpecitos en las piernas llevando el ritmo. – Eso es una puya- intervino.

Luego, para mi sorpresa, como si fuera el costeño más versado en el tema explicaba animado: “la puya es el ritmo para la piqueria, para hacer duelos; el son es más lento, y el paseo y el merengue aunque más románticos, son los mejores para bailar”.

Al ver su conocimiento, le indagué por su autor vallenato preferido. No bien terminó la pregunta y me contesta efusivo: ¡Diomedes! Luego se explayó en adjetivos: “el Cacique de la Junta –como se conoce a este intérprete- canta y compone con mucho sentimiento. Es original, por ejemplo le canta a su primera cana. ¡Increíble!: pocos escribirían sobre esto. Y también le canta a sus hijos. Cosas de verdad, nada de te quieros y esos cuentos cursis. Es bonito y original”.

Porque conoce del Vallenato no se acercó a la tarima pues, según él “allá está la industrialización”. También porque su interés está centrado en capturar el folclor colombiano, el cual resalta por su calidez y diversidad.

“Yo quiero mucho este país”, me habló como pocas veces uno lo escucha en colombiano alguno y en una especie de comparación siguió diciendo que la gente de su tierra es muy fría, mientras los colombianos son cálidos y amables. Por esto, se trajo a su amigo Richard para que conociera a Colombia. Éste es un chico rubio, un tanto más bajo que Jamerson. Estaba muy pendiente de la gente que no paraba de cruzar por esta calle colonial hacia la plaza. No hablaba español. Tampoco yo, el inglés. Por esto intenté una pregunta superoriginal:

¿wath think about the festival?

No entendió la pregunta (casi ni yo), Y entonces con su mirada le preguntó a Jamerson, quien me sacó del apuro.

- Yes- comprendió. The music is….ahh… (no encontró la palabra )

- ¡Chévere!- exclamó Jamerson y soltó una leve sonrisa.

- And, ¿the people? Insistí haciendo gala de mis amplios conocimientos sobre el idioma sajón.

- Chévere-interrumpió nuevamente Jamerson acompañando sus palabras de una risa abundante.

- ¿¡Siempre chévere!?- abrió Richard sus profundos ojos azules.

Luego Jamerson le preguntó asuntos referentes a su primera impresión de Colombia. Richard habló largamente en su idioma original. (Quedé gringo) Le escuché atento todas sus palabras, pero sólo alcancé a entender: Colombia, too, music, very, creations.

No teniendo mucho para aportar ni para preguntarles, me alejé pensando que la fascinación por este festival trasciende barreras idiomáticas. Nuestro vallenato como toda la música se ha convertido en un lenguaje universal. GZC

No hay comentarios:

Publicar un comentario